Capítulo 8
Dos horas más tarde, Sara está que echa fuego por los ojos.
Todavía no encuentra la manera de digerir toda la historia; el pobre Jorge estaba metido en un lío, o más bien le habían tendido una trampa en la cual, él había caído sin darse cuenta.
La primera decisión que ha tomado ha sido ponerse en contacto con el equipo de abogados, con Sabino al frente, para ponerlo al corriente y buscar la manera de solucionarlo.
Sabe que es una tarea muy difícil, ya que la impresentable que había denunciado es una abogada de Madrid.
Más concretamente la socia de Jaime Montenegro.
—Sara, déjame que intente llegar a un acuerdo con la demandante.
—Sabino, se perfectamente que no vas a conseguir nada. Esas zorras solo quieren hacerme daño a mí, y se han valido del pobre chico para hacerlo.
—De todas formas, déjame que hable con ella para ver si hay alguna forma de frenar esto. Voy a ponerme en contacto con su bufete inmediatamente para ver si hay algo que podamos hacer.
—De acuerdo, pero ya te adelanto que no va a ser fácil. Tengo miedo de que esto repercuta negativamente en el hotel y haya consecuencias aún más desagradables.
—Hemos lidiado con asuntos peores —añade tratando de tranquilizarla— Acuérdate de aquel grupo de rock que destrozaron seis habitaciones y trataron de echar la culpa a un ataque alienígena.
—No me lo recuerdes.
Por la tarde, decide hacer una llamada. Sabe de antemano que se va a arrepentir, pese a ello, marca el número de teléfono sin darle más vueltas.
—Hola, Sara. ¡Qué sorpresa!, ¿ocurre algo? —ironiza Jaime bastante sorprendido.
—¿Tan poco trabajo tenéis que os dedicáis a interponer denuncias falsas sin ningún pudor ? —Su tono es bastante duro.
—No sé qué tratas de decirme —le contesta desconcertado.
—Hemos recibido en el hotel una denuncia de tu bufete, y pondría la mano en el fuego a que son falsas las acusaciones, contra una de las personas que trabajan aquí.
—Cuéntame algo más para ver si…
—No —lo corta—, mejor se lo preguntas a la demandante.
—Sigo sin entender a qué te refieres.
—Habla con tu socia, ella te explicará el motivo de su denuncia.
Jaime acaba de quedarse clavado en el sitio después de escuchar a Sara.
—Déjame que hable con ella, a ver si me entero de lo que está pasando. Luego te llamo.
—Silvia, ¿puedes venir a mi despacho un momento? —le dice por la línea interna.
—Dame diez minutos, y de paso, nos tomamos un buen café, que me hace mucha falta.
Cuando la ve entrar con esa sonrisa inocente, sabe perfectamente, que se imagina el motivo de su llamada.
—¿Ocurre algo? —Sonríe mientras él le tiende una taza de café.
—No sabía que habías estado en Málaga este fin de semana.
—Ah, sí. Nos fuimos Carlota, Almudena y yo a relajarnos un poco —afirma mientras se sienta muy despacio.
—No me habías contado que tuvisteis un incidente.
—Bueno, no quería molestarte con esas cosas. ¿Cómo te has enterado?
—Eso es lo de menos.
—No te preocupes, es un caso fácil de ganar, tengo todas las pruebas a mi favor.
—Silvia, te conozco demasiado bien, y debo decirte, antes de nada, que las casualidades no existen. Por lo tanto, cuéntame qué ha pasado, y quiero que te ciñas a la verdad.
—Estuvimos en ese hotel, y el masajista se propasó conmigo —comenta muy cabreada—. Y no se te ocurra poner en duda mi honestidad.
—Deja los dramas para el estrado. No creo que, “casualmente”—señala enfatizando esa palabra—, en el hotel donde trabaja Sara; un hotel que, por cierto, es de los mejores, hayas tenido un problema tan grave como ese.
—Pues tengo la chaqueta de su uniforme llena de whisky, y también hay fotos que lo corroboran.
Que no te quepa la menor duda de que soy una mujer agraviada.
Además, nunca pondría a nuestro bufete en un aprieto haciendo una acusación falsa.
¿Por quién me tomas? Por Dios, Jaime, me estás ofendiendo.
Ahora te pasaré las pruebas para que las veas con tus propios ojos —alega mientras se levanta.
—De acuerdo, espero no arrepentirme de haber confiado en ti.
Por la noche decide llamar a Sara. Al estar en su casa, se asegura de que nadie le va a interrumpir.
—Hola, buenas noches —dice él soltando un suspiro—. Me temo que la respuesta no te va a gustar.
—¿Y eso qué significa? —le pregunta ella en tono seco.
—Mira, he estado repasando las pruebas y son muy claras. Silvia no habría puesto una denuncia de no ser cierta, somos un bufete muy serio como para que ella se juegue nuestro prestigio.
—Te creía más inteligente. De modo que, una de dos: o eres cómplice, o eres tonto de remate.
—Oye, no te consiento que me insultes —gruñe apretando los dientes.
—No te insulto. Solamente digo, que esa historia es más falsa que los labios de tu socia, y si tú no lo quieres ver así, es evidente que no eres tan buen abogado como dicen, y ambos estáis conchabados.
Qué ingenua he sido, creía que eras un hombre honesto, en cambio, acabo de comprobar que estaba equivocada.
—No trates de darme lecciones de honradez, habiendo tenido un marido como el tuyo. —Justo al acabar de decirlo se ha arrepentido, y tras unos segundos muy tensos, ella ha roto el silencio.
—Creo que ya hemos hablado demasiado —le responde en tono de voz cortante—. ¡Jamás vuelvas a dirigirme la palabra! De ahora en adelante, tú y yo no tenemos nada que decirnos, a no ser que se trate de un tema importante sobre nuestros hijos. —Cuelga el teléfono sin esperar respuesta.
Jaime se pasa las manos por la cara sin saber muy bien cómo lidiar con esa situación. Se va a dormir con la esperanza de que su hija no se entere, porque si no, la relación de ambos se pondría demasiado tensa.
Silvia se muestra bastante resuelta a llegar hasta el final. Había un acuerdo tácito entre los tres abogados desde el principio, y era el de votar entre ellos cualquier desavenencia. Por lo tanto, él no iba a oponerse, ya que estaba claro de que Alfredo, no iba a ir en contra de su mujer.
A la mañana siguiente ha cambiado de opinión. Después de pasar toda la noche dando vueltas en la cama, ha decidido que lo mejor es empezar hablando con la más débil del grupo, y esa, sin ninguna duda es Almudena; la novia de su amigo Carlos.
Tiene que urdir un plan sin que se note que actúa a espaldas de su socia para que hable con total tranquilidad. Por esa razón, ha forzado un encuentro casual y se ha dejado “caer” por la casa de ellos a primera hora de la mañana, es decir: cuando sabe de antemano que Carlos ya se ha ido a trabajar.
—Hola, Jaime, ¡qué sorpresa! ¿Qué te trae por aquí tan temprano?
—Vengo a ver si Carlos me invita a un café, y de paso, hablar de un trabajo que tengo para él.
—Ah, cuánto lo siento, acaba de salir. Si quieres lo llamo, no creo que esté muy lejos.
Almudena es una chica rubia con el pelo muy largo, delgada, ojos marrones y sonrisa tímida. Tiene veintisiete años, treinta y cuatro menos que Carlos.
—No pasa nada, después hablo con él. Lástima que el café que tanto me apetece, no me lo pueda tomar.
—Pasa y te lo tomas conmigo. Ahora iba a desayunar —comenta apartándose para que él entre.
—Me parece estupendo, gracias.
—¿Qué tal está Carmen?, hace mucho tiempo que no sé nada de ella.
—La verdad es que yo tampoco la veo mucho últimamente, habrá que poner remedio a eso.
Esta noche la llamo y quedamos para cenar todos juntos el sábado.
Por cierto, ya me ha contado Silvia el incidente del fin de semana en Málaga —se lamenta poniendo cara de preocupación—.
Me parece increíble, que un hotel de esa categoría tenga contratada a gente tan irresponsable.
Sería interesante que me contaras tu versión de los hechos.
—Silvia ya te habrá puesto al corriente. No creo que yo te aporte nada nuevo —le dice mientras prepara el café apresuradamente.
—Sí, incluso me ha mostrado las pruebas, sin embargo, no estaría demás que me lo contaras desde tu perspectiva, más que nada, por si hay algún detalle que a ella se le pasara por alto.
Por favor, es importante tenerlo todo bien atado para que el equipo de abogados de ese hotel no encuentre ningún resquicio por donde atacar. Me consta que son muy buenos.
—Aquello fue tan bochornoso que no quiero revivirlo otra vez, compréndeme —manifiesta de forma dramática.
—En fin, supongo que tienes razón. No obstante, sería una lástima que el día del juicio te interrogaran y no supieras responder correctamente.
—Ah, si es por eso no te preocupes —asegura restándole importancia con la mano—, Silvia nos dio su palabra de que nosotras, ni siquiera tendremos que presentarnos en el juzgado.
—Eso no es cierto, ya que según establece el artículo cuatrocientos diez del Código Penal, tienes la obligación de concurrir al llamamiento judicial para declarar en todo aquello que sepas sobre el caso.
Por lo tanto, es mejor que estes preparada —le va diciendo en tono elocuente—.
Piensa, que ella tiene experiencia, en cambio, tú y Carlota estáis en desventaja.
—No me había parado a pensar en eso —medita algo nerviosa—. ¿Y qué debo hacer?
—Para empezar, me vas a relatar lo que ocurrió aquella mañana de la manera más rigurosa y precisa que puedas. Estoy seguro de que recuerdas más cosas de las que imaginas. De ese modo, todo resultará más sencillo.
—Si es así, voy a ser todo lo precisa que pueda —acepta inspirando ruidosamente—.
Verás, esa mañana nos fuimos a la sala de masaje, y una vez allí, la chica que atendía en el mostrador nos dio unas infusiones y nos acompañó a un saloncito.
Tiempo después, llegó el masajista y al vernos a las tres, nos explicó que tenía la agenda completa.
Silvia le dijo que, la única que tenía cita para darse el masaje era ella, así que él le pidió que lo acompañara.
—Jaime la escuchaba y se daba cuenta de que estaba relatando un guion muy ensayado, pero no se lo dijo.
—Continúa, por favor —la animó—, lo estás haciendo muy bien.