Capítulo 16
Media hora más tarde, terminaba de retocarse el maquillaje, y agitando los dedos dentro de su melena para ahuecar los rizos, se fue directa al ascensor mientras se ponía el abrigo para no hacer esperar a Jaime.
—Has sido puntual y eso me gusta.
—No te imaginas lo que he tenido que correr. Espero que el restaurante valga la pena —contesta cuando salen a la calle donde les está esperando un taxi.
—Lo han inaugurado hace poco y me han hablado muy bien de él, es lo único que puedo decirte.
Jaime tenía muchas ganas de verla porque le encanta hacerla rabiar. Pocas mujeres, por no decir ninguna, conseguían cabrearlo y agradarlo a partes iguales. Cuando la ha visto, no ha podido evitar fijarse en esas pecas que le traen de cabeza.
Ambos han estado callados durante el trayecto tratando de analizar por qué han decidido ir a cenar juntos, a pesar de no llevarse nada bien.
Al llegar al restaurante dejan sus abrigos en el guardarropa.
Mientras esperan al maître , Sara observa con detenimiento las paredes de ladrillo rojo combinadas con vidrieras blancas.
También le ha llamado la atención ver en cada mesa un pequeño centro de flores con una vela encendida, creando un ambiente muy cálido.
—¿Qué te parece? —le pregunta cuando le aparta la silla para ayudarla a sentarse.
—Es precioso, me encanta el estilo.
—El dueño es un cliente nuestro italiano, que ha decidido montar uno aquí para su hijo. En Roma tiene un par de ellos muy similares a este.
—La decoración es muy original —comenta mientras mira los techos abovedados con grandes lámparas de hierro forjado—. No me imaginaba que fuera así porque…
Lo que acaba de ver, cuando mira a Jaime de frente, la deja sin palabras.
—¿Decías? —inquiere en tono inocente, tratando de disimular el regocijo que le ha causado verla abrir los ojos como platos, cuando se ha fijado en la bonita corbata de colores vivos que ha decidido ponerse para la cena.
—Eh… sí, te decía que me encanta la decoración —trata de disimular la sorpresa que se ha llevado; nunca pensó que se atrevería a ponérsela.
—¿Te apetece vino para la cena? —le pregunta divertido mientras la sigue mirando sin perder detalle.
—Sí, pide el que quieras. Estoy segura de que harás una buena elección —responde reponiéndose poco a poco de la impresión.
—Gracias por confiar en mí, no te voy a defraudar. —Sonríe pidiéndole al camarero un Rioja.
—Vaya vaya, qué casualidad —escucha Sara a su espalda.
—Hola, no sabía que esta noche ibais a venir a cenar aquí —dice Jaime alzando la mirada, perplejo, sabe de sobra que las casualidades no existen.
Sara se tensa al escuchar esa voz, y decide en ese instante, que por nada del mundo va a cenar con Silvia. Aunque no tiene nada en contra de Alfredo, está decidida a levantarse con mucha educación e irse por donde ha venido, pues no piensa convertirse en la víctima de otra encerrona.
—Tenemos asuntos que tratar y hemos aprovechado para salir a cenar —continúa Jaime en el mismo tono, dedicándole una rápida mirada a Sara.
—Sería una pena no aprovechar la ocasión para cenar juntos —añade Silvia mirando a su alrededor—. Voy a pedir que nos cambien aquí con vosotros.
Sara esta vez no va a caer en la misma trampa.
Se siente fatal porque no quiere llamar la atención montando una escena, sin embargo, ya pensará mañana en las consecuencias, ahora es el momento de levantarse y poner tierra de por medio.
Pero no le da tiempo, puesto que Jaime la detiene con la mirada intuyendo lo que va a hacer.
—Silvia, no insistas. Esta noche queremos cenar solos —repite en tono muy serio—, ya te he dicho que tenemos que tratar algunos temas sobre nuestros hijos y queremos hablar en privado.
—Parece mentira que me digas eso, sabes de sobra que Blanca es como si fuera mi hija y no hay secretos entre nosotras.
—Silvia, vamos a nuestra mesa —interviene Alfredo mostrándose algo incómodo—. Habrá muchas noches para cenar juntos, pero hoy no es una de ellas.
—No me puedo creer que me estéis diciendo esto. Además, con las ganas que tenía de ver a Sara, sería una lástima dejar escapar la ocasión —comenta mirándola directamente a ella—. ¿Qué te parece si pasamos de los comentarios de estos dos?
Antes de que Sara conteste, Jaime vuelve a decirle en un tono que no admite réplica.
—Silvia, ya has escuchado a Alfredo, y ahora si nos disculpas, vamos a pedir la cena que se hace tarde.
—Yo tampoco quiero llevarle la contraria. —Lanza un suspiro de alivio tratando de que no se le note lo contenta que está—. Aunque sé que te encanta hablar conmigo, mejor lo dejamos para otra ocasión.
—De acuerdo, capto el mensaje. Una debe saber cuándo está demás. Ya nos veremos, os dejamos cenar tranquilos —de pronto se gira—. Por cierto, os recomiendo los canelones de salmón, son una delicia.
—Gracias, lo tendremos en cuenta —dice sonriéndole falsamente.
Cuando vuelven a quedarse solos, el ambiente poco a poco se relaja entre risas y bromas.
—Ya sé lo que no vas a pedir para cenar —insinúa mostrando una pequeña sonrisa.
—Eres muy astuto —mira la carta—, mejor voy a pedir un carpaccio de ternera .
—Pues ya somos dos —afirma alzando las copas para brindar.
La cena está resultando mejor de lo que ambos esperaban, pues han hablado de todo, excepto de sus hijos . Sara se ha quedado muy tranquila, al comprobar que no había ninguna mala intención por parte de Jaime cuando ha visto aparecer a Silvia y a su marido.
—¿Te apetece un poco más de vino?
— Pero que sea la última copa, porque ya empiezo a ver doble —bromea ella riendo.
—¿Puedo hacerte una pregunta?
—Tú hazla, y ya veremos qué pasa después —resuelve poniéndose seria de pronto—, ya que has esperado para que el vino me suelte la lengua.
—Si eso es lo que piensas, mejor lo dejamos para otra ocasión.
—No, ahora me has dejado intrigada, pregúntame lo que quieras.
—Me gustaría saber tu versión de los hechos sobre la muerte de tu marido.
Ante esa pregunta, Sara se ha quedado sorprendida, pues no se la esperaba.
—Si no quieres responder, no pasa nada —le dice con sinceridad.
—Sé que has leído el sumario del caso —trata de sonar tranquila—, doy por hecho que tienes toda la información.
—Sí, pero me gustaría escuchar tu versión.
—No creas que para mí es fácil rememorar aquellos días. —Tras un momento en silencio, decide empezar a hablar—. Pero es justo que yo te lo cuente puesto que tú también me contaste lo que le pasó a Sandra.
—No quiero que te sientas obligada, lo hice porque me apetecía.
—De acuerdo, en ese caso, ahora a mí también me apetece contarte lo que ocurrió, tal y como lo recuerdo.
De pronto ha sentido la necesidad de sincerarse con Jaime, por eso va a contarle abiertamente todo lo que ocurrió durante aquellas agónicas horas.
—Ya sabes que Yago era el comisario jefe de la Unidad Dedicada a la Lucha contra el Narcotráfico y Crimen Organizado —da un sorbo a su copa para infundirse valor, y así poder continuar—.
A pesar de todo lo que pueda poner en esos informes, pondría la mano en el fuego por él, una y mil veces.
Él era un hombre honrado, jamás infringiría las normas.
Por encima de todo, amaba su trabajo y odiaba la delincuencia.
»Aquella mañana —continúa mientras no deja de mirar a Jaime— desayunamos los tres juntos como siempre, y al terminar yo me quedé arreglando la casa, y él se fue a llevar a Alberto al colegio antes de irse a trabajar.
Se podría decir que el día transcurrió como otro cualquiera, en cambio, no fue así.
Sobre las tres de la tarde me llamó para decirme que llegaría tarde, que se había complicado un caso y no sabía a qué hora llegaría a casa.
Intenté no darle mayor importancia ya que no era la primera vez que pasaba algo así.
Aunque esta vez era diferente, intuía que algo no iba bien.
A la mañana siguiente me desperté sola, y el mal presentimiento que me perseguía se confirmó cuando llamaron al timbre.
Desgraciadamente, mi instinto no me engañó —cuenta dando un hondo suspiro—.
Les abrí la puerta, y ni siquiera tuve tiempo de reaccionar, porque en menos de un segundo mi casa se llenó de policías.
Yo buscaba con la mirada para ver si Yago estaba entre ellos mientras la angustia se iba apoderando de mí.
Supe en ese instante que algo terrible había pasado, pero jamás me imaginé el infierno que viviría a partir de ese momento, pues solamente recibía miradas cargadas de sospecha y preguntas que no entendía.
»Después de vestirme, le pedí a una vecina que llevara a Alberto al colegio, no quería que viera cómo registraban nuestra casa de arriba a abajo como perros de presa.
Más tarde, los acompañé a comisaría donde me hicieron mil preguntas más.
—Traga con dificultad—. Yo solamente quería ver a Yago y que me explicara qué estaba pasando.
Después de varias horas, me informaron sin miramientos de que lo habían encontrado muerto junto a dos delincuentes, y que los tres estaban implicados en tráfico de drogas y lavado de dinero.
Yo creía que me iba a volver loca cuando me confirmaron, que aquel día no había ido a trabajar porque se lo había tomado libre.
No encontraba ninguna explicación de por qué me mintió.
—Jaime la escuchaba muy atento—. Comprobaron que la pistola que llevaba no era la reglamentaria de él, era una que estaba relacionada con otros delitos.
En su taquilla, la cual no estaba forzada, y solamente tenía sus huellas, había dinero y dos paquetes de cocaína.
Su ordenador mostró información oculta de algunos pagos sin justificar, y la dirección de un pequeño almacén donde hallaron más droga y mucho dinero.
»Pero eso para mí no significa nada, puesto que yo no me casé con ese hombre que todos piensan.
—¿Tan convencida estás de su inocencia?