Capítulo 13
Durante el vuelo, Jaime ha decidido entretenerse leyendo y durmiendo para no pararse a analizar por qué está cabreado. Siendo honesto, debería estar contento por no tener que aguantar a esa mujer durante el viaje de regreso.
A las diez de la noche llegan a Madrid y Sara ha declinado la invitación de Álvaro de llevarla en su coche hasta el hotel, aunque se han despedido con la promesa de cenar juntos la próxima semana.
Ha considerado que sería un detalle muy feo dejar a Jaime al margen, por esa razón, le ha propuesto tomar juntos un taxi, y él no ha podido disimular la sorpresa.
—Vaya, creía que te ibas con tu amigo.
—¿Por qué has pensado eso?
—Pues no sé, puede que el hecho de haberos sentado juntos, sin considerar que ha ocupado mi asiento sin pedirme permiso siquiera.
—Parece que estés celoso —ironiza en tono jocoso.
—Nunca lo he sido, y dudo mucho que a estas alturas de mi vida cambie de parecer, y menos contigo —gruñe mirándola directamente a los ojos.
—Oírte decir eso me quita un peso de encima. Y ahora que ya estamos solos, ¿podemos dejar de fingir que nos llevamos bien? La función ya ha terminado —le dice más cabreada de lo que pretendía.
—En eso te voy a dar la razón, porque de haber estado dos días más a tu lado, habría sido una tortura —afirma enojado mientras se sienta en el taxi.
El trayecto hasta el hotel se les está haciendo eterno. Ninguno de los dos ha dicho una palabra mientras miran por su lado de la ventanilla. Cuando llegan al hotel donde ella se aloja, Jaime no ha bajado del taxi y se ha limitado a despedirse alzando la mano.
Sara por su parte, no entiende su cabreo, y se ha ido a dormir con la intención de olvidar a ese hombre cuanto antes. En cambio, no ha tenido suerte, ya que no ha podido borrar de su memoria los buenos momentos que han pasado juntos.
Jaime ha llegado a su casa, y de malos modos se ha quitado el abrigo.
—Esa mujer es rara de cojones —va murmurando mientras abre la maleta— menos mal que ya no la voy a ver en mucho tiempo. Mañana vuelvo al trabajo y espero olvidarme de ella hasta el año que viene.
Sin querer, le ha venido otra vez el recuerdo del beso que le había dado cerca de los labios, y se ha cabreado todavía más.
«Quizá sea porque hace tiempo que no quedo con una amiga para echar un buen polvo», piensa mientras se va a la ducha para ver si el agua se lleva toda la tensión que lleva encima.
Cuando Sara llega a la mañana siguiente a su casa, después de unas horas conduciendo con la música a todo volumen, lo primero que hace es ir directa a su habitación, puesto que siente el deseo imperioso de inspirar su aroma.
—Ya he tenido cinco minutos de melancolía y considero que es más que suficiente —dice mientras se levanta resuelta del suelo— Anclarme en el pasado no es bueno. Eso no significa que me dé por vencida. No me voy a quedar conforme hasta que no sepa la verdad de lo que realmente ocurrió.
Por la mañana Sara va al gimnasio con la esperanza de que sus amigas no la acribillen a preguntas.
—Hola, buenos días, chicas, ¿qué tal lo habéis pasado sin mí? —pregunta mientras les da dos besos—. Espero que me hayáis echado mucho de menos.
—Lo mismo que tú a nosotras, que ni siquiera te has acordado de que tienes dos amigas.
—Rocío, qué mal pensada eres. Seguro que no nos ha llamado ni una sola vez porque las líneas estaban saturadas.
—No sabía si os iba a llamar en mal momento, por eso del cambio de horario, así que he preferido no molestaros.
—He oído excusas tontas en mi vida, pero esta se lleva el premio gordo.
—Sindy, no es una excusa, es verdad que no sabía qué momento era el adecuado para llamaros.
—Bueno, empieza a contarnos con todo lujo de detalles todo lo que has hecho estos días y puede que te perdonemos —concede Sindy en tono tranquilo.
—Eso eso. ¿Qué tal se ha portado tu consuegro?
—Por favor, no me lo nombréis. “Fus fus” —suelta agitando las manos—A ese hombre cuanto más lejos mejor.
—Mujer, ¿tan mal te han ido las cosas con él? —le pregunta Sindy.
—Sí. Bueno, no. La verdad es que sería falso decir que ha sido todo horrible.
—Ponte de acuerdo de una vez y cuéntanos cómo ha ido el viaje —se queja Rocío.
—Lo primero que me tendríais que preguntar es por Alberto. Vamos, digo yo.
—Alberto ya sabemos que está estupendamente con su novia, eso lo damos por hecho —añade Sindy.
—La verdad es que sí. Me he quedado más tranquila al verlo con mis propios ojos. Por cierto, tengo que darte las gracias por enviarme a Álvaro, fue muy oportuno.
—No tienes que agradecerme nada, para eso estamos las amigas, aunque de vez en cuando a algunas se les olvide llamarte por teléfono.
—En cuanto veáis los regalos que os he comprado se os olvidará ese desaire.
—Cómo nos conoces, canalla. —Ríen las tres por el comentario de Rocío.
Sara les ha contado algunas cosas, no todas, y mucho menos el “casi beso”. Le ha sorprendido la cantidad de momentos buenos que había pasado, sintiéndose realmente feliz. Hacía mucho tiempo que no se permitía el lujo de disfrutar plenamente.
El día está siendo una verdadera locura, tiene la agenda llena y ni siquiera ha tenido tiempo para comer.
Recibir personalmente a algunos huéspedes y acompañarlos a sus habitaciones ha ocupado casi todo su tiempo.
También ha tenido una reunión a última hora, pero todo ese estrés a ella no le asusta, ya que está acostumbrada a manejar esas situaciones de caos.
Dirigir un hotel tan grande conlleva muchísima responsabilidad, así que con toda la profesionalidad que le caracteriza, no ha parado ni cinco minutos durante la mañana.
—¿Puedo pasar? —le pregunta el jefe de cocina asomándose a su despacho.
—Claro, adelante, ¿hay algún problema, Miguel? —interroga sin perder de vista la pantalla del ordenador.
—Creo que necesitas parar al menos quince minutos para comer algo, y he pensado que, si te traigo una de mis especialidades, no vas a poder resistirte, —le muestra una bandeja con un plato de pasta, un poco de pan de cristal con queso y una copa de vino tinto.
—Me acabas de dar una alegría muy grande, es cierto que no pensaba levantarme de aquí hasta la hora de irme.
Gracias por acordarte de mí —se sincera con su amigo, mientras aparta unas carpetas que tiene sobre la mesa—.
Ahora recuerdo por qué te contraté. Eres un sol, además del mejor chef del mundo.
—No te voy a discutir ninguna de las dos cosas —dice sonriendo mientras se marcha para dejarla comer tranquilamente.
Por la tarde se va a casa de Antonio. A pesar de estar bastante cansada, ha decidido ir cuanto antes para darles los regalos que les había comprado.
—Hola, qué sorpresa —dice Antonio cuando abre la puerta—. No sabía que habías vuelto, mi madre se va a poner muy contenta. Bueno, y yo también.
—No esperaba menos de ti —confiesa dándole dos besos—. Llegué ayer, y todavía tengo la ropa en las maletas. Pero el otro día noté que tu madre no se quedó muy conforme, y he preferido venir enseguida.
—No se lo tomes en cuenta. Anda, pasa y verás qué alegría se lleva.
—¿Qué tal van las cosas con ella? —le pregunta en voz baja.
—Bueno, cada día debo tener más paciencia, pero la pobre no tiene la culpa de hacerse mayor —admite con resignación.
—Eso es muy considerado por tu parte.
—Mamá, mira quién ha venido a verte.
—Ay, qué alegría tan grande me das, hija mía, ya te estaba echando de menos.
—Doña Adela, no se levante del sillón —le pide acercándose y dándole dos besos—. ¿Cómo se encuentra?
—Pues ahora que por fin estás aquí, muchísimo mejor —declara limpiándose las lágrimas con un pañuelo—. Todos los días le preguntaba a mi hijo si ya habías vuelto de ese viaje tan lejos al que te habías ido.
—Sí, estaba en la otra punta del mundo pasando unos días con mi hijo y su novia.
—Sí, ahora lo recuerdo. Le he repetido mil veces que no me ha parecido bien que no te haya acompañado. ¿No te ha dado miedo irte sola?
—No, porque no he ido sola.
—¿Con quién has ido entonces? —le pregunta desconcertada.
—Mamá, por favor —ruega Antonio en tono irritado—, deja de preguntar esas cosas.
—Deja que se lo explique —sonríe mientras le agarra la mano y le habla en tono suave—. Doña Adela, he ido con el padre de la novia de Alberto.
—¿Quién es Alberto?
—Mi hijo, ¿recuerda? Está estudiando en Estados Unidos.
—Ah, es verdad que se llama Alberto, cada día se me olvida algún nombre.
—No se preocupe, eso nos pasa a todos de vez en cuando.
—Pero lo que no se me olvida es que mi hijo se tenía que haber ido contigo, en vez de consentir que te fueras con otro hombre. No entiendo por qué se ha quedado aquí, si yo estoy bien. —Se suelta de la mano de Sara de malos modos.
—¿Qué le parece si destapa el regalo que le he traído? —dice tratando de salir del apuro, pues se ha dado cuenta de que la cara de Antonio se ha puesto roja de vergüenza.
—Es un detalle muy bonito —menciona la mujer admirando el fular de seda en tonos suaves que le ha regalado—. Lo pienso estrenar el día que os caséis.
—Se acabó —grita en tono seco el hombre—. ¿Cuántas veces tengo que decirte que no digas esas tonterías?
—No digo tonterías —se queja mirando a Sara—. Hace mucho tiempo que llevo esperando ese momento.
—Venga, no discutáis, por favor —agrega para aliviar la tensión—. Yo sé que me aprecia mucho, pero quiero que entienda que su hijo y yo nos tenemos mucho cariño. No obstante, eso no significa que nos vayamos a casar.
—Pues no lo entiendo, yo creía que después de…
—¡Ya basta, por favor! —la corta su hijo—. Mamá, al final vas a conseguir que Sara no venga a verte. Ahora tiene que marcharse, así que despídete de ella.
—Sí, se me está haciendo muy tarde. Ya pasaré otro día. Adiós, doña Adela.
—No quiero que os enfadéis conmigo —se lamenta mirando a su hijo con los ojos llenos de lágrimas.
—Mamá, no estamos enfadados contigo —ahora le habla con cariño—, lo que pasa es que te pones muy pesada con ese tema, y ya lo hemos hablado un montón veces.
—Pero hijo, sabes que todo lo hago por tu bien.
—Ya lo sé, y te lo agradezco —le dice saliendo con Sara hacia la calle.