Capítulo 11
Cuando Jaime entra en el baño, ella aprovecha también para llamar a su hijo y felicitarlo. Le ha dado mucha pena no haber podido darle un abrazo y mil besos; por desgracia, esa sorpresa tendría que esperar unas horas.
Al salir del baño duchado y afeitado ha visto a Sara mirando por la ventana con el semblante serio, así que decide cabrearla un poco para que cambie esa cara.
—Date prisa con la ducha, seguro que están a punto de subirnos la cena, y sería una lástima que se enfriara. —Estaba convencido de que no había conseguido que les trajeran nada.
—No tienes de qué preocuparte. En diez minutos nos van a subir unos sándwiches y algo de fruta —añade en tono cantarín —. Ahí te he dejado dinero, esta noche invito yo.
—Dime, ¿cómo lo has conseguido? —pregunta gratamente sorprendido.
—Si me cuentas cómo has logrado que te alquilen esta habitación, después yo te cuento mi secreto —responde entrando en el cuarto de baño.
—Trato hecho. —Sonríe alzando el pulgar—. Cuando estemos cenando lo hablamos.
Sentados ante una mesita, han devorado los sándwiches y la fruta sin hablar apenas, ya que ambos estaban hambrientos.
—Bueno, ahora que ya tenemos el estómago lleno, creo que ha llegado la hora de las confesiones: las señoras primero, por favor.
—Verás —le empieza a decir mientras se limpia con la servilleta—, simplemente le he rogado al recepcionista que me subieran la cena, con la firme promesa de hablar muy bien de él a su director, el cual es íntimo amigo mío. Menos mal que me ha creído.
—Vaya, he de reconocer que has sido muy ingeniosa. Mi estrategia tampoco ha estado nada mal. —Ella le escucha muy atenta para no perder detalle—. Les he dicho que nos hemos casado esta mañana y que sería una lástima pasar nuestra primera noche sentados en suelo del aeropuerto.
—¿¡Qué!?, ¿cómo se te ha ocurrido decir semejante tontería? —grita dando un golpe en la mesa.
—Oye, a las pruebas me remito —responde señalando toda la habitación—. Es evidente que, gracias a mí, tenemos alojamiento, ¿no?
—Podías haber dicho cualquier otra cosa; los buenos abogados tenéis argumentos coherentes para convencer. ¡Ah, claro!, he dicho los buenos abogados —se burla cabreada, haciendo comillas con los dedos—. Tú no eres de esos, eres más bien mediocre.
—Tranquila, que no tenemos que consumar el matrimonio —no va a caer en su dura provocación—, ni qué decir tiene, que la farsa es de puertas para afuera.
—No lo he dicho por eso, pero estoy convencida de que si hubieras puesto otra excusa nos habrían dado una habitación con dos camas.
—Eso no lo puedes saber. Fue lo primero que se me ocurrió, así que podrías agradecerme que tengamos esta —dice en un tono ligeramente duro.
—No pienso discutir más contigo. Voy a acostarme —gruñe mirando el sillón con aprensión.
—Pues que descanses bien, yo también voy a acostarme en esta cama, la cual tiene pinta de ser comodísima —ironiza levantándose para ir al baño.
Aprovechando que él no está, se ha puesto apresuradamente el pijama para dormir más cómoda.
Al verlo salir del baño sonriendo, ella se ha girado rápidamente para no mirarlo, ya que no quiere seguir discutiendo.
A continuación, ha sacado una manta del armario, y con movimientos bruscos la ha desplegado para taparse, al tiempo que trata de acomodarse en el sillón.
—Buenas noches —dice al apagar la luz. Aunque se ha propuesto no dirigirle la palabra, piensa que ser educada no está demás.
—Un momento —señala encendiendo la luz—, me gusta leer un rato para relajarme antes de irme a dormir.
—¿No puedes prescindir hoy de la lectura? —insiste asomando su cara por encima de la manta.
—He dicho que me gusta leer para relajarme y hoy lo necesito mucho más, gracias a ti.
—Haz lo que quieras —gruñe poniéndose de lado para no mirarlo.
Han pasado unos minutos y Jaime no deja de mirar hacia el sillón donde Sara está intentando ponerse cómoda. A pesar de ponerle de los nervios, no puede dejar de reconocer que la situación no le gusta nada; sabiendo que después se va a arrepentir, decide hablar con ella.
—Sara.
—¡Qué! —Iba a fingir que estaba dormida, sin embargo, le ha parecido absurdo.
—Vamos a turnarnos en la cama. Ahora te acuestas tú, y a mitad de la noche, cambiamos.
—Da igual, estoy bien así. —Mentira cochina, pero no lo iba a confesar.
—Hemos compartido la cena y vamos a compartir la cama.
A mí me cuesta coger el sueño, así que yo voy a leer y tú aprovechas para dormir unas horas —añade rotundo levantándose de la cama—.
Venga, no quiero que tu hijo te vea mala cara y sufra innecesariamente.
Además, llevamos muchas horas sentados y nos vendrá bien cambiar de posición.
Ante ese argumento ella no puede encontrar ninguna excusa en contra, porque es cierto que está deseando tumbarse y estirar las piernas, así que su siguiente negativa ha sido menos contundente.
—No insistas, y deja de tratar de convencerme metiendo a Alberto por el medio. De todas formas, te lo agradezco —le dice en tono suave.
—Si no duermes un rato en la cama, mañana vas a estar de peor humor, así que levántate de ahí —ella iba protestar otra vez—. Por favor, es muy tarde para seguir discutiendo, y estamos perdiendo un tiempo precioso.
Al final, a regañadientes se levanta, y le da la manta de malos modos.
Ambos se han mirado unos segundos, pero no han hecho ningún comentario.
Jaime no ha podido dejar de admirar esas pecas, las cuales le han parecido, algo así como un cielo estrellado.
Aunque ese pensamiento le haya parecido una cursilada, es lo primero que le ha venido a la mente al verla tan de cerca.
—No apagues la luz, por favor, voy a seguir leyendo un rato. En cuatro horas haremos el relevo. No te preocupes que yo te despertaré —le va diciendo mientras se acomoda en el sillón.
—De acuerdo, pero si no es mucha molestia, intenta no hacer ruido al pasar las páginas para que pueda dormirme enseguida. —Le traía sin cuidado si hacía ruido o no, pero quería tocarle las narices un poquito mientras iba apartando las mantas para acostarse.
—Su majestad es muy delicada, aun así, haré todo lo posible para no perturbar sus sueños.
—No creo que haya pedido algo tan difícil de cumplir.
—Vale, “reina mora”, no haré ruido.
—No vuelvas a llamarme así jamás —le increpa en tono tenso incorporándose de golpe.
—Creía que te gustaba —aclara algo desconcertado.
—Y me gusta, pero solamente tiene derecho a decirlo Alberto, de manera que no lo vuelvas a hacer.
Sí, le gusta mucho hacerla rabiar, pero esta vez ha sido consciente de que se ha pasado un poco, así que decide relajar el ambiente.
—Lo siento, no ha sido mi intención molestarte. —«Bueno, un poco sí», pensó.
En cuanto Sara ha empezado a respirar con regularidad, Jaime se ha levantado sigiloso y se ha acercado para verla de cerca, y recrearse a sus anchas mientras la ve dormir.
Ha dejado pasar media hora y ya no aguanta la farsa en la que le ha dicho que le cuesta dormir; nada más lejos de la realidad. Así que con mucho cuidado se ha acostado en el otro lado de la cama, y cinco minutos después se ha quedado frito.
Ha amanecido, y Sara ha empezado a moverse, momento que ha aprovechado Jaime para levantarse rápidamente y fingir que está durmiendo en el incómodo sillón.
—¿Por qué no me has despertado? —dice al verlo encorvado en el asiento.
—Oh, cuanto lo lamento, me quedé dormido sin darme cuenta —se excusa haciendo giros con el cuello.
—Creía que habías puesto la alarma de tu reloj —Sara insiste, sintiéndose culpable.
—Estaba tan cansado que es evidente de que no la escuché. Pero no te preocupes, he conseguido dormir un poco.
—Bueno, eso me deja más tranquila. Si te parece bien, ve tú primero al baño, —le parecía violento levantarse de la cama con él delante.
—Gracias, intentaré darme prisa. Después iré un momento a ver si nos aclaran cuándo podemos salir de aquí. —Ella asiente.
Al verla durmiendo se había puesto algo cachondo, ahora, a la luz del día, la cosa no había cambiado mucho. Lleva el pelo revuelto, haciendo que su aspecto sea un poco salvaje, y a pesar de sus intentos por no mostrarse interesado por la imagen de ella, es evidente que ha fracasado.
Desde que Sandra murió, tuvo claro que no iba a volver a compartir su vida con ninguna mujer, razón por la cual, siempre procuraba relacionarse con mujeres que tenían las mismas pretensiones que él.
Si Sara no fuera la suegra de su hija, habría buscado la manera de conseguir deslizar la lengua por esas pecas.
Sin embargo, lo es, y por mucho que lo desee no puede hacerlo.
Cuando Jaime se ha marchado, Sara se da toda la prisa que puede para ducharse.
Al arreglar las sábanas para dejar la cama un poco más presentable, se ha dado cuenta de un detalle que le ha llamado la atención; ha visto un reloj entre las sábanas.
Tras meditarlo un momento, ha acercado la nariz, y sus sospechas han sido confirmadas: las sábanas huelen a él.
«En cuanto entre por la puerta ese gusano hipócrita, voy a decirle unas cuantas verdades», rumia entre dientes. Un segundo después se lo ha pensado mejor. Va a esperar, ya que la venganza es más dulce si se sirve en plato frío.
—¿Has averiguado algo?
—Sí, han empezado a despejar las carreteras.
Me han asegurado que, sobre las tres de la tarde aproximadamente, podremos irnos.
He llamado a mi hija y ya le he dicho que llegaremos sobre las tres y media, si no hay ningún imprevisto.
Cuando estemos cerca, la llamaré para encontrarnos donde hemos quedado.
—Menos mal —dice en tono animado—. Son buenas noticias al fin y al cabo.
—¿Te parece bien desayunar tranquilamente? Además, la habitación no tenemos que dejarla hasta bien tarde.
—Si, es una idea estupenda.
—Ve tú delante, si no te importa —la insta parándose en medio de la habitación.
—No me importa esperarte, y así bajamos juntos —comenta mientras se extiende crema en las manos.
—Me gustaría un poco de intimidad para ir al baño —insiste algo incómodo.