La esencia del bambú Capítulo 14 #3
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Capítulo 14 #3

—Es la puerta de cristal, aunque ya te he dicho que no es necesario que te molestes. De verdad que agradezco tu interés, pero no me prepares nada.

—Ya te he dicho que no lo hago por ti. Ahora vuelvo, ¿o acaso piensas que te quiero envenenar? —pregunta saliendo apresuradamente sin esperar respuesta.

Todavía no sale de su asombro. Jamás se habría imaginado que esa mujer se presentaría en la puerta de su casa, y encima preocupada por su salud. Tampoco va a reconocer ni en un millón de años que se ha alegrado muchísimo al verla aparecer.

Ha venido vestida con vaqueros, camiseta azul oscuro y la melena suelta, haciendo que sus rizos ondeen alegremente con cada uno de sus movimientos. Quizá los efectos alucinógenos de tantos medicamentos tienen la culpa de sentirse tan contento por la repentina visita.

—Mientras se va enfriando la sopa que te he traído para que te ayude a recuperarte, me gustaría que me mostraras exactamente dónde te duele —sondea acercándose con los brazos en jarras.

—Pues en la parte derecha de las costillas. No veo necesario enseñarte la zona afectada.

—Es imprescindible que me la enseñes para poder ayudarte. Voy a aplicarte un remedio casero que preparo yo, para que te sientas mejor —explica mirándolo, sin querer reírse al verlo tan desconcertado.

—¿Vas a extenderme la sopa por la espalda? —pregunta tratando de ponerse erguido.

—La verdad es que ganas no me faltan. Sin embargo, voy a ponerte un remedio infalible que me enseñó mi abuela, que era escocesa, y que ha ido pasando de generación en generación.

Ya verás como vas a notar alivio inmediatamente.

—Jaime la mira desconfiado—. ¿No me irás a decir que te da vergüenza enseñarme la espalda?

—No, lo que me da miedo es lo que me vas a hacer. No confío en las pócimas de una mujer con el pelo rojo —duda dejando la manta a un lado.

—Pues deberías, puesto que aún no he matado a nadie, y mi abuela y mi tatarabuela, que también tenían el pelo del mismo color, tampoco. Venga no seas aprensivo y deja que te ayude.

—De acuerdo. ¿Quieres que me desnude y me tumbe en la cama? —le dice mirándola directamente a los ojos para ver su reacción.

—No es necesario. Solamente quiero que te quites el jersey y te sientes en una silla —le contesta sin mirarlo.

—Como quieras, pero solo pretendía facilitarte el trabajo —bromea levantándose muy despacio con la mano en el costado—, si consigues aliviarme este dolor, te lo agradeceré eternamente.

—Entonces, no se hable más. Lo primero que tienes que hacer es estar relajado, así que no te asustes —dice mientras se frota las manos para darles un poco de calor—. ¿Preparado?

—Sí, en este momento soy todo tuyo.

Esas palabras han acelerado su corazón y rápidamente se ha concentrado en darle el masaje para acabar cuanto antes, y de ese modo, poder salir corriendo de allí.

Mientras va extendiendo la crema sobre su costado, el silencio es casi intimidante, solamente se escucha la respiración de ambos y algún que otro pequeño quejido por parte de Jaime cuando las manos de ella pasan por la zona más afectada.

Cuando la crema se ha absorbido por completo, le ha puesto unas tiras elásticas en la zona donde se había producido la lesión.

—Ya he terminado: ahora quiero que te tomes la sopa, te dejo para que descanses. —Jaime sigue callado mientras ella va recogiendo las cosas que ha utilizado para el masaje—. Mira, entiendo que no creas en los remedios caseros, pero te aseguro…

—Gracias —la interrumpe con voz grave—, me ha parecido admirable que te hayas tomado la molestia de venir a cuidarme. No creo en estas cosas, pero simplemente por haber hecho ese esfuerzo, ya has conseguido que me sienta mucho mejor.

Al decirle eso se ha levantado con dificultad y se ha quedado frente a ella, mirándola muy serio.

—Me halagas, no esperaba eso de ti. Mañana a primera hora pasaré a ver qué tal estás —dice dando un paso atrás y mirando el reloj—. Lo siento, tengo que irme, es tarde.

—Quédate, por favor, seguro que hay sopa para los dos —ruega sin dejar de mirarla—, y no me digas que tienes prisa, porque sabré que me estás mintiendo, y eso no está nada bien.

—Ah, ya ha salido el abogado. —Bufa poniendo los ojos en blanco—. Bueno, me quedo a tomar un poco de sopa de la que te he dejado en el frigorífico —decide sin pensar.

—Eso está mejor, yo voy un momento a mi habitación.

Sara entra en la cocina y se lava las manos frenéticamente para quitarse los restos de la crema, y de paso, para ver si le desaparece el hormigueo que se le ha quedado en los dedos.

Nunca antes le había pasado. Seguramente, existía la posibilidad de que le hubiera producido algún tipo de alergia el ungüento, piensa intentando darse un motivo convincente.

Tampoco quiere pararse a analizar la razón por la cual no se va rápidamente al hotel, ahora que ha cumplido con su cometido.

—No tenías que haberme esperado, ahora tu sopa se habrá enfriado —comenta entrando al comedor y comprobando que se ha cambiado el jersey.

—Es lo menos que podía hacer por ti.

—Pues no perdamos más tiempo —señala sentándose frente a él.

—Esta sopa, ¿la has cocinado tú?

—Sí.

—Está buenísima. —«Como tú», piensa mientras la mira.

Jaime está desconcertado con esa mujer. A pesar de tener un concepto tan negativo sobre ella, aún no se ha repuesto de la sorpresa por su visita.

Ha tratado de relajarse como ella le había pedido mientras le daba el masaje y no ha podido hacerlo ni un segundo, porque al notar cómo sus manos se deslizaban por su espalda, ha tenido que hacer un esfuerzo sobrehumano para pensar en otra cosa, por si alguna parte de su cuerpo reaccionaba de forma equivocada.