La esencia del bambú Capítulo 15 #2
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Capítulo 15 #2

—¿En Nochebuena hay muchos clientes alojados? —le pregunta Rocío— se supone que cenan en casa con la familia, ¿verdad?

—Eso era antes, ahora las costumbres van cambiando. Además, también viene gente que no celebra las fiestas de Navidad.

—Ah, tienes razón. Pero entiendo que te irás algún día a Gijón.

—Sí, Nochebuena y Navidad me lo tomo libre, y Nochevieja y Año Nuevo trabajo; por eso aprovecho para invitaros a comer el día de Año Nuevo. Así estaré trabajando, pero comiendo con vosotras. ¿Qué os parece?

—Esa idea suena perfecta —admite Sindy—, con lo bien que se come allí, me parece una buena forma de empezar el año.

—Cuenta conmigo también. Ese día no tengo a mis “mellis”, su padre se los lleva toda la semana.

—Sindy, ¿te apetece venir conmigo a casa de mis padres a pasar la Nochebuena y el día de Navidad? —le pregunta con cautela para ver si este año, por fin se anima.

—Para nada, Rocío también me ha invitado a casa de sus padres e igualmente le he dicho que no. De verdad que os lo agradezco, pero prefiero quedarme en casa. Para mí es una noche como otra cualquiera, no le deis mayor importancia —dice haciendo un gesto con la mano.

—En eso te equivocas, son noches para estar en compañía.

—Rocío, todos los años tenemos la misma discusión, y ya va siendo hora de que entendáis que me gusta pasar las fiestas de Navidad sola en casa.

—Pero a tus padres seguramente no les da igual —interviene Sara—. Estoy segura de que te echan de menos, no entiendo por qué nunca cenas con ellos.

—No ceno con ellos porque no me da la gana —espeta apurando su copa de vino—. Además, no estarán solos, tendrán allí a su hija preferida.

—No te pega nada eso de ser celosa —le dice Sara mientras se lleva una aceituna a la boca.

—No son celos, es la realidad; sé de lo que hablo.

Para que os hagáis una idea —se queja mirando a sus amigas—, desde el mismo día de su nacimiento se llevó todo el cariño y a mí me dejaron de lado, nunca les he importado nada.

Cada día de mi vida ha sido muy duro ver como la colmaban de afecto y regalos y en cambio a mí, me daban las migajas que a ella le sobraban.

—Qué dramática eres, seguro que no ha sido así —exclama Rocío incrédula.

—Ah, ¿no? A ver si sois capaces de encontrar un argumento sólido que explique por qué a la zorra de mi hermana le pusieron de nombre Alba, porque al haber nacido al amanecer, a ellos les pareció ideal.

Y, en cambio, a mí, que también nací por la mañana, no se les ocurrió nada mejor que encasquetarme el nombre de Gumersinda —expresa con dolor—.

Lo sé, simplemente, miraron el calendario y no se complicaron la vida.

En ese momento se ha hecho el silencio en la mesa al enterarse de su nombre real. Siempre se había mostrado muy reservada con ese tema, pero el vino, por lo visto le está soltando la lengua. Sabían que en el DNI había conseguido abreviar su nombre, pero no tenían ni idea de cuál era el verdadero.

—Bueno, no es tan feo, yo diría que es más bien sofisticado —expresa con poca convicción.

—Rocío, no trates de arreglarlo porque es inútil —dice volviendo a beber— no te molestes en buscar justificación.

Para ellos fue muy cómodo, así aprovechaban para celebrar todo el mismo día, y al mismo tiempo se ahorraban una fiesta y un regalo.

Aunque, he de reconocer, que ese tema lo superé hace mucho tiempo.

—Lo lamento, solo intento que no te sientas mal. —le confiesa mientras aprieta su copa con las dos manos—. Pero siendo objetiva, tu hermana no tiene la culpa de eso, me parece absurdo que lo pagues con ella.

—Yo opino igual —agrega Sara apoyando a su amiga—. ¿Qué culpa tiene tu hermana? Sindy, creo que estás siendo muy egoísta no queriendo ir a casa de tus padres por el simple hecho de haberte puesto un nombre.

—¿¡Me estáis llamando egoísta!? —la interrumpe irguiéndose en la silla—. Vosotras no tenéis ni idea de lo crueles que son mis padres. Os puedo asegurar que lo del nombre es solo la punta del iceberg. Ellos jamás han visto nada malo en su otra hija por muy furcia que esta sea.

—Estás siendo muy infantil. Ella es la única hermana que tienes, los celos nunca traen nada bueno.

—¿Celos? —Suelta un bufido—. ¿Otra vez la misma cantinela, Rocío? La única celosa, además de puta rastrera que hay en la familia, es ella.

—Por Dios, no creo que tu hermana sea todo eso que estás diciendo —señala Sara incrédula—, seguro que también te echa de menos. Escuchándote hablar así, parece que la odies.

—¿Odiarla? Odiarla es poco. —Sus amigas la miran estupefactas sin saber qué decir—.

Si supierais lo que siento cada vez que me viene a la cabeza, la imagen de mi queridísima hermana gritando como una loca, desnuda con las piernas abiertas saltando encima de mi novio y en mi propia cama —apura su copa de vino otra vez, y sigue hablando ante el silencio sepulcral de sus amigas—.

No os podéis imaginar el horror tan grande que sentí en aquel momento —decía con la mirada perdida—, pues faltaba poco para mi boda.

»Aquella mañana decidí darle una sorpresa a mi novio llevándole un equipo de música.

Jamás pensé que entre ellos había algo, puesto que nosotras somos muy diferentes, y él nunca mostró el mínimo interés por ella.

Y si seguís pensando que eso fue lo peor…

os equivocáis, porque mi queridísima hermana, simplemente sentía envidia de mi relación.

Probablemente, con el tiempo les habría perdonado aquella traición, si ambos siguieran juntos y enamorados, en cambio, aquello fue otra cosa bien distinta.

Y ahora os voy a contar el final de esta increíble historia para cerrarla con broche de oro —con un tono más ligero continúa hablando— Mis padres lejos de mostrarse solidarios conmigo, me dijeron que yo estaba ciega, y que gracias a mi hermana me había librado de un hombre que no era bueno para mí.

—De pronto ríe amargamente mientras le cae una lágrima—.

¿Os lo podéis creer? Encima tenía que agradecer a mi hermana su traición —cuenta sarcástica mirando a sus amigas—.

Así que perdonadme si os digo, que jamás voy a ir a casa de mis padres para fingir que somos una familia feliz.

—Vaya —añade soltando el aire muy despacio—, nos has dejado sin palabras, es muy doloroso todo lo que te ha pasado.

—Le pasa la mano por la espalda—. Ahora más que nunca me gustaría que vinieras conmigo a Gijón.

No te lo digo por lástima. He de confesarte, que, al no venir Alberto, sería una pena que sobrara tanta comida.

Además, se quedaría un hueco en la mesa, pudiendo ocuparlo tú.

Verla en ese estado le ha dejado muy claro que no va a consentir que se quede sola otro año. Sabe que está afectada por las fiestas que están próximas, por mucho que intente disimular. Por eso, piensa insistir hasta lograr su objetivo.

—Qué cabrona eres —sorbe por la nariz—, has conseguido convencerme con ese argumento tan bien elaborado.

Después de lo que os acabo de contar, me siento más ligera, y me apetece pasar la noche en compañía.

Siempre y cuando el viaje lo hagamos en avión.

—Sara se tapa la cara con las manos—lo siento, pero no es negociable.

—De acuerdo, trato hecho. —Sonríe por haber conseguido que su amiga la acompañe.