La esencia del bambú Capítulo 13 #2
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Capítulo 13 #2

—Cuando le entra una manía, no hay quien la pare —se lamenta cuando están en la acera—. Quiero volver a pedirte disculpas.

—No te disculpes por algo así —afirma restándole importancia con la mano—, lo que tienes que hacer es presentarle a alguna amiga de esas con las que sales de vez en cuando.

—Nunca he ido tan en serio como para traerlas a casa. Tú ya me entiendes.

—Bueno, ya llegará la tuya.

—Sí, espero que llegue algún día —responde mirándola intensamente— Y tú deberías…

—Ni se te ocurra —lo interrumpe para que no siga por ese camino—. Yo estoy muy bien así.

—Tienes que seguir adelante. Ya han pasado más de cinco años, no puedes permitir que ese hecho defina tu vida.

—Créeme cuando te digo, que estoy luchando para que eso no sea así.

—Eres una mujer muy fuerte y te admiro por ello —confiesa agarrando su mano y mirándola con verdadera devoción.

—Gracias, Antonio. Gracias por todo lo que has hecho por nosotros. Como bien has dicho, ya ha pasado mucho tiempo y he logrado sobreponerme como nunca pensé que lo haría.

—Oírte hablar así, me da ánimos para esperar a que me veas de otro modo.

—Eso no va a suceder. —Suelta su mano—. Quiero que entiendas…

—Shh —pone un dedo sobre sus labios—, no voy a presionarte. Comprendo que salir conmigo puede ser doloroso para ti, estoy convencido de que te recuerdo a Yago.

—No es solo eso, también me sería del todo imposible salir con alguien que espera que sienta algo, que no voy a ser capaz de sentir jamás. —«Y, sobre todo, con un policía». Pero ha preferido no decírselo.

—Eso nunca lo vas a saber si no te das una oportunidad. —Trata de asir su mano otra vez sin conseguirlo—. Eres muy joven para cerrarte al amor.

—No tengo ninguna intención de volverme a enamorar, por eso insisto en que salgas con una mujer que te dé todo el amor que te mereces. Ahora debo irme, ya es tarde y estoy muy cansada. Adiós, Antonio, y por favor, piensa en todo lo que te he dicho.

Cuando la ha visto alejarse en el coche se ha recriminado por su falta de tacto. Ella necesitaba más tiempo y él se había precipitado otra vez. Por nada del mundo quería verla sufrir; había pasado por un infierno y jamás antepondría su felicidad a la de ella.

Por eso esperaría todo el tiempo que hiciera falta. El cabrón de Yago no merecía ni una sola de sus lágrimas, y eso era algo que le reconcomía las entrañas, sin embargo, la verdad le causaría más dolor que las mentiras, por lo tanto, tenía que seguir callado.

—Jaime, ¿a qué hora quedamos para almorzar?

—Silvia, estoy muy ocupado y no sé si va a ser posible —le dice mientras tapa el teléfono con una mano—. Ahora, si me disculpas, tengo al teléfono al fiscal Rodríguez, y ya sabes que no le gusta que lo interrumpan.

—De acuerdo —asiente con cara de fastidio—, pero antes de irte pasa por mi despacho y hablamos, aunque sean diez minutos para contarme que tal lo habéis pasado.

—Haré lo que pueda.

No tiene ganas de darle explicaciones, porque ya se las había dado a Alfredo y tuvo que aguantar sus bromas. Aún estaba arrepentido de haberle contado el incidente del hotel, a pesar de saber que a él también le hacía mucha gracia cada vez que lo recordaba.

Ha recibido por mensajero todas las fotografías y el video del viaje que pidió por duplicado, y eso le ha hecho recordar que tiene que llamar a Sara para ver la forma de entregárselas, pero de momento, eso podía esperar.

A media mañana no ha podido resistir la tentación y les ha echado un vistazo rápido, arrancándole sin querer alguna sonrisa.

Silvia no iba a dejarlo escapar tan fácilmente, debido a que se mostraba muy esquivo desde que había vuelto de Manhattan. Tras haber pasado muchos días sin verse, sentía curiosidad por saber qué tal le había ido con la “pueblerina”, como ella la llamaba.

—Venga, date un respiro, sé que ahora no tienes previsto ver a nadie.

—Silvia, te he dicho esta mañana que estoy hasta arriba de trabajo, pero te acepto un café y charlamos, aunque sean solo diez minutos.

—Voy preparándolos —se vuelve antes de salir—, no tardes.

Unos minutos después entraba a la pequeña sala.

—¿Tan mal lo has pasado que no quieres hablar del viaje? —le dice cuando lo ve entrar.

—Ni mucho menos, la verdad es que han sido unos días cojonudos.

—Vaya, al final voy a pensar que te llevas bien con esa que tú ya sabes —dice con desagrado torciendo la boca.

—Bueno, ahí debo confesarte, que al principio pensé que sería mucho peor. En cambio, ahora que todo ha terminado, el balance no ha sido malo. Blanca la quiere muchísimo y eso para mí es primordial. Estos días me he dado cuenta de lo bien que se llevan las dos.

—Algo me dice que empiezas a ablandarte con ella. Sabes que siempre vas a llevar un lastre con el tema de su marido y eso no es un asunto que debas olvidar.

—Y no se me olvida. Es evidente que me hubiera gustado que las cosas fueran de otro modo, pero mi hija quiere a ese chico, y siendo justo debo admitir que no tengo ninguna queja sobre él.

Además, Sara se porta muy bien con ella, se nota que la aprecia de verdad.

Así que de momento no tengo nada que objetar de ninguno de los dos.

—Te advierto de que esa mujer se hace la buena con tu hija para que no se le escape como nuera.

Ni en sus mejores sueños podía imaginar que el pusilánime de su hijo iba a encontrar a la hija de uno de los mejores abogados de Madrid.

Y si la gente se entera de quién era el padre del que sale con ella, nuestra reputación podría resentirse.

—Vaya, gracias por reconocer que soy tan bueno en mi trabajo —comenta en tono sarcástico—, pero sé perfectamente que Blanca no es tonta y se habría dado cuenta de algo así.

Y, respecto a la historia sobre el padre de Alberto, no creo que nos afecte, ya que él fue el único culpable.

Su hijo no tiene nada que ver con los actos que cometió, y Sara tampoco.

—Blanca es muy joven, y esa lagarta quiere ganarse su confianza.

—Me parece que esta conversación finaliza aquí. —Se levanta—. Por cierto, no me has preguntado qué tal le va por Manhattan, creía que era de eso de lo que querías hablar.

—Doy por hecho que está muy bien, ya que por lo visto se conforma con cualquier cosa.

—Ah, se me olvidaba —le dice antes de salir, ignorando la pulla—, estuve hablando con David el día que vino a visitar a Blanca y Alberto. —Ella se tensa al escucharlo—. No estaría demás que lo llamaras para interesarte por él.

—El día que haga las cosas bien, ya sabe dónde encontrarme —le contesta molesta.

—Como abogada tú también eres muy buena, pero como madre, dejas mucho que desear.

—No voy a discutir, precisamente contigo, el motivo de la pésima relación que tengo con mi hijo.

—¿Por qué precisamente conmigo?, ¿qué insinúas? —pregunta girándose para mirarla.

—Si hubieras puesto más empeño en que tu hija formalizara la relación con él, las cosas no estarían como están.

—Silvia —murmura apretándose el puente de la nariz—, me otorgas un poder del cual carezco. Blanca siempre ha visto a David como un hermano y viceversa, y ni yo ni nadie puede cambiar eso.

—Déjate de chorradas, tú eres su padre y tendrías que haberle hecho ver que…

—Para, por favor, no sigas por ahí —la corta—.  Blanca y David están enamorados de sus parejas, así que acepta de una puta vez que ellos se quieren como hermanos.