La esencia del bambú Capítulo 9
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Capítulo 9

El jueves por la mañana, Sara se encuentra en su despacho repasando la agenda del día, quiere terminar antes de las dos de la tarde para irse a comer con sus amigas.

—Sara, aquí hay alguien que quiere verla —le dice la jefa de recepción por teléfono.

—Ahora no tengo ninguna cita prevista.

—Es un familiar suyo.

—¿Quién es? —pregunta con cautela.

—Me ha dicho que se va a llevar una grata sorpresa cuando lo vea.

—Hazle pasar. —Sara piensa que puede tratarse de su hermano, ya que de vez en cuando viene a visitarla, aunque le parece muy raro que no se lo dijera la última vez que hablaron. Rápidamente abre la puerta con una radiante sonrisa, pero esta, apenas le dura un segundo.

—¿Se puede saber qué haces aquí?  —suelta intentando contener las ganas de cerrársela en las narices—. No tenemos nada de qué hablar.

—Siento tener que contradecirte —responde Jaime mirándola fijamente— Me dijiste que solamente íbamos a hablar de temas relacionados con nuestros hijos. De modo que, eso es lo que he venido a hacer.

Mientras habla con ella se ha fijado en lo roja que tiene la cara debido al enfado, pero, aun así, le sigue llamando la atención la gran cantidad de pecas que salpican toda su cara.

Tampoco ha podido evitar fijarse en la forma que va vestida.

La falda de tubo color azul marino con la camisa azul claro y el pelo recogido, le dan un aspecto muy profesional.

—Supongo que ya te has enterado de que no piensan venir estas Navidades —afirma en tono neutro—. Déjame entrar y hablamos como personas civilizadas, aquí en la puerta parezco un vendedor de seguros. —Ella se lo piensa un instante y se hace a un lado para dejarlo pasar.

—Diez minutos, ni uno más.

—¿Por qué no me dijiste que no pensaban venir?, era un tema importante sobre nuestros hijos y tú no me llamaste.

—En realidad, creía que te lo habían contado al mismo tiempo que a mí. Si no quieren venir, no creo que sea buena idea obligarlos.

—No he venido para eso. —Ella lo mira con renovado interés apoyada en el canto de su mesa con los brazos cruzados—.

Además de decirme que no venían, también trató de convencerme de una idea descabellada que se le ha ocurrido.

Me ha pedido, bueno, más bien me ha rogado, que vayamos tú y yo a Manhattan para darle una sorpresa a tu hijo por su cumpleaños y así, celebrar las Navidades anticipadas con ellos.

Si en ese momento hubiera estallado una bomba, Sara no se habría movido ni un milímetro. Estaba tan sorprendida por lo que acababa de escuchar, que no se ha atrevido ni siquiera a respirar.

—No te voy a pedir que me lo repitas porque te he escuchado muy bien y he entendido perfectamente lo que has dicho —le dice mientras trata de procesar lo que acaba de escuchar.

—Gracias por el detalle.

—Sería una bonita sorpresa, no te lo voy a negar, pero entiendo que irnos juntos tú y yo, como bien has dicho, me parece una idea descabellada —admite pasándose la mano por el cabello.

—Yo he tomado una decisión firme. —De pronto, su consuegro ha decidido ir.

—Pues yo no —admite mordiéndose el labio—. Esta noche te llamo y te digo algo. Déjame que lo piense, porque ahora me parece una idea absurda.

—Mi hija tiene muchísima ilusión, y tu hijo se pondrá muy contento si nos ve allí —agrega saliendo por la puerta, luego se gira y la mira por última vez—.

Esta noche me llamas, y me cuentas lo que piensas hacer, pero sé que te vas a arrepentir si decides no ir.

Pienso que embarcarnos en esa idea absurda va a ser gratificante.

Hace tiempo, se prometió a sí mismo, hacer feliz a su hija para compensarle por lo mal que se portó con ella cuando más lo necesitaba. Por esa razón, tenía claro que, si ella le pedía la luna, no dudaría en traérsela a sus pies.

—Sara, ¿te encuentras bien? —le pregunta su amiga preocupada.

—Eh, sí, claro. Perdona, tengo la cabeza en otra parte —se sincera mirando a Sindy.

—¿Vas a contarnos lo qué te pasa? —le insiste otra vez

—Tengo un conflicto interior y no sé cómo resolverlo.

—A lo mejor si nos lo cuentas, te podemos ayudar —interviene Rocío.

—Es una cuestión muy delicada. Por una parte, pienso que sí, y por la otra, pienso que no.

—Chica, parece una copla de la “Piquer”—bromea Rocío—. Cuéntanos lo que te está rondando por la cabeza.

—Seguramente, no me vais a dar la razón cuando os diga que no me parece buena idea, pero de todas formas os lo voy a contar —comenta nerviosa soltando el aire de golpe—.

Blanca y Alberto no van a venir en Navidad, y la idea de ella, es que nos presentemos, su padre y yo, el día del cumpleaños de Alberto para darle una sorpresa y, ya de paso, aprovechando que estamos allí, celebrar las Navidades de forma anticipada.

—¿Y dónde está el problema? —pregunta Sindy sorprendida.

—Eso mismo digo yo. Deja de pensar en el trabajo y vete con tu hijo, que la vida son dos días —añade Rocío con convicción.

—No me habéis entendido. —Las dos amigas la miran con interés—. No iría sola, la idea es que vayamos Jaime y yo.

—¡Madre del amor hermoso, San Ciriaco y Santa Paula!, me da igual si son todos juntos o de uno en uno —va diciendo Rocío mientras se va santiguando—. ¿¡Ese es el problema!?

—Sara, corroboro todo lo que ha dicho ella, a excepción de todos esos santos. ¿Cuál es el inconveniente?

—No me vais a negar, que viajar con ese hombre va a ser horrible. —Ambas amigas la miran como si le hubieran salido dos cabezas—. Sin duda, me resultaría más cómodo ir yo sola.

—¿Te estás escuchando? Por Dios, ni que fuera un monstruo —grita Rocío restándole importancia con una mano—. Ser rencorosa resulta agotador, y tú ya tienes bastante trabajo dirigiendo ese hotel.

—No eres consciente de lo desagradables que han sido nuestros encuentros. Ese hombre saca lo peor de mí.

—No será para tanto —insinúa la otra amiga riendo al verla tan apurada.

—Sindy, es para eso y más.

—Creía que después de ir juntos a un concierto de Pablo Milanés, las cosas entre vosotros se habían suavizado —bromea mirándola significativamente.

—¿¡Qué!? —exclama Sara dando un respingo.

—¿¡Cómo!? —contesta Rocío sorprendida.

—Me encanta la cara que habéis puesto las dos: tú —señala mirando a Sara—, por creer que no me iba a enterar: y tú —ahora mirando a Rocío— por no estar enterada. —Estalla riendo a carcajadas—. Voy a pedir una botella de cava para celebrar que nuestra amiga se va a Estados Unidos.

Por la noche llega a su casa y a pesar de sentirse algo cansada, ha decidido salir a correr un rato por la playa.

Mientras escucha la música de David Arkenstone, no ha podido resistir la tentación de ponerse a pensar en la odisea que tenía por delante junto con un hombre al cual no soportaba más de cinco minutos seguidos.

Nada tenían que ver con los increíbles viajes que había hecho con su marido a lo largo de su matrimonio.

«¿Por qué tuvo que morir de esa forma tan horrible?

», reflexiona   mientras avanza a paso rápido.

Él siempre le decía que su trabajo era de riesgo, sin embargo, era su vocación, lo que siempre deseó ser desde que era muy pequeño.

Ella jamás se permitió plantearse que podía ocurrirle algo, puesto que no quería vivir llena de temor.

Por esa razón, cada vez que él tenía que irse unos días fuera por motivos de trabajo, ella buscaba la manera de pasar una noche con él, aunque tuviera que viajar varias horas.

Eran recuerdos tan bonitos, que el hecho de pensar en ellos, todavía le causaban un profundo dolor.

Después de darse una ducha, se prepara la cena, y tras darle mil vueltas, decide llamar a Jaime para dejar resuelto el tema del viaje cuanto antes.

—Hola, creía que ya no me ibas a llamar.

—Si piensas eso de mí, es que no me conoces lo suficiente. Si digo algo, lo cumplo.

—Dime, ¿tienes claro lo que vas a hacer?

—Sí, he decidido que voy a darle esa sorpresa a mi hijo —afirma con voz firme.

—Querrás decir que vamos a dársela los dos. No pensarás que vas a ir tú sola —le responde en tono amable.

—No voy a ir sola, desgraciadamente —dice entre dientes.

—Fingiré no haberte escuchado. Bueno, dime qué día tienes libre y así quedamos para reservar los vuelos. —A ella ese comentario le ha puesto los pelos de punta.

—De acuerdo, te llamaré lo antes posible.

Corta la llamada sin esperar respuesta, y sin entender bien el motivo, se pone a recordar los años tan felices que vivió junto a su primer y único amor, y torturándose un poquito más, no ha podido resistir la tentación de rememorar el día que lo volvió a ver.

Aún no había terminado la carrera de Empresariales y ya tenía decidido que quería hacer un máster en Dirección hotelera.

Su padre era amigo del director del hotel Reconquista de Oviedo, y ambos acordaron que hiciera allí sus prácticas.

Por respeto a la confianza que habían depositado en ella, se esforzó al máximo para demostrar su valía.

Una mañana de octubre, estaba revisando con su jefe la agenda del día, ya que faltaba poco para la celebración de la entrega de premios que allí se realizaba desde hacía diez años.

—Sara, quiero que estés atenta, hoy la gente está muy nerviosa y necesito a alguien que muestre serenidad y coordinación, por lo tanto, no quiero ni un solo fallo —le dijo en tono severo—.

Aquí tienes las órdenes del día para que las distribuyas, espero que no haya dudas.

De ser así, quiero que te lo pregunten inmediatamente.

—De acuerdo, don César, voy a ponerme con ello inmediatamente —confirmó aceptando las hojas sin que se notase que le temblaban las manos. Ella también estaba muy nerviosa, si bien, debía mostrar todo lo contrario.

—Yo voy a hablar con los agentes que se van a encargar de la seguridad, veo que ya están aquí.

Sara hizo un giro tan rápido para empezar a repartir las tareas del día, que no reparó en la persona que estaba justo detrás de ella.

—Huy, perdón —se disculpó cuando chocó contra un muro humano, haciendo que las hojas que llevaba en la mano salieran por los aires como hojas secas en otoño—, no le había visto.