Capítulo 15
Durante la cena ninguno de los dos ha dicho una palabra, ya que ambos están procesando todo lo que ha ocurrido en la última hora. Al final, Jaime decide romper el hielo.
—Sara, nunca he tenido nada en contra de tu hijo.
—Ella iba a protestar— Aunque Blanca hubiera salido con el hijo del rey, te aseguro que mi reacción habría sido la misma, puesto que ningún hombre me hubiera parecido lo suficientemente perfecto para ella.
Debo confesarte, que cuando Sandra murió, me convertí en el peor padre que puede haber —continúa diciendo mientras se recuesta con cuidado en la silla—.
Primero me cabreé con el mundo, y después quemé toda mi furia centrándome exclusivamente en mi trabajo.
A la pobre la dejé de lado. No se me ocurrió pensar que era una niña, que había perdido nada menos que a su madre.
Fui un egoísta de mierda, ya sé que suena soez —la mira torciendo el gesto—, pero es la única manera de expresarlo.
A diferencia de ti, yo solamente pensaba en mí, en mi dolor y también en el rencor hacia mis suegros, los cuales me culpaban de la muerte de su única hija.
Me dijeron que no me preocupé lo suficiente.
Aseguraban que, si la hubiera llevado antes al hospital, ella aún estaría viva.
»Yo no me sentí el responsable de aquella tragedia en ningún momento —continúa con aparente calma—.
Los médicos me explicaron que el virus de meningitis que le atacó fue letal y no se habría salvado de ninguna manera.
Aun así, ellos focalizaron su pérdida echándome a mí la culpa.
Más tarde, me enteré de que estaban haciendo lo imposible por quitarme a mi hija.
En eso sí les di la razón al principio, ya que había buscado refugio en el trabajo y a ella la estaba criando prácticamente Micaela.
Merecía que me la quitaran por comportarme como un perfecto idiota.
Sin embargo, en el último momento recobré la sensatez, y entendí que mi hija me necesitaba igual que yo la necesitaba a ella.
En ese momento me juré que jamás le volvería a fallar.
Sara lo escuchaba sorprendida porque era la primera vez que lo veía vulnerable, mientras le iba contando una parte muy dolorosa de su vida.
—Agradezco lo que has dicho de Alberto. Ahora que me has explicado la verdadera razón por la cual tratabas a mi hijo así, me hace ver las cosas de forma diferente —aclara levantándose apresuradamente—.
Es hora de marcharme, se ha hecho muy tarde.
Voy a dejar los platos en la cocina y te dejo descansar, ya pasaré mañana a ver cómo estás.
Hasta mañana —se excusa sin esperar respuesta.
Tenía la impresión de que se había comportado como una estúpida por haberse ido de ese modo, sin embargo, tenía la certeza de que, si se quedaba, sería completamente sincera con él, y aun no creía estar preparada para confesarle aquello que jamás se había atrevido a admitir ante nadie, y mucho menos ante su propia familia.
Jaime nunca habría imaginado, que fuera precisamente ella, la persona a la cual necesitaba rebelarle aquel capítulo vergonzoso de su vida.
Ahora siente que se ha liberado de una pesada carga, y se ha ido a dormir con una cálida sonrisa recordando lo cerca que había estado de sucumbir a la tentación, de pasarle la lengua por aquellas pecas mientras ella le daba el masaje.
A la mañana siguiente Sara se ha presentado en el portal con una bolsa con churros y chocolate.
—Buenos días, ¿podría llamar a Jaime y decirle que quiero verlo?
—Buenos días, doña Sara. Anoche don Jaime me ordenó, que, a partir de ahora, la dejara subir sin avisar puesto que es usted de la familia —contesta en tono amable—. Perdóneme por no presentarme anoche como es debido. Mi nombre es Rafael, si necesita cualquier cosa, no dude en pedírmelo.
—Gracias, lo tendré en cuenta —le agradece entrando al ascensor a paso ligero.
Cuando llega al último piso, le sorprende ver la puerta abierta.
—Hola, ¿puedo pasar?
—Sí, adelante, estoy en el salón.
—Buenos días, veo que tienes mejor cara. —Trata de mostrar normalidad al verlo vestido con pantalón negro y un polo del mismo color.
—Sí, la verdad es que he dormido toda la noche y el descanso me ha venido muy bien. Tengo que reconocer, muy a mi pesar, que los remedios caseros de tus antepasados funcionan mejor que los de mi médico —confiesa mirándola con una sonrisa sincera.
—Lástima que mi abuela no esté en este mundo para escucharte.
—Lo siento. —Sonríe—. En cambio, puedo dártelas a ti, porque has sido tú la que ha hecho que me recupere de forma milagrosa, y te lo agradezco enormemente.
—Recuerda que tú también te preocupaste por mí aquella noche que estaba con dolor de cabeza, así que ya estamos en paz, no tienes que agradecerme nada.
—Quiero que olvides aquella noche, por favor —dice poniéndose serio.
—Lo veo un poco difícil. Mejor vamos a desayunar antes de que esto tan rico que he traído se enfríe. Después debo irme a la estación, no quiero perder el tren —manifiesta mientras va poniendo en la mesa el desayuno.
—Cada día me sorprendes más —le acerca una silla—, hace mil años que no desayunaba chocolate.
—Necesitas comer para reponerte, aunque ahora es mejor que no hagas esfuerzos.
—No me mimes tanto, pues no me gustaría echar de menos a la “Sara borde” —le dice con sorna.
—Por eso no te preocupes porque en cuanto te recuperes, voy a ser la misma borde de siempre contigo —aguanta las ganas de reír—. Cuando lucho contra un enemigo, quiero que sea, como mínimo, igual de fuerte que yo.
Cuando terminan de desayunar, él le dice que le habría gustado llevarla a la estación.
—No te preocupes, ya he pedido un taxi —mira el reloj—, estará abajo esperándome. Recuerda que en unos días ya te puedes quitar los parches, y si lo necesitas puedes ponerte la crema que te he dejado en el lavabo.
—Me gustaría que me la pusieras tú. —Se acerca a ella sonriendo al ver su cara de desconcierto—. Lo digo porque sabes cómo hay que hacerlo, no pienses mal.
—No es tan difícil, simplemente la extiendes por la zona afectada y ya está —explica aferrando su bolsa de viaje y saliendo rápidamente—. Adiós, tengo que marcharme ya. Me alegro de haber podido ayudarte.
—Te lo agradezco enormemente, hoy puedo respirar sin sentir ese dolor tan grande. No le voy a decir a mi médico nada de esto, será nuestro secreto —bromea acompañándola a la puerta.
Cuando el tren se pone en marcha, Sara decide adelantar trabajo, así que saca el cuaderno y continúa detallando todas sus ideas para el nuevo hotel. Una hora más tarde se da cuenta de que no logra concentrarse, seguramente, debido a la falta de sueño.
«¿Desde cuándo he dejado de ser sincera conmigo misma?», piensa mientras trata de dormir un rato sin conseguirlo.
—Hola, qué alegría me da escucharte. ¿Sigue haciendo el mismo frío por ahí? —le dice a su hijo.
—No, hace mucho más. —Ríe—. No sabes la suerte que tienes de disfrutar del sol de Málaga. Por cierto, ayer hablé con la abuela y me ha dicho que van a invitar al abuelo Santiago y a Aurora para Nochebuena.
—Vaya, eso no lo sabía, me alegra oírlo. Después la llamaré, y de paso, le diré a la hora que llegará mi tren para que el abuelo vaya a recogerme a la estación. Ahora voy a salir a correr un rato. Hace días que no salgo y ya lo echo de menos, igual que a ti.
—Mamá, no exageres, hace poco que estuvimos juntos.
—Ya lo sé, pero llegan estas fechas que son para estar juntos toda la familia, y…
—Para, por favor, sabes que ya lo hablamos.
—Sí, aunque me apetecía decírtelo otra vez.
—Blanca quiere saludarte, te la paso. En un par de días te llamo, no quiero que estés triste. Adiós, “reina mora” .
—Adiós, “pequeño héroe”, cuídate.
—Hola, Sara —le dice en tono alegre.
—Hola, tesoro, me acaba de decir Alberto que hace mucho frío. Abrigaos mucho, por favor.
—No te preocupes, nos estamos cuidando muy bien. Por cierto, esta mañana me ha llamado mi padre y me ha contado lo que hiciste por él. Te agradezco de corazón el detalle, ha sido muy importante para mí.
—No fue para tanto —comenta muy sorprendida, por eso decide mentir un poco para restarle importancia—, tenía que ir a Madrid a una reunión con mi jefe, y de paso, fui a verlo para intentar calmarle el dolor.
—Me alegra saber que os lleváis bien. ¿Esa reunión es por algún problema?
—Sí. Bueno, no. La verdad es que nos han convocado a unos cuantos directores para hablarnos del nuevo hotel que está construyendo allí.
—Ah, está claro que valora tu opinión.
—Visto así suena muy bonito, pero me hace desplazarme a Madrid según van avanzando las obras, y por esa razón, tengo que trabajar mucho más.
De hecho, el viernes tengo que volver. Y por si no tuviera bastante, se aproximan las fiestas de Navidad.
Menos mal que tengo un buen equipo que me ayuda bastante cuando no estoy.
—Espero que te tomes algún día de descanso.
Siguieron hablando un rato más y al final se despidieron.
Por la mañana convoca una reunión con el subdirector para arreglar los turnos de las próximas fiestas.
Le informa de que se va a casa de sus padres del veintitrés al veintiséis.
El subdirector se muestra encantado de trabajar esos días, porque prefiere librar en Fin de Año para estar con sus amigos; así que después de dejarlo todo organizado con él, llama a la jefa de personal para ver cómo piensa organizar los turnos del resto de empleados en esas fechas tan especiales.
Y, por último, se reúne con el jefe de aprovisionamiento y el chef para coordinar todos los servicios.
—Hola, por fin apareces —señala Rocío al verla.
—No os podéis imaginar el trabajo que tengo, por no mencionar al inoportuno de mi jefe que no me deja en paz —les dice sentándose—. Huy qué bien, habéis pedido un buen vino.
—Sí, y ahora nos traerán algo para picar —le aclara Sindy mientras le sirve una copa—. No sabíamos cuánto ibas a tardar.
—Gracias chicas, por esperarme.