La esencia del bambú Capítulo 12 #2
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Capítulo 12 #2

Sara observa el abrazo tan cariñoso que se han dado, y se ha fijado que el chico no es mucho mayor que Alberto. Es moreno con el pelo largo hasta los hombros, tiene los ojos marrones y una barba, aparentemente descuidada de pocos días.

—Y sigo allí. Pero da la casualidad, que tengo un trabajo que hacer en Washington y he decidido pasar a ver a mis amigos. Me he llevado una sorpresa muy agradable, no me esperaba encontrarme aquí con vosotros.

—Quiero presentarte a mi madre —interviene Alberto.

—Hola Sara, tenía ganas de conocerte. Me habían dicho que eras muy joven y guapa, y veo que tenían razón.

—No se te ocurra ligar con mi madre —amenaza fingiendo cabreo.

—Qué mal pensado eres.

—Sabes que tengo razón, te gusta ligar con todas las mujeres que se te ponen por delante.

—Ay… —suspira poniendo los ojos en blanco—, esas son leyendas urbanas. Ahora tengo novia.

—Blanca, ¿preparamos algo para comer? —pregunta a su novia tras un rato de conversación—.  David tiene cara de no haber comido en días.

—Cómo me conoces —añade tocándose la barriga.

—Vale, aunque es mejor que vosotros tres os pongáis al día mientras Sara y yo preparamos algo. ¿Qué te parece, Sara?

—Muy bien —dice levantando los brazos—. Primero, voy a dejar todas estas bolsas en mi habitación y te echo una mano.

—Te acompaño, y de paso, me vas contando todo lo que has comprado.

Ahora que estamos solas, quería preguntarte qué tal ha ido la mañana con mi padre. Sé que no tenéis una relación especialmente buena.

—Eh, no te preocupes —le dice en tono sincero—. De hecho, nos llevamos mejor cada día. Hoy, sin ir más lejos, hemos pasado una mañana estupenda visitando la biblioteca y comprando regalos.

—Me dejas más tranquila. —Sonríe dándole un abrazo.

—Qué ganas tenía de comer y beber productos de mi tierra —se sincera David mirando a los presentes—. De vez en cuando, encuentro alguna tienda con productos españoles y me desquito.

—¿Cuánto tiempo llevas sin ver a tus padres? —inquiere Jaime muy serio.

—Ocho meses más o menos, tampoco es tanto. Pero vamos a dejar de hablar de temas desagradables, porque si no, me va a sentar mal el jamón.

—Creía que hacía algo más de un año —añade en tono neutro.

—Qué más da, un mes más o uno menos, ellos ya están acostumbrados a tenerme lejos.

—No digas eso, sabes que no es verdad, te echan de menos.

—Si tanto me echan de menos, que vengan a verme, saben dónde vivo y con quién.

—Deberías llamarlos por lo menos —continúa Jaime sin darle tregua.

—Lo hice hace un par de meses, no soy tan mal hijo como dicen.

—No sabía que habíais hablado.

—La verdad es que estaba la línea ocupada y no insistí —declara encogiéndose de hombros.

—No seas crío y llámalos, sé que están sufriendo por no tener noticias tuyas —señala alzando un poco la voz.

—La última vez que hablamos, bueno, mejor dicho, que gritamos, mi madre me dejó muy claro que, si no rompía con mi novia inmediatamente, lo mejor que podía hacer, era quedarme en la “ jungla” con ella —confiesa apretando los labios.

—Tu madre cuando se pone borde no hay quien la gane —afirma en tono seco.

—Por eso estamos mejor sin hablar. No quiere entender que me gusta mi trabajo; yo no he nacido para ser abogado. Empecé la carrera como bien sabes, para tenerlos contentos, pero al final comprendí que esa no era mi vocación. ¿Tan difícil es comprender que a mí me gusta ser periodista?

»Ella siempre ha tratado de dirigir mi vida, igual que hace con mi padre, y como no se ha salido con la suya no deja de joderme.

Ni siquiera soporta que tenga novia extranjera.

Os prometo que yo quiero llevarme bien con ellos; bueno, mejor dicho, con mi madre que es la que se mete de lleno en mi vida queriendo cambiarla a su manera.

—Sí, Silvia tiene ese defecto — admite suavizando el tono de voz.

Sara acaba de atragantarse con el vino al enterarse de que David es el hijo de esa arpía.

—Sara, ¿te encuentras bien? —le dice Jaime preocupado mientras le da golpecitos en la espalda.

—Perdón, se me ha ido el vino por otro lado —le dice tratando de recomponerse.

—Ah, pensaba que era por haber escuchado el nombre de Silvia —le susurra para que solamente lo oiga ella.

—Pues mira tú por dónde, no te voy a quitar la razón —le contesta en el mismo tono.

Cuando David se marcha con la promesa de visitar a sus padres en las próximas vacaciones, siempre y cuando Jaime hable con ellos para dejarles unas cuantas cosas claras, deciden planificar el siguiente día, ya que Alberto y Blanca no tienen clases y pueden pasarlo los cuatro juntos.

—Mañana sería muy interesante visitar el museo Metropolitano, y por la tarde podemos subir al Empire State Building. ¿Qué os parece?

—Papá, eso suena muy bien, si todos estáis de acuerdo —se apresura a añadir mirando a Sara.

—Por mí, perfecto.

—Yo también estoy de acuerdo con el plan —dice Alberto mientras va retirando los platos de la cena.

—Pues no hay más que hablar. Vamos a descansar y mañana a las ocho desayunamos.

—Os ayudo a recoger todo y después también me voy a la cama.

—Sara, no hace falta, nosotros lo recogemos en un minuto. Anda, ve a acostarte —ordena Blanca mientras la empuja cariñosamente hacia su habitación.

Cuando está acostada no puede dejar de pensar en todas las cosas buenas que están pasando en ese viaje. Tiene que admitir, muy a su pesar, que está disfrutando muchísimo. También el hecho de ver a su hijo tan feliz junto a Blanca la deja muy tranquila.

De pronto, se ha puesto a rememorar la visita a la biblioteca y siente que ha sido todo un lujo poder contemplar la belleza de sus cuadros, su arquitectura, además del silencio tan sobrecogedor, a pesar de la gran cantidad de estudiantes que allí había.

Era increíble la variedad de libros, de distintas épocas y autores de todo el mundo, incluido su escritor favorito; John Grisham. Cuánto le habría gustado tener uno firmado por él, le decía a Jaime mientras iba de una estantería a otra admirando todas sus obras.

Dándole vueltas a esos pensamientos, se ha dormido con una agradable sonrisa.

La semana se les ha pasado rápidamente y ahora toca la triste despedida. A pesar de saber que ese momento llegaría más pronto que tarde, ninguno de los cuatro quiere ponerse triste.

—Mamá, no se te ocurra ponerte a llorar —bajando la voz añade—. Gracias por haber venido.

—Ha pasado el tiempo muy deprisa.

—Deberíais volver en primavera, aún os quedan muchísimas cosas para ver.

—Sí, ¡qué idea tan buena! —dice Blanca dando un abrazo a su padre—. Alberto tiene razón, estaría muy bien que vinierais otra vez.

—Ahora no es el momento para pensar en eso.

—De acuerdo, pero cuando pase Navidad, ya os iremos recordando que la primavera llega pronto.

Quedan quince minutos para embarcar y Sara está muy nerviosa, sin embargo, no quiere que su hijo se preocupe, por eso, trata de disimular todo lo que puede. Pensar en subir al avión le está dando dolor de mandíbula de lo apretada que la tiene.

—Creo que llega el momento de darnos el último abrazo —dice Jaime muy serio—. Cariño, sabes que te voy a echar de menos muchísimo estas fiestas.

—Y yo también, pero anoche nos comimos las uvas y fue un momento muy bonito.

—Sí, aunque hubiera sido mejor haberlo celebrado el último día del año en casa.