Capítulo 11 #2
—Ah, perdona, entonces, nos vemos dentro de un rato. —Ríe saliendo apresuradamente.
Jaime respira aliviado al ver que ella se va y rápidamente se acerca a la cama para buscar el reloj que se había dejado olvidado. Está seguro de que lo había dejado debajo de la almohada, pero el maldito no aparece por ninguna parte.
Harto de buscar por toda la habitación, decide bajar a la cafetería para no levantar sospechas. «No tengo ni idea de dónde cojones está el reloj», piensa cabreado.
—No te he pedido nada, porque no sé qué tipo de café te gusta.
—Ahora pediré un café corto, y que sea lo que Dios quiera.
—Te noto algo tenso, seguro que es por haber pasado toda la noche en ese incómodo sillón. Me siento fatal de verte así —se lamenta poniendo cara de pena.
—No te preocupes, soy un caballero y he preferido que durmieras cómoda. No le des mayor importancia —declara haciendo un gesto con la mano.
—Sí, pero no dejo de sentirme culpable por haber ocupado la cama, mientras tú pasabas toda la noche en ese sillón.
—Ya te he dicho que no le des más vueltas, ha sido un placer cederte la cama para ti sola.
—Qué rastrero eres. No sé cómo tienes la cara dura de decirme que has dormido en ese incómodo sillón —dice en tono cínico.
Jaime, lejos de amilanarse por haberse visto descubierto: «el puto reloj», se lamenta con rabia, ha decidido huir hacia adelante.
—¿Ves cómo no ha pasado nada por el hecho de haber dormido juntos?
—Has ido de caballero y lo que eres, es un mentiroso.
—Puedes quedarte tranquila, ya que tu honor no ha sido mancillado —se burla alzando el mentón—, he dormido encima de las sábanas y en la esquina a punto de caerme. Si no hubiera sido por ese reloj que obra en tu poder, jamás habrías adivinado que hemos dormido en la misma cama.
—Jaime, cada día que pasamos juntos estoy más convencida de las ganas que tengo de perderte de vista —dice roja de ira mientras saca el reloj del bolso.
—Qué exagerada eres, por Dios. No entiendo cómo puedes estar siempre tan amargada.
—¿Yo? —Lo mira desconcertada, ya que el comentario le ha dolido muchísimo—. ¿Por qué piensas eso de mí?
—No he visto a ninguna mujer que le guste tanto discutir como a ti, y mira que conozco… No disfrutas de la vida, ves cosas horribles donde no las hay. Me reitero en lo dicho, eres una amargada.
—Jamás me habían dicho tal cosa.
—Pues será que nadie ha tenido los cojones de hacerlo.
Perdón, el valor de decírtelo a la cara.
Pero, mira por dónde, en algo coincidimos, porque yo también tengo ganas de perderte de vista.
Y ahora voy a tomarme este café, que, si se enfría más, va a estar más repugnante todavía.
—Decide no seguir con la discusión porque ya está harto.
Sara se ha quedado pensando en las palabras de Jaime, y le ha sorprendido comprobar que le han afectado demasiado. A pesar de haber tenido motivos más que justificados para serlo, jamás había sentido que era una mujer amargada.
Los días posteriores a la muerte de Yago, se volvió bastante distante al comprobar cómo los compañeros y amigos le dieron la espalda. Pero de ahí, a tacharla de mujer amargada…
—¿Damos un paseo para hacer algo de tiempo y de paso, estirar un poco las piernas? —pregunta en tono amable después de estar más de quince minutos sin dirigirse la palabra. Ha querido arreglar las cosas cuanto antes, porque no le gusta verla con el semblante serio.
—De acuerdo. —Su voz es apenas un susurro.
—Sara, siento lo que te he dicho antes, no era mi intención ofenderte. Te pido disculpas. —Porque, muy a su pesar, era consciente de que se había pasado de la raya con su comentario.
—¿Quieres saber por qué me ha dolido lo que me has dicho antes?
—La mira para que siga hablando—. Cuando murió mi marido, toda mi alegría desapareció, como puedes imaginar, pero habría sido muy egoísta por mi parte no pensar en mi hijo, así que decidí que tenía dos opciones: una era que Alberto se criara con una madre amargada, y la otra era que tuviera una madre feliz.
Y te juro que me he esforzado muchísimo por ser la segunda opción.
Estaba convencida de que lo había conseguido, pero hoy me has hecho pensar, que quizá no ha sido así.
—Por favor, no hagas caso siempre de lo que te digo. A veces eres muy divertida, aunque conmigo te portas diferente. Pero lo que nadie puede cuestionar es que eres una madre estupenda. —La toma por los hombros y la gira hacia él para mirarla muy de cerca—. Jamás pienses lo contrario.
El trayecto en taxi desde el aeropuerto hasta Morningside Park dura algo más de media hora, en el cual ambos se han propuesto fingir que se llevan fenomenal.
—¿Estás nerviosa?
—Sí, pero también estoy muy feliz.
—Me ha dicho Blanca, que el portero del edificio nos guardará el equipaje para que vayamos al parque más cómodos.
—Qué bien —dice frotándose las manos.
—¿Tienes frío?
—No, el gorro, la bufanda y los guantes me protegen bastante. —Sonríe mirándolo agradecida por su interés—, son los nervios.
—Sabía que iba a hacer frío, pero no tanto.
—Los inviernos en Málaga son muy buenos, pero yo vengo del norte y mi piel está acostumbrada al frío —cuenta muy sonriente.
Cuando dejan el equipaje, se van directos al parque que hay muy cerca de allí donde han quedado, en la estatua de lady Liberty echada.
—Creo que ya vienen por ahí —le dice Jaime al oído, muy sonriente, mientras señala a su izquierda.
—Sí, sí, son ellos. Madre mía, qué nudo tengo en la garganta —confiesa mientras se agarra inconscientemente al brazo de Jaime.
—Debo reconocer que el momento es bastante emocionante —se suma a ese nerviosismo mientras le aprieta la mano.
—Blanca, no entiendo las ganas que te han entrado de pasear con el frío que hace, parecemos dos tontos. Mira —afirma señalando al frente—, aquella pareja, tampoco son muy listos, fíjate como están dando saltos para no congelarse.
—¿A qué pareja te refieres? —le pregunta en tono inocente—. No veo a nadie.
—A esos dos de ahí. —De pronto se para en seco. —Creo que me estoy volviendo loco. No puede ser. No puede ser… No puede ser, esa señora es clavadita a mi madre. ¡Hostia, si es mi madre! —grita mientras corre hacia ella.
Blanca no puede dejar de reír al contemplar a su novio corriendo como un niño pequeño.
—Hola, “reina mora” — expresa muy emocionado mientras la alza en sus brazos—. ¡Qué alegría tan grande me acabas de dar!
—Esa era la idea. Feliz cumpleaños, con un poco de retraso “pequeño héroe” —le dice con los ojos llenos de lágrimas.
—Papá, qué ganas tenía de verte —admite Blanca mientras lo abraza y le da muchos besos.
—Yo también, hija —menciona intentando que no se le escape ninguna lágrima. Ha sido muy emotivo ver a Sara y a su hijo, y no quiere parecer un blandengue—. Hemos tardado un poco más de la cuenta, pero ya estamos juntos.
—Hola, Sara —saluda abrazándola—, van a ser unas “cumplefiestas de Navidad” maravillosas.
—Hola, guapísima, gracias por haber tenido esta idea tan bonita —le devuelve el saludo abrazándola con mucho cariño.
—¿Ha sido idea tuya? —pregunta Alberto sorprendido.
—Claro, quería que tuvieras un regalo de cumpleaños especial, y además aprovechamos para celebrar las Navidades juntos —confiesa sonriendo muy orgullosa.
—Ha sido el mejor regalo que me podíais hacer; estar aquí los cuatro es un sueño.
—Vamos a casa y seguimos hablando.
—Sí, será lo mejor —dice su padre—. Sara tiene la nariz muy roja y temo que le estalle de un momento a otro.
—Ah, mira qué gracioso, pero nada de lo que me digas me va a hacer enfadar. Estoy demasiado feliz para que me afecten tus comentarios —lo ignora sin dejar de mirar a su hijo.
—No pretendía ser gracioso, más bien estoy preocupado por el tono que está adquiriendo tu nariz.
Alberto decide intervenir porque teme, que de un momento a otro su madre se ponga más borde de la cuenta.