La esencia del bambú Capítulo 8 #2
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Capítulo 8 #2

—Pues cómo te iba diciendo, Carlota y yo nos quedamos en el saloncito escuchando una música bastante aburrida y tomando esa repugnante infusión —narra poniendo cara de asco—. A los quince minutos, Silvia salió horrorizada envuelta en una toalla.

—Un momento —la interrumpe Jaime—. ¿Por qué no la esperasteis en la cafetería tomando un buen gin-tonic ?

—Sinceramente, nosotras también lo pensamos, pero Silvia se empeñó en que la esperásemos allí.

—Sí, acabo de recordar que me lo comentó ayer. —No le había dicho ni una palabra de eso la muy zorra—. ¿Qué ocurrió después?

—El masajista vino tras ella con la cara desencajada y sin la camiseta puesta. Después nos dimos cuenta de que Silvia la llevaba en la mano, y te puedo asegurar que el olor a whisky era muy fuerte. La verdad es que ella estaba muy nerviosa, pobrecita.

—Sí, pobrecita. Pero me gustaría saber en qué momento el acusado la insultó. — Ella lo mira desconcertada—. Perdón, quería decir el masajista.

—Ah, pues no lo recuerdo —titubea incorporándose de golpe—.

Escúchame bien, Jaime, como ya te he dicho antes, no creo que pueda aportar nada nuevo.

Silvia es la única que sabe de primera mano todo lo que ocurrió.

Además, no me he dado cuenta de lo tarde que se ha hecho, y tengo cita en la peluquería.

—Almudena, quiero que entiendas que, en el juicio, el abogado de la otra parte te va a poner las cosas muy difíciles, y si mientes, vas a tener que dar muchas explicaciones.

—¡Yo no miento! Ese chico intentó aprovecharse de Silvia, lo juro. Te he contado lo que yo vi.

—Voy a hacerte una pregunta y espero que pienses bien la respuesta —remarca hablándole muy despacio—. ¿Estás completamente segura de que la historia que me estás contando es totalmente cierta?

—Silvia salió de la sala de masaje horrorizada y él iba medio desnudo. Así que estoy completamente segura de lo que vi —contesta alterada.

—Ahora me lo vas a repetir mirándome a los ojos, y si sospecho que mientes, Carlos no va a trabajar jamás para mí, ni para ningún bufete de Madrid, porque pienso encargarme personalmente de que así sea.

—No miento —aclara con la voz estrangulada—. Es cierto todo lo que te he dicho.

—¿Por qué no me miras? Tu teoría no se va a sostener. Es evidente que escondes algo y eso te va a traer consecuencias nefastas. Entorpecer el curso de una investigación es delito —esto último se lo dice acercándose a ella.

—No puedo contarte otra cosa, lo siento —añade derrumbándose por momentos.

—Sí que puedes, y ahora mismo lo vas a hacer. Almudena, hay un chico inocente implicado y no voy a permitir que le arruinéis la vida.

—Si te cuento la verdad, Silvia me va a hundir —susurra con los ojos llenos de lágrimas.

—Si confiesas ahora, Silvia no va a hacer tal cosa, tienes mi palabra de que así será.

Cuando salía de aquella casa, los dientes aún le rechinaban. «Silvia es una completa descerebrada, ¿en qué cojones estaba pensando para montar ese circo? ¿cómo ha podido ser tan estúpida», se preguntaba una y otra vez.

En primer lugar, tenía que encontrar la forma de frenar semejante despropósito. En segundo lugar, debía disculparse con Sara.

Ella, por su parte, cada día estaba más nerviosa.

Sabino le había dicho que no se preocupara.

Aunque de momento, Jorge estaba sancionado de empleo y sueldo hasta nueva orden y esa situación a ella le parecía injusta.

Por no mencionar que, además, cabía la posibilidad de que la prensa se hiciera eco de la noticia, y por esa razón quedara en entredicho el buen nombre del hotel y, seguramente su puesto de directora también.

Por si no tuviera ya suficientes cosas en las que pensar, esa misma mañana le había llamado Álvaro para ultimar los detalles de la próxima exposición. A pesar de la negativa inicial de ella, al final no había tenido más remedio que aceptar cenar con él.

—Buenos días —saluda a sus amigas cuando llega al gimnasio—. Tengo ganas de quemar toda la energía negativa que llevo dentro.

—Pues ya somos dos, porque yo también vengo quemada, y no es precisamente del sol. Mi ex se ha llevado a su novia de viaje romántico a París.

—Vaya, eso sí que tiene que escocer —contesta Sindy torciendo la boca.

—El muy idiota, pensaba que no me iba a enterar. Les dijo a mis “mellis” , que no me contaran nada, en cambio, a ellos les ha faltado tiempo para decírmelo.

—Pues no se hable más, vamos a hacer un poco de ejercicio y después nos vamos a tomar una botella del mejor cava para mojar nuestras penas —comenta Sara—, porque llevo unos días bastante malos.

—Me parece una idea estupenda. Por cierto, me llamó anoche Álvaro para invitarme a cenar con vosotros el viernes. Me extrañó que lo hiciera él y no tú —había tono de crítica en su voz—, creía que eras mi amiga.

—Es una cena de trabajo, por eso no te había dicho nada, pero me encanta que nos acompañes.

—Chicas, estoy aquí —grita Rocío alzando las manos—. ¿A mí nadie me invita?

—Parece que seremos cuatro a cenar —dice Sara y acaban riendo las tres.

Sara está dolida por el hecho de saber que estas Navidades Alberto y Blanca no van a venir, ya que han decidido quedarse en Estados Unidos en el rancho de unos compañeros de la universidad.

Cuando su hijo la llamó para decírselo, ella montó en cólera porque esa noticia fue la gota que colmó el vaso.

—Silvia, me gustaría hablar contigo. —Habían pasado unos días, y Jaime ya tenía todas las respuestas.

—Ahora no puedo, estoy a punto de irme al juzgado —contesta mirando el reloj—. Si te parece, quedamos para comer y hablamos tranquilamente.

—No, mejor hablamos ahora —asevera en tono cortante—. Creo que no te voy a entretener mucho tiempo.

—De acuerdo, pero lo de comer juntos sigue en pie —repite entrando a su despacho.

Jaime no pensaba comer con ella, pero ha preferido no sacarla de su error.

—¿Qué es eso tan importante que no puede esperar?