Capítulo 10
Faltan tres días para el viaje y los nervios la tienen saturada. Ha quedado con sus amigas para comer y después volvería a trabajar unas horas más, dado que se había propuesto dejarlo todo bien organizado con los responsables de cada sección lo antes posible.
—Si no os importa, voy a dejar el teléfono sobre la mesa porque estoy esperando un par de llamadas que debo atender. Ya sé que es de mala educación, pero necesito que hoy hagáis la vista gorda .
—Vale, siempre y cuando nos traigas un regalo de Nueva York.
—Rocío, tienes un poquito de morro —le reprocha su amiga—, aunque pensándolo bien, si nos quiere traer algún detallito no lo vamos a despreciar.
—Contad con él. Por favor —alza el brazo llamando la atención al camarero—, ¿me trae una botella de agua fría? Hoy debo tener la mente despejada.
—Qué bien vas a estar dentro de poco, debo admitir que siento envidia —le dice Rocío poniendo morritos.
—La verdad es que estoy feliz pensando en la cara que va a poner Alberto cuando me vea aparecer.
—Va a ser una sorpresa muy bonita. Y más aún cuando os vea a los dos juntos —se mofa riendo—. Va a pensar que te has vuelto loca.
—Sindy —dramatiza poniéndose una mano en el pecho—, por mi hijo hago lo que haga falta.
—Yo no tengo hijos, pero puedo hacerme una idea del amor tan grande que le tienes, para hacer ese sacrificio.
—Sí, va a ser un sacrificio muy grande subirme a ese avión.
—No estaba refiriéndome al avión, en realidad estaba pensando en tu consuegro. —Las tres empiezan a reír por el comentario.
Esa noche ha decidido salir a caminar por la playa. Cuando vuelva a casa dará un último repaso al equipaje. De pronto ha recordado que tiene que llamar a Antonio sin más demora.
—Hola, Sara, ¿ocurre algo?
—Siento molestarte a estas horas, pero me voy a ver a mi hijo y necesito que me digas donde puedo ir para hacerme el pasaporte urgentemente, no me había parado a pensar que me haría falta.
—No hay problema, mañana si quieres te acompaño, y así te lo hacen enseguida. Casualmente tengo el día libre.
—Gracias.
—Qué valiente eres, vas a cruzar el charco tú sola.
—El padre de Blanca también viene —se ríe para pasar el apuro—. Se me va a hacer el viaje eterno.
—¿Tan malo es?
—Bueno, digamos que no tenemos una relación ideal, pero lo superaré con tal de ver a mi hijo.
—Espero que todo vaya bien. Tengo a mi madre aquí a mi lado y quiere decirte algo.
—¿Qué es eso de que te vas de viaje?, mi hijo debería irse contigo.
—Él tiene muchísimo trabajo y no estaría bien que usted se quedase sola tantos días —aclara tratando de calmar a la mujer.
—Yo puedo quedarme aquí, tranquila, y que alguna vecina me eche una mano.
—Mamá, deja de decir tonterías —se escucha de fondo.
—No digo tonterías, sabes que tengo razón.
Sara, este hijo mío no se fía de mí. Además, me habla muy mal y no merezco que me trate así.
Con todo lo que yo he hecho por él, y así me lo agradece.
Mejor voy a callarme porque no quiero decir cosas de las que luego me pueda arrepentir —dice con desagrado.
—Por favor, perdona a mi madre —le pide dando un suspiro cuando le quita el teléfono.
—No te preocupes, dile que en cuanto vuelva del viaje iré a hacerle una visita.
—Bueno, no te entretengo más, mañana paso a las diez por tu casa, ¿qué te parece?
—Perfecto, hasta mañana entonces. Y ten paciencia con tu madre—concluye con una sonrisa.
Por expreso deseo de Sara, y sin aceptar que fuera de otro modo, van a verse en el aeropuerto de Madrid a las doce del mediodía. El vuelo sale a las dos de la tarde destino Nueva York.
«Casi diez horas dentro del mismo espacio con Jaime, todo un reto», pensó.
Ha decidido levantarse a las cinco de la mañana porque quiere llegar pronto a Madrid. El coche lo va a dejar en el parking del hotel Victory, y desde allí cogerá un taxi hasta el aeropuerto. En todo el trayecto ha evitado pensar en el calvario que le espera antes de poder ver a su hijo.
«Qué difícil es acostumbrarse a la soledad cuando pierdes a tu compañero de vida», reflexiona mientras conduce.
–Al principio, la mente me jugaba malas pasadas.
Un día estábamos compartiendo tantas cosas, y de pronto todo eso dejó de existir.
Ya no tenía que mirar el reloj para ver cuánto ibas a tardar en llegar a casa; tampoco te iba a preguntar qué tal te había ido el día.
Tus llamadas telefónicas, en las que hablábamos y reíamos, nunca más iban a producirse.
Ni siquiera te volvería a preparar tu comida favorita, y al llegar a la cama, jamás volverías a darme ese beso de “buenas noches” mientras me abrazabas; ni me ibas a desnudar mirándome a los ojos mientras me hacías sentir la mujer más deseada de la Tierra, –sigue hablando consigo misma, sin perder de vista la carretera.
«¿Cuándo nos dimos el último beso? ¿Cuándo hicimos el amor por última vez?», se pregunta mentalmente con los ojos vidriosos.
Estuvo mucho tiempo sin atreverse a rememorar el pasado porque dolía demasiado; ser consciente de que todo eso jamás se iba a repetir, le retorcía el alma. Ahora, con el paso de los años, a pesar de seguir doliendo, se podía permitir recordarlo con más serenidad.
Notaba que el tiempo, y la ayuda de un psicólogo, había hecho que el dolor perdiera virulencia para ella y Alberto. Pero era consciente, de que mientras no encontrara respuestas a la muerte de su marido, esa herida jamás se cerraría como es debido.
Sin poder evitarlo, también vinieron a su mente algunos hechos insólitos que ocurrieron los días previos a la muerte de Yago, y que nunca se había atrevido a contárselos a nadie. O más bien se negaba a reconocer que algo no encajaba.
—Hola, Jaime —lo saluda cuando entra en la sala vip del aeropuerto.
—Creía que ibas a llegar más pronto. —La mira y decide cabrearla—. Llevo aquí un buen rato.
—No sabía que tenías tantas ganas de verme. De haberlo sabido, habría llegado cinco minutos antes —ironiza, mientras se lleva la botella de agua a los labios.
—Anda, vamos a darnos prisa, sino perderemos el vuelo —responde fingiendo cabreo.
A Jaime no le pasa desapercibido la forma en que ha venido vestida. Lleva un pantalón negro de punto con un jersey fino de color verde y una gruesa chaqueta de lana a juego con el jersey. Se ha dejado el pelo suelto haciendo que sus rizos parezcan muelles al caminar.
«Por lo menos lleva ropa cómoda», piensa mientras la observa de reojo.
Sara no puede remediar sentirse demasiado nerviosa ante la perspectiva de subir a un avión.
Ni por todo el oro del mundo va a confesarle a Jaime el miedo atroz que le produce ese hecho.
Cuando se dirigen hacia la pista, trata de distraerse mirándolo con disimulo.
Va vestido con pantalón negro y jersey burdeos, y en la mano lleva un bonito abrigo de paño.
Ya están sentados en el avión y Sara no deja de apretar los puños para tratar de aplacar los nervios. Sus amigas le han recomendado que se tome un par de copas y alguna pastilla, en cambio, ella ha descartado semejante disparate.
—Bueno, ya queda menos —expresa muy sonriente sentado a su lado.
—Eso espero —añade fingiendo una tranquilidad que no siente ni por asomo.
—Si me disculpas un momento, acabo de ver a una amiga y me gustaría saludarla —le dice levantándose mientras mira fijamente a una azafata—. Vuelvo en cuanto nos pongamos al día.
—Pero ¿serás capaz? No puedes levantarte, el avión está a punto de despegar —le increpa con cabreo y miedo a partes iguales—. ¡Vuelve aquí ahora mismo!
Sara no está preparada para quedarse sola. En ningún momento ha esperado que Jaime le agarre la mano para pasar el mal trago del despegue, en cambio, que se largue babeando a saludar a una azafata es el colmo de la grosería.
De pronto un sudor frío empieza a bajarle por el cuello. Aunque lo último que quiere es ponerse histérica y sufrir un ataque de ansiedad. Por esa razón, mira a derecha e izquierda, pero no ve a nadie cerca.
Tras un momento de agobio, ve acercarse a una azafata.
—Hola, si me permite, voy a sentarme a su lado hasta que el avión esté en el aire. ¿Qué le parece?
—Ah, sin duda, me parece una idea maravillosa. —Se relaja soltando todo el aire, al notar cómo esa desconocida le ha agarrado la mano amablemente al verla tan nerviosa—. Gracias de corazón.
—No me dé las gracias. —Mira al fondo, y le sigue diciendo—. Su acompañante se ha quedado hablando con una compañera y ha ocupado mi sitio, así que no me ha quedado más remedio que venir aquí.
Quince minutos más tarde ambos están sentados mirando al frente sin hablar. Sara no le ha perdonado su escapada, y él por su parte, parece no haberse dado por aludido.
Durante las dos horas siguientes, Jaime ha intentado entablar alguna conversación con ella y lo único que ha recibido han sido respuestas tales como, “déjame tranquila”, o “no tengo ganas de hablar”.
Sara ha intentado dormir un rato y le ha sido del todo imposible, ya que Jaime no le ha dado tregua.
—Sara, ¿no te cansas de ser tan desagradable?
—¿Perdona? —protesta mirándolo con una ceja alzada.
—Sé que me has entendido perfectamente; no eres tonta, por lo tanto, sabes a lo que me refiero. No sé qué mosca te ha picado conmigo.
Tras meditarlo unos segundos, al final decide contestarle.
—Verás, siempre me dejo llevar por mi instinto, y he de confesarte que no me siento nada cómoda a tu lado.
—Jaime la mira perplejo, pero no le dice nada—.
A las pruebas me remito: No me gusta la actitud que mostraste desde el principio hacia mi hijo.
Y, además, tampoco me gusta que hablen de mi vida, y tú lo haces constantemente.
—No sé dónde quieres ir a parar, pues tienes un concepto de mí que no se corresponde con la realidad. Sin embargo, ya que vuelves a tener ganas de hablar, he de decirte, que eres una mujer que crees estar por encima del bien y del mal.
—Jamás me he creído tal cosa. Soy una persona como cualquier otra —le responde en tono airado.