Capítulo 14 #2
—Me ha jurado que no entraba en sus planes —continúa con la voz quebrada—, pero que a ella le ha llamado el instinto maternal y él no ha podido negarse. ¿Y qué pasa conmigo?, ¿mi instinto maternal no era igual de válido?
—Claro que lo es, sin embargo, no puedes quejarte, tienes dos hijos maravillosos.
—Sindy, ya lo sé. Lo que me fastidia es el hecho de haberse negado a tener otro hijo conmigo, porque decía que ya teníamos cubierto el cupo de ser padres, sabiendo que a mí me hacía mucha ilusión tener una niña.
—Sabes perfectamente que eso no es una ciencia exacta, puesto que, podrías haber tenido otro niño, y otro niño, y otro niño —repite su amiga haciendo círculos en el aire con la mano—, y así sucesivamente hasta el infinito sin conseguir la niña.
—Sé que intentas animarme, pero esa no es la cuestión.
—¡Es que no sé qué decirte!, yo no he sentido nunca la llamada de la maternidad, pero creo que, con dos hijos, y además mellizos, cubres buena parte de ese instinto. Vamos, digo yo.
— Qué bruta eres —la reprende Sara—. Rocío, en este momento se siente traicionada, y tiene derecho a estar así.
—Pues que se busque a un buen machote que le haga una niña. Anda que no le saldrían candidatos con lo buenorra que está.
—Lo que tú has dicho, una bruta para dar consejos —dice Rocío poniéndose una mano en la frente.
— Yo soy así, no sé cómo ayudarte, pero sabes que me tienes a tu lado si decides darle una paliza a tu ex.
—A pesar de estar deprimida, has conseguido que me ría —la excusa limpiándose las lágrimas.
—Esa era la idea. Ahora, hablando en serio, es una putada, pero él tiene una nueva vida junto a otra mujer y, quizá no le agrada el hecho de volver a ser padre, sin embargo, tendrá que hacer lo posible para tenerla contenta.
—Sí, en el fondo yo también pienso igual. Seguramente, si ella no le hubiera pedido tener un hijo, él no se lo habría planteado. Además, a mis “ mellis” no les ha parecido mal. Eso también es importante, si ellos lo ven bien, no es tan mala noticia después de todo.
—¿Qué os parece si nos vamos a tomar un buen almuerzo? Hoy tengo la mañana libre, y Rocío necesita un poco de diversión —sugiere Sara a sus amigas.
—Por mí no hay problema, hasta las seis no tengo lío en la inmobiliaria. Y tú —indica girándose hacia su amiga—, no se te ocurra poner ninguna excusa para no venir con nosotras.
—Tenía pensado irme a casa a llorar un rato. Aunque he cambiado de opinión y prefiero ir con vosotras para seguir poniendo verde a ese “eyaculeitor”. — Ríen todas por el apodo que le ha puesto a su ex.
Está terminando la semana, y Sara sigue esperando que Jaime la llame para saber qué día tiene previsto venir a recoger los regalos para mandárselos a sus hijos.
Habían quedado en comprar los regalos de Navidad, cada uno por su lado y después enviarlo todo junto: Los dulces favoritos de Blanca, el turrón de Alicante que a Alberto le volvía loco, y alguna sorpresa más.
Ella tiene muy claro que, si no recibe noticias suyas a lo largo del día, sus regalos los enviaría ella por su cuenta, al día siguiente sin falta.
Por la mañana, a primera hora, decide llamarlo, a pesar de haberse jurado a sí misma que no lo haría, aunque solamente lo hace porque no quiere que Alberto sospeche que no se llevan bien.
—Hola, ¿qué bicho te ha picado tan temprano? —le pregunta con la voz rota a modo de saludo.
—Me ha picado el bicho de la responsabilidad —responde muy cabreada— te llamo para informarte de que, en diez minutos me voy a enviar los regalos que les he comprado a nuestros hijos; lo digo porque es evidente que a ti se te ha olvidado darme los tuyos.
—Oh, no me jod…
—Lo sabía —lo interrumpe—. Parece mentira el poco interés que has demostrado en mantener la tradición y que tengan algo nuestro estos días.
—No es eso —apenas le salía la voz, a pesar del esfuerzo que hacía—, es que llevo dos días hasta arriba de relajantes musculares y antiinflamatorios y, aun así, no me puedo mover del dolor.
—¿Se puede saber qué te pasa? —le pregunta sorprendida.
—Jugando al pádel hice un giro brusco y, por lo visto, se me ha desgarrado un músculo.
—Es que ya eres un poco mayor para jugar —bromea empezando a divertirse.
—Puedes decirme lo que te dé la gana, porque tus palabras no me van a hacer más daño del que ya tengo.
La verdad es que se notaba que le costaba hablar, y eso a Sara, de repente, ha dejado de parecerle divertido.
—Bueno, si quieres compro el resto de regalos y los envío en nombre de los dos —añade en tono amable.
—Haz lo que veas mejor, te lo agradezco, ya que en este momento solamente pienso en respirar sin que parezca que me estén clavando un puñal, y si de paso pudiera dormir un rato, sería la hostia.
—Por lo menos tienes a Micaela para que te cuide. —Sabe que su hermana Carmen está en Suiza.
—No estoy en casa, me he quedado en el ático que tengo arriba del despacho. En las condiciones en las que estoy, prefiero quedarme en un espacio más reducido.
—¿Y qué te han dicho los médicos? —No entiende por qué de pronto, siente la necesidad de preguntar.
—Paciencia, reposo y pastillas, pero de momento no me hacen ningún efecto.
Por favor, no le cuentes nada de esto a mi hermana, y mucho menos a Blanca; no quiero que se preocupen innecesariamente.
Agradezco tu interés, y haz lo que creas conveniente con el tema de los regalos.
Ahora voy a colgar, ya hablaremos cuando me encuentre en condiciones de discutir contigo. —Cuelga sin esperar respuesta.
Sara mira el teléfono reflexionando, ya que no se ha quedado muy tranquila al escucharlo.
Después de darle unas cuantas vueltas al asunto, toma una decisión. Quizá si lo analiza con detenimiento se dará cuenta de que va a cometer una estupidez, y, es posible que se arrepienta, pero es el padre de Blanca, y eso para ella es un motivo más que justificado.
Cuando termina de hablar con el subdirector y dejar todo organizado, toma el primer tren de la tarde con destino a Madrid llevando consigo un buen caldo de pollo con verduras que tenía congelado, y también el mejor remedio casero que conoce para ese tipo de lesiones.
Constaba de un ungüento balsámico que le había enseñado a preparar su abuela y unos parches adhesivos para colocar en las partes afectadas.
Mientras el tren devora kilómetros, piensa que es una locura presentarse a esas horas, y, además, por sorpresa, pero Jaime se preocupó por ella la noche que no se encontraba bien, y ahora le toca devolverle el favor.
De pronto la invade una sensación extraña al recordar todas las veces, en las que Yago tenía que irse unos días a otra ciudad por motivos de trabajo, y ella lo sorprendía esperándolo en algún hotel cercano para pasar una noche juntos.
Eran encuentros en los que se comportaban como si fueran amantes furtivos, y donde ambos se sentían libres de preocupaciones durante unas horas mientras hacían el amor.
Antes del amanecer les encantaba darse un baño con aceites esenciales, y al terminar, él volvía al piso que compartía con sus compañeros, y ella regresaba a casa con el dulce recuerdo de haber pasado una noche de ensueño.
Hacía mucho tiempo que no se permitía recordar aquellas noches, y un pellizco de añoranza le oprimió el corazón, pero no entendía la razón por la cual hoy volvían a su mente. Nada tenía que ver con presentarse sin avisar en casa de Jaime.
—Buenas noches, ¿sería tan amable de decirle a Jaime Montenegro que quiero verlo? Mi nombre es Sara Guzmán —le dice de forma amable al portero del edificio.
—Espere un momento, por favor. —Al cabo de unos minutos vuelve algo desconcertado, porque Jaime le ha pedido que le describa a esa señora. Al empezar diciéndole que era pelirroja, no ha necesitado más datos—. Puede subir por ese ascensor que hay al fondo.
—Gracias.
Todavía intenta hallar una explicación coherente por la cual ha recorrido tantos kilómetros para presentarse ante su puerta con la intención de ver a ese energúmeno, y ha vuelto a repetirse a sí misma que lo ha hecho por tratarse del padre de Blanca.
Cuando llega al último piso encuentra la única puerta que hay abierta, y tras dudar unos segundos, pregunta antes de entrar.
—Hola, ¿puedo pasar?
—Adelante, estoy al final del pasillo.
Con pasos vacilantes, decide hacerle caso mientras va mirando la bonita estancia.
Es un apartamento con las paredes lisas de color crema y techos blancos que está decorado de forma moderna con muebles de cerezo. Se nota que es la estancia de un hombre, porque no hay plantas y tampoco se aprecian muchos adornos.
—Vaya, creía que los analgésicos me estaban haciendo escuchar cosas sin sentido.
Cuando Rafael me ha dicho que estabas aquí —comenta mirándola con curiosidad—, pensaba que eran alucinaciones.
Perdona que no te haya esperado en la puerta, intento estar de pie lo menos posible, me siento un poco mareado.
—No pasa nada, ya estoy acostumbrada. Sé que no eres —se burla fingiendo pensárselo un momento— muy caballero, que digamos.
—¿De verdad que has venido hasta aquí para reírte de mí?, eso podías haberlo hecho por teléfono y así te habrías ahorrado el viaje —se queja con una sonrisa en los labios.
Jaime está recostado en un sofá rodeado de cojines en la espalda, tapado con una pequeña manta. Su cara denota su mal estado, y además su tono de voz lo confirma.
—Qué delicado eres. Anda, dime donde está la cocina, que estoy segura de que ese mareo es de no comer —lo riñe mientras empieza a sacar cosas de una bolsa de viaje.
—No tengo ganas de comer. Rafael me trajo ayer un guiso que había preparado su mujer y apenas comí. Te lo agradezco, pero no es necesario que me prepares nada.
—No quiero que tu hija se entere, y piense mal de mí por no cuidarte.
—Eso me suena —dice haciendo una mueca por el dolor—, pero creo que has venido más bien a regodearte por mi maltrecha salud.
—No hagas que me arrepienta de haber venido. —Está nerviosa y trata de disimularlo ocupando sus manos—. Voy a la cocina, si me dices dónde está, y te preparo algo caliente.