La esencia del bambú Capítulo 10 #2
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Capítulo 10 #2

—Pues das a entender justo lo contrario. Parece que lleves un escudo y una espada cada vez que nos vemos, y da la sensación de que estás deseando usarla contra mí.

—Por favor, no te hagas el inocente. Sabes de sobra que mi hijo te ha parecido poco apropiado, desde el minuto uno para tu hija, así que no me vengas con la historia del escudo y la espada.

Tú sí que te crees superior a nosotros. Sé que te habría gustado que Blanca tuviera un novio con “Pedigrí” —dice haciendo comillas con los dedos.

Jaime se ha quedado perplejo por lo que le acaba de decir. No esperaba que ella estuviera cabreada por pensar semejante barbaridad, pero antes de que él pudiera contestar, ella lo corta.

—No quiero seguir hablando. Voy a ir al baño, y así estiro un rato las piernas.

Dicho esto, se levanta y se va caminando a paso ligero. Jaime no ha podido dejar de mirar el “culito” de esa mujer, y seguidamente, ha decidido abrir un libro y ponerse a leer para distraerse.

La lectura no le está atrayendo como él creía, lleva un buen rato con el libro y no ha conseguido engancharse a la trama. Es evidente que no deja de pensar en la conversación que han tenido.

Del mismo modo, Sara está leyendo una revista de decoración la mar de entretenida. Bueno eso cree él, ya que, a pesar de estar mirando las fotos de unos preciosos jardines, ni siquiera se ha fijado en el color de ninguna flor.

—Sara, tenemos que hablar —expresa en tono formal—. Estamos a pocas horas de ver a nuestros hijos y no podemos seguir así.

—No sé qué intentas decirme —indica mirándolo, extrañada.

—Debemos dejar algunos puntos claros. Puesto que vamos a pasar los próximos días juntos, es evidente que no podemos estar lanzándonos dardos cada vez que hablamos.

—Por una vez, y sin que sirva de precedente, estoy de acuerdo contigo. Tenemos que trazar una estrategia para que no se note que no nos soportamos.

—Vaya, esto va a ser más fácil de lo que pensaba —insinúa sonriendo—. ¿Qué propones?

—Podemos fingir que nos llevamos bien.

—¿Sueles fingir muy a menudo? —inquiere mirándola con interés.

—Jamás he fingido —asevera poniéndose roja por la provocación. Jaime al verla no puede dejar de reír.

—Te cabreas por nada. No iban por ahí los tiros, mal pensada —le dice en tono conciliador.

—Tú no sabes lo que yo he pensado —añade en tono mordaz—. Por favor, centrémonos en nuestros hijos. La solución es bien simple. Deja de meterte conmigo para que todo fluya sin problemas.

—¿Cómo puedes decir algo así? ¡Eres tú la que estas a la defensiva todo el rato! —exclama abriendo mucho los ojos.

—Nos estamos alejando de lo que realmente importa ahora.

—Es evidente que esta discusión no nos va a llevar a ninguna parte, de manera que vamos a firmar una “ tregua de Navidad” .

Si se consiguió en la primera guerra mundial, no veo ninguna razón por la cual nosotros no podamos conseguirlo también, así que lo mejor en estos casos, es sellar el trato.

¿Qué te parece? —sugiere tendiéndole la mano para estrechársela.

—Trato hecho —asiente aceptando su mano.

Jaime no ha podido resistirse a la tentación de estirar más el tiempo del debido ese contacto, haciendo que ella dé un fuerte tirón.

—Me parece que ya me estoy arrepintiendo de haber hecho un trato con el diablo —lo reprende, haciendo que Jaime vuelva a reír.

Después de todo, el viaje no está siendo tan aburrido como él pensaba.

Cuando les sirven la cena, Sara y Jaime deciden evitar hablar de cualquier tema que les genere un conflicto.

Él le ha contado que desde pequeño tenía claro que quería ser abogado, como su padre y su abuelo.

Ella le ha confesado que haber hecho un máster en Dirección Hotelera después de terminar la carrera de Empresariales, fue todo un acierto, ya que con el paso del tiempo había descubierto que le encantaba su trabajo.

A pesar de sentirse muy cansada no consigue dormir. Es consciente que, en apenas tres horas, el avión va a aterrizar, y por esa razón se siente inquieta.

—Vamos a celebrar que llevamos mucho rato hablando sin discutir —dice divertido mientras le da una copa de cava.

—No me apetece beber más —niega con la cabeza alzando la mano para rechazarla.

—Venga, es todo un logro y tenemos que celebrarlo —le insiste—, no seas cobarde.

—No debería, pero como no soy cobarde, voy a aceptarla.

Mientras hablan sobre sus películas favoritas y anécdotas de sus respectivos trabajos, se han tomado tres copas más.

Sara también le ha contado que sale a correr por la playa siempre que puede, y él a su vez le ha respondido, que hace lo mismo cuando está en la casa de Marbella, en cambio, en Madrid, se va a jugar al pádel o hace ejercicio en el gimnasio que tiene en casa.

Mientras lo escucha, no ha podido resistir la necesidad de cerrar un poco los ojos, ya que se siente un poco embriagada.

—Sara, despierta, ya hemos llegado —la zarandea un poco—. Es hora de salir de aquí.

—¿Qué? ¿cómo? —interroga aturdida—. ¿Hemos llegado?

Acaba de despertarse de golpe, porque se ha dado cuenta de que todos los pasajeros están de pie para bajar del avión.

No ha sido consciente del momento del aterrizaje.

Menos mal, porque el piloto tuvo que hacer tres intentos hasta conseguirlo.

Sin embargo, ella no tenía por qué enterarse.

A pesar del dolor de cabeza con el que se ha despertado, está contentísima, ya que no ha tenido que pasar el mal trago del aterrizaje.

Aunque la sonrisa le ha durado muy poco, ya que, debido a las bajas temperaturas, estaban todos los transportes bloqueados hasta nuevo aviso.

—¿Y ahora qué podemos hacer? —le pregunta impaciente.

—De momento, tranquilizarnos —expresa poniéndole una mano en el hombro—. Voy a ver dónde pueden darme una información más precisa. Necesito que te quedes aquí con el equipaje, ahora vuelvo.

—¿Por qué no podemos ir juntos? —cuestiona muy nerviosa—, esto es muy grande.

—Es mejor que esperes. Si voy sólo iré más rápido. ¿No entiendes que es mejor así? —pregunta en tono irritado.

—Lo entiendo, aun así, no me gusta la idea de quedarme aquí.

—No se trata de que te guste o no. Dame un momento, y después podremos decidir qué hacer —insiste hablándole como a una niña pequeña.

—Está bien. —Decide no tensar más la cuerda.

Tras unos minutos, que a ella más bien le han parecido horas, regresa Jaime a su lado con cara de pocos amigos.

—La cosa no pinta bien, ¿verdad?

—No, para qué voy a engañarte. Estamos atrapados, y la previsión meteorológica avisa de que esto va a durar, como mínimo, toda la noche. Voy a llamar a mi hija para explicarle la situación.

—De acuerdo.

No sabía que más le podía decir, pues estaban atrapados en un aeropuerto. Trataba de no mostrarse histérica, a pesar de tener unas ganas terribles de gritar por la frustración, pero decidió quedarse callada.

—Bueno, he hablado con Blanca y dice que no pasa nada, que en cuanto podamos salir de aquí volveremos a hablar.

Lo importante, pese a este pequeño inconveniente, es que estamos relativamente cerca.

Ahora lo primero que tenemos que ver es, dónde vamos a pasar la noche, porque aquí —dice mientras mira a la multitud—, evidentemente, no.

—¿Qué propones? —pregunta cuando llevan un buen rato dando vueltas.

—Vamos a buscar una habitación. Claro que será un milagro si la conseguimos, pero por mis cojones que hoy dormimos en una cama.

—No hace falta que te pongas grosero.

—Me pongo así, porque llevamos más de dos horas buscando, y en todos los hoteles me han dicho que no queda ninguna habitación libre. Por lo tanto, ha llegado el momento de tomar medidas extremas.

—¿Qué estás pensando? —inquiere mientras lo sigue por todo el aeropuerto.

—Dame unos minutos y lo verás.

Quince minutos después vuelven a sonreír mientras se dirigen a su alojamiento.

—¿No piensas contarme lo que les has dicho para que, de pronto nos hayan dado una habitación?

—Solo te diré que un poco de dinero extra, y una mentira sin importancia han obrado el milagro.

Sara ha puesto cara de circunstancias al entrar en la habitación.

No es muy lujosa, sin embargo, eso carece de importancia, pues solamente van a estar una noche, ya que las autoridades han confirmado que, con toda probabilidad, despejarían las carreteras al día siguiente.

Lo que no le ha hecho ninguna gracia ha sido el hecho de ver solamente “una” cama.

—¿No había más habitaciones disponibles? —añade en tono tenso.

—¿Esta te parece mal? ¡Vaya!, no creía que fueras tan escrupulosa . Quiero que sepas que me ha costado muchísimo conseguirla, y te aseguro que mucha gente mataría por una habitación esta noche.

—¿Dónde piensas dormir? —le pregunta sin soltar el equipaje.

—Es evidente, que en esa cama tan grande y espaciosa donde caben perfectamente dos personas. —Sabía lo que ella quería insinuar por la cara que tenía, pero le iba a dejar bien claro a esa estirada, que le importaba un comino si no quería dormir ahí.

—Bueno, primero voy a darme una ducha. Después me quedaré en ese sillón, que tiene pinta de ser muy cómodo —concluye entrando a la habitación resuelta.

—Como quieras. —No pensaba discutir, puesto que, si ella quería dormir sentada, era su decisión.

—Voy a llamar para ver si nos suben algo de cena.

—Me parece bien —contesta empezando a buscar ropa más cómoda en su maleta.

Cuando se dispone a entrar en el baño, escucha a Jaime discutiendo por teléfono en un perfecto inglés.

—No hay nada que hacer, a estas horas no pueden subirnos la cena.

—Deja que yo lo intente, a lo mejor tengo más suerte. Si quieres, te duchas   primero —tercia tratando de arreglar la situación.

—No creo que consigas nada —anuncia alzando las manos—, pero te deseo buena suerte.