Capítulo 12
—Bueno, ¿qué os parece si mañana madrugamos y nos vamos a visitar la estatua de la Libertad? —sugiere Blanca cuando vuelven al apartamento.
—Me gusta la idea, la he visto tantas veces por televisión que aún no me puedo creer que vayamos a subir hasta allí arriba —dice Sara con ilusión.
—Me parece perfecto —añade Jaime.
Tras darle un beso a su hija y deseando las buenas noches a todos, se retira a su habitación.
Hacía mucho tiempo que no sentía el vacío que le había dejado la muerte de su mujer.
Pero, hoy al ver a su hija riendo y compartiendo confidencias con Sara, le ha hecho ser consciente de lo maravilloso que habría sido estar los tres juntos.
—Buenos días. No sabía que fueras tan madrugadora —la saluda Jaime en tono amable—. ¿Te apetece un café?
—Buenos días, sí que me va a venir bien un poco de cafeína. Espero que hayas dormido cómodo —contesta mirándose las uñas.
—Oh, no empieces con eso otra vez —se queja poniendo los ojos en blanco—, ¿no me vas a perdonar nunca?
—Claro que estás perdonado —le asegura restándole importancia con la mano—, pero era una tentación muy grande no recordártelo.
—Hoy parece que el frío no nos va a dar tregua —comenta sentándose a su lado después de prepararle el café.
—Menos mal que hemos venido preparados.
—Hola, buenos días —saluda Blanca entrando a la cocina.
—Hola tesoro, buenos días —responde mirando a su hija con ternura—. ¿Te apuntas a un buen café?
—Claro que sí, papá, sabes que lo necesito tanto como tus besos —dice zalamera, acercándose a darle unos cuantos.
—En ese caso, aprovéchate de tu padre todo lo que quieras.
—Sara, no te creas que te vas a librar de mí, porque tus besos también los necesito.
Jaime se ha quedado mirando cómo se dan besos y abrazos y le ha subido un sabor amargo, al comprobar que su hija jamás podrá sentir esas muestras de cariño con su madre. Desgraciadamente era muy pequeña, y ni siquiera recuerda un momento junto a ella.
«Qué bonito habría sido verlas así», volvía a pensar.
Las veces que su hermana Carmen, o incluso Silvia habían intentado hacerla sentir que ellas podían darle muchísimo amor, no habían conseguido llenar el hueco tan grande que dejó Sandra.
Sus abuelos tampoco pudieron hacer mucho al respecto, porque sus suegros vivían en Valladolid, y además le culpaban por la muerte de su hija, por lo tanto, la relación era prácticamente nula.
Y su padre desde que se había quedado viudo hacía diez años, se dedicaba a viajar por el mundo con su antigua secretaria con la que se había casado hacía cinco años.
Ahora viendo a su hija en esa actitud tan afectuosa con Sara, empezaba a comprender a Alberto cuando le había dicho en alguna ocasión, que las dos eran tal para cual.
—Hola, buenos días. Qué imagen tan bonita. Dejadme que haga una foto para inmortalizar este momento.
—Qué buena idea —le dice a su novio—, pero sería mejor que la foto nos la hiciéramos los cuatro en el comedor.
—De acuerdo, voy a poner la cámara sobre el mueble.
Después de unas cuántas fotos, en las cuales los abrazos y las risas han sido los protagonistas. Blanca expresa un deseo que hace que todos dejen de reír.
—Bueno, ahora quiero una foto de vosotros dos juntos —afirma señalando a Sara y a su padre—, así tendremos un bonito recuerdo.
—No es necesario. Puesto que ya nos hemos hecho varias los cuatro, no tiene sentido que nos pongamos los dos solos —indica Sara un poco incómoda.
—¿Por qué no? —contesta Jaime disfrutando del momento—. Si nuestros hijos quieren vernos juntos en una fotografía, no vamos a negarles ese deseo.
—Claro, sería una foto muy bonita. Sara por favor —le dice poniendo morritos su nuera.
—De acuerdo, no quiero que penséis que no nos llevamos bien. —Alberto, al escucharla, casi se ahoga con su propia saliva.
—Vamos a darnos prisa porque hay que aprovechar el día —les sugiere Sara mientras va a su habitación tras hacerse un par de fotos.
Ha sido bastante incómodo posar junto a Jaime mientras él la tomaba descaradamente por la cintura. Aún podía notar el calor de su mano a pesar de encontrarse sola en la habitación.
El viaje en barco a la isla de la Libertad fue muy emocionante. Por la tarde decidieron pasear por Central Park, y al finalizar el día, continuando con los tópicos, Blanca y su padre fueron a comprar comida china para cenar tranquilos en casa.
—Mañana tenemos clases hasta el mediodía, ¿qué pensáis a hacer vosotros?
—No te preocupes, tesoro, ya se nos ocurrirá algo.
—Papá, quiero que te lleves bien con Sara, es muy importante para mí.
—¿Qué te hace pensar que nos llevamos mal? —le pregunta sorprendido.
—No hace falta estar muy ciega para darme cuenta de que estáis un poco tensos.
—Ya te dije, que ella conmigo no se muestra muy sociable que digamos, pero tienes que reconocer que nos estamos comportando como adultos.
—Sí, eso es cierto. Cualquiera que no os conociera vería que no os lleváis mal, pero yo sí que os conozco y noto la tensión.
—Mira hija, quiero ser sincero contigo, por eso voy a decirte que ahora nuestra relación es mucho mejor que al principio, y además pienso que cada vez irá a mejor. —Lo dudaba, pero tenía que decir algo agradable para zanjar la cuestión.
Esa misma conversación la tenían Alberto y su madre mientras iban preparando la mesa.
—Mamá, no hace falta que disimules tanto. A mí no me engañas.
—¿Cuántas veces tengo que decirte que la culpa la tiene él?
—Oh, por favor, qué cabezota eres. Jaime no es ese hombre tan malo que quieres hacerme ver.
—Eres muy joven para darte cuenta —no iba a contarle todos los problemas que había tenido con él—, aunque deja de preocuparte, ya que la relación que tenemos ahora, es la mejor desde que nos conocemos.
—Oye, no me trates como a un crío, que te conozco —le contesta molesto.
—No te enfades.
—Mamá, necesito que me prometas que vas a poner todo de tu parte para llevarte bien con él. —Ella iba a protestar, pero él la corta—. De verdad, no de forma ficticia.
—Sabes que haré lo que sea por ti, de modo que, voy a poner todo mi empeño en llevarme bien con ese hombre —concluye dándole un abrazo—, quédate tranquilo.
En ese momento entran Blanca y Jaime con la cena y los ven aún abrazados.
—Vaya, qué imagen tan bonita. Si algo sabe Alberto hacer muy bien, es abrazar. No voy a ponerme celosa porque sé que en cuanto te vayas, van a ser todos para mí —dice sonriente.
—Sí, eso es verdad, da unos abrazos que te llenan de energía positiva.
Al acabar de cenar, recogen los platos, mientras deciden hacer planes para el resto de la semana.
—¿Qué pensáis hacer mañana? —pregunta Alberto. Le habría gustado preguntárselo a su madre a solas, pero no le ha dado tiempo.
—Mañana, si te apetece —indica Jaime mirando a Sara—, podemos visitar la biblioteca pública de Nueva York, que está a media hora de aquí, y después podemos ir al barrio del Flatiron District, donde hay tiendas muy interesantes.
—De acuerdo, me parece bien. —No encontraba ninguna excusa para negarse, puesto que ella no conocía nada de esa ciudad.
—Oh papá, es genial. Nosotros hemos ido en alguna ocasión y nos gusta, ya que hay verdaderos tesoros literarios, y las tiendas de ese barrio son ideales para comprar regalos.
—Mamá, no te vuelvas loca cuando veas los libros que hay de primeras ediciones y de todas las épocas.
—Bueno, si veo alguno que me guste, no pienso cerrar los ojos para no verlo —le contesta riendo.
—Entonces, todo resuelto: mañana a las ocho nos levantamos, y tras desayunar nos vamos. Ahora me voy a dormir que se me están cerrando los ojos —concluye mientras se dirige a su habitación.
—Creía que te costaba mucho coger el sueño —escucha a su espalda.
—Sara, eso solamente me pasa en los hoteles cuando estoy con una mujer cabreada —contesta sin poder disimular una sonrisa.
—Alberto, creo que nos estamos perdiendo algo —le dice su novia al oído mientras se van a su habitación.
—Mejor no preguntamos, porque seguramente no nos va a gustar la respuesta.
A la mañana siguiente salen a la calle dispuestos a pasar unas horas solos hasta que vuelvan sus hijos.
—¿Qué te parece si vamos en metro?
—Bueno, si quieres que te den empujones y te llegue el olor corporal de algún ciudadano americano, allá tú —le dice Jaime con suficiencia.
—No seas exagerado, seguro que la gente se ducha como en cualquier país.
—Como quieras, después no dirás que no te lo he advertido.
—Anda, vamos, no creo que con este frío la gente huela mal.
Cuando llegan a la biblioteca después de un tranquilo viaje en metro, Sara se queda impactada por la belleza del techo, nunca se había imaginado que pudiera ser así.
Le ha recordado un poco a los palacios que hay en España.
También la cantidad de libros que hay a su alrededor, la hace exclamar de admiración.
—Gesto que a Jaime le encanta a pesar de no querer reconocerlo.
—Sara, parece que nunca hayas estado en una biblioteca.
—He estado en muchas, pero esta es preciosa.
—En eso coincido contigo —acepta mientras van admirando las estanterías repletas de libros.
—¡Oh, mira!, aquí hay primeras ediciones de autores muy antiguos. Esto son verdaderas joyas.
—¿Te gusta leer? —le pregunta Jaime caminando a su lado.
—Muchísimo, lo que ocurre es que leo menos de lo que me gustaría. Imagino que a ti también te pasa, sobre todo a la hora de coger el sueño —bromea mirándolo con una media sonrisa.
—Bueno, he de confesarte que en la cama leo muy poco, ya que prefiero hacer otras cosas más divertidas —le sigue la broma guiñándole un ojo.
—Vale, no es necesario que me des explicaciones —titubea algo cortada.
—No pensaba dártelas.
Al llegar al apartamento tras una entretenida mañana, se quedan sorprendidos al ver a un joven hablando animadamente con Blanca y Alberto.
—Hola, Jaime, cuánto tiempo sin verte.
—David, ¡qué alegría!, creía que estabas viviendo en Méjico —lo saluda dándole unas palmadas en la espalda.