Capítulo 9 #2
—No se disculpe, en realidad, ha sido culpa mía —dijo mientras se agachaba para ayudarla a recoger.
—Gracias, pero no es necesario, ya las recojo yo —reiteró mientras iba rescatando del suelo todas las hojas.
—Ya casi están todas, pero no debes preocuparte, puesto que, esto es señal de buena suerte —le dijo en el instante en que ella lo miró a los ojos.
Yago la había visto hacía un rato mientras ella hablaba con el director, estaba tan absorta que no había reparado en él. Le encantó volver a verla, pues ahora ya sabía dónde podía localizarla.
—Eh, bueno, si me disculpa, tengo mucha prisa —dijo apresuradamente, roja de vergüenza.
—De acuerdo —le contestó en tono profesional, aunque tenía muy claro de que antes de acabar el día, hablaría con ella.
Sara salió rápidamente para que no se le notara el sofoco que sentía, sabía que era imposible que él no se hubiera dado cuenta. O eso pensó— No había olvidado a aquel chico tan guapo, y tampoco su olor, el cual le seguía recordando a un bosque después de la lluvia.
Durante aquella noche de fiesta lo estuvo buscando, y nunca pudo averiguar nada de él.
Más tarde, se enteraría de que a él le pasó lo mismo, porque aquella noche estaba trabajando de incógnito para que los estudiantes no se desmadraran, y de paso pillar a todos los que querían hacer negocio vendiendo droga.
Sara no se lo puso fácil durante los primeros días, a pesar de parecerle tan guapo y educado, pero Yago fue lo suficientemente insistente para lograr la primera cita.
Tras un año de noviazgo, ambos se tuvieron que enfrentar a un terrible dilema.
Fue una prueba de fuego para la joven pareja.
Sara acababa de cumplir veintidós años, y Yago veintisiete, y los dos tenían puntos de vista opuestos para aquella difícil situación.
Él la amaba más que a nada en el mundo, por lo tanto, a pesar de ser una decisión muy arriesgada, entendió que debía apoyarla.
Los padres de Sara vivieron con verdadera angustia aquellos meses, ya que cabía la posibilidad de perderla para siempre. Sin embargo, contra todo pronóstico, un año más tarde, todos vieron que ella había tomado la decisión adecuada.
—Carmen, soy Sara, ¿cómo estás?
—Hola, cuánto me alegro de oírte.
—Te llamaba porque ayer hablé con tu hermano y me dijo que venías a Marbella mañana.
—Sí, tenía pensado pasar por ahí y darte una sorpresa.
—Ah, siento haberme enterado, pero quédate tranquila. Haré como si no supiera nada cuando te vea —alude en tono alegre.
—En ese caso, dime cómo, cuándo y dónde podemos quedar.
—Pues si te apetece, podemos quedar a cenar mañana.
—Me parece perfecto. Pero quiero advertirte de antemano que solamente vamos a asistir a esa cena Eduardo, Jaime y yo, así que puedes quedarte tranquila.
—No sabía que venía Jaime —afirma en tono más seco del que pretendía.
—Le ha llamado Román, porque necesita asesoramiento en un tema relacionado con su trabajo.
—Si te parece bien, os invito a cenar aquí… Así me puedo quedar trabajando hasta el último momento. —No le parecía correcto “desinvitar” a Jaime, por lo tanto, ha preferido callar.
—Me encanta la idea. Bueno, te dejo que sigas trabajando. No quiero entretenerte más, hasta mañana.
—¡Espera un momento!
—Dime.
—Por favor, dile a Jaime que me gustaría que vinieran a cenar también, Yuri y Román.
—Estupendo, cuenta con ello. Estoy segura de que les va a dar mucha alegría cuando se enteren.
Era una tontería tratar de evitar a Jaime. Había pasado una semana desde que se habían reunido para ultimar los detalles del viaje y durante esas dos horas, discutieron treinta veces. Ella sabía que la mitad de las veces él tenía razón, pero la otra mitad no.
Por ejemplo: el hecho de querer correr con todos los gastos; por nada del mundo ella lo iba a consentir. Del mismo modo, él se negó en rotundo a viajar en clase turista, de manera que, esa batalla la perdió ella. Fue un tira y afloja que dio como resultado, que ambos terminaran agotados.
—Sara, la cena ha estado increíble, no me extraña que sea tan difícil conseguir mesa —le confiesa Eduardo.
—A veces eso se convierte en un problema ya que hay personas que no se lo toman nada bien, e incluso han llegado a amenazarme.
—¿A qué tipo de amenaza te refieres? —le pregunta Jaime.
—Bueno, entre otras cosas, algunos pretenden intimidarme usando la famosa frase: “usted no sabe con quién está hablando”; otros me advierten de que, si no les consigo mesa, hablarán directamente con mi jefe para poner una queja contra mí.
—Ah, pero es evidente de que no surten ningún efecto ya que sigues en tu puesto de trabajo —añade Román.
—Sí, pero no deja de ser una amenaza —insiste Jaime con el semblante serio—. Por cierto, me gustaría pedirte disculpas otra vez por el comportamiento de Silvia. —De pronto, de forma inexplicable, ha sentido la necesidad de decírselo.
—No quiero hablar de aquello. Esta noche está siendo perfecta, por lo tanto, es mejor que siga así. —No esperaba que le pidiera disculpas delante de todos—. Cuanto antes lo olvidemos, mejor.
—¿De qué estáis hablando?, ¿qué ha dicho esta vez? —indaga Carmen desconcertada.
—Nada que merezca la pena recordar —insiste Sara muy seria.
—No entiendo qué mosca le ha picado, nunca se había mostrado tan desagradable —admite Eduardo.
—Esa mujer es bastante borde —se queja Román con mala cara—, ya nos contó Jaime el incidente.
—¿Se puede saber de qué habláis? —pregunta Carmen a unos y otros esperando respuestas.
—¡Ah! —exclama Sara poniendo los ojos en blanco—, es algo que ya pasó y me molesta comentarlo, porque sé perfectamente, que voy a discutir con tu hermano.
—Por favor, no nos dejes así a Eduardo y a mí, pues somos los únicos en esta mesa que no sabemos la historia.
—Entonces, os haré un rápido resumen.
—No, el resumen lo voy a hacer yo —interviene Jaime molesto—. Silvia y sus amigas vinieron a pasar un fin de semana aquí, hubo un malentendido con un masajista y no se le ocurrió nada mejor que interponer una demanda al hotel.
—Denuncia falsa —interrumpe Sara.
—No era falsa, era más bien cuestionable —agrega en tono irritado.
—Sí, era falsa de principio a fin, y lo sabes perfectamente —gruñe cabreada—, pero no vamos a entrar en más detalles, ya que al final se llegó a un acuerdo, a pesar de que a mí me habría gustado darle a Silvia algún escarmiento por ser tan mala persona —concluye mirando a Jaime—.
¿Qué te parece si hablamos de cosas más interesantes?
—Sí, creo que será lo mejor. —No quería reconocer que había cometido un terrible error y no había actuado como un buen abogado. Antes de emitir cualquier opinión, debería de haber escuchado todas las partes cómo era su obligación.
—Si os parece bien, vamos a tomar una copa en el salón. Hoy hay música en directo y son muy buenos —decide rebajar la tensión cuanto antes.
—Me encanta la idea —comenta Yuri levantándose mientras señala a su marido—, pero no quiero que me saques a bailar.
—Querida —dice mirándola con cariño—, sabes que no puedo resistirme a una buena melodía sin que te haga volar por la pista de baile.