Capítulo 7 #3
Sara pasa la semana trabajando sin descanso.
Ha preferido no decirles a sus amigas que había ido de concierto, y mucho menos con quién.
Tras pasar los días muy ocupada, el viernes por la noche, se dispone a salir a correr un rato por la playa, pero antes quiere llamar a sus padres para decirles que irá a verlos el próximo fin de semana, y así celebrar juntos su cumpleaños.
Ahora que Alberto está tan lejos, le apetece pasar ese día con ellos y con su hermano.
Mientras va corriendo por la playa con la música como única compañera, se ha vuelto a torturar pensando en el concierto de la semana anterior.
Por más que intenta no darle demasiada importancia, no puede evitar recordarlo como un acontecimiento muy especial.
Con esas mismas palabras se lo describió a su hijo y a Blanca, cuando la llamaron para preguntarle si le había gustado el concierto.
—Hola, feliz cumpleaños.
—¡Gracias! —le responde a Antonio muy sorprendida a primera hora de la mañana—. ¡Qué madrugador, has sido el primero en felicitarme!
—Quería llamarte ahora, así no te molesto en horas de trabajo.
—Antonio, tú nunca molestas, pero gracias por el detalle. Esta tarde me voy a casa de mis padres a pasar el fin de semana para estar con ellos.
—Me alegro por ti, imagino que echarás mucho de menos a Alberto.
—Sí, me hubiera gustado celebrarlo también con él. —Y, por supuesto, con su marido, pero eso no lo iba a decir en voz alta.
—Mi madre te ha comprado un regalo, ya sabes cómo es. La semana que viene, cuando tengas un rato, pasas a recogerlo.
—Claro, aunque no tenía que haberse molestado.
—No es molestia, y lo sabes.
—De acuerdo, dile que la próxima semana iré.
A medida que pasan los meses, intenta seguir adelante porque cada día es más consciente de que el pasado ya no se puede cambiar, por lo tanto, el presente es lo que importa.
—Mamá, ¡feliz cumpleaños! —gritan al otro lado del teléfono, Blanca y Alberto.
—Gracias, qué alegría me da escucharos —indica intentando que no se le note la emoción—. Estoy a punto de soplar las velas. Creía que os habíais olvidado.
—El abuelo nos acaba de llamar, es que nos hacía ilusión felicitarte justo en el momento de que pidieras un deseo —contesta riendo— ¿Verdad que se ha cumplido?
—Sí! –afirma entusiasmada–. Además, ya tengo ganas de que llegue Navidad para estar todos juntos.
—Eh, bueno, ya hablaremos otro día de eso. Ahora te tenemos que dejar porque nos están esperando.
Cuando terminan de cenar, Sara ha decidido dar un paseo para quemar toda la comida que sus padres le han obligado a ingerir. Es casi medianoche cuando su teléfono empieza a sonar y no tiene ni idea de quién puede ser.
—Sí, ¿quién es?
—Creía que habías guardado mi número en la agenda del teléfono.
—Hola, Jaime. Quizá un día de estos lo haga, así decidiré si contesto o no a tus llamadas.
—No hagas que me arrepienta de haberte llamado para felicitarte —dice conteniendo la risa.
—Entonces, te ruego que olvides lo que acabo de decir —responde tras unos segundos en silencio—. Muchas gracias.
—Bueno, te dejo para que sigas disfrutando con tu familia. Ya me ha contado Blanca que estás en Gijón.
—Sí, mañana vuelvo a Málaga —no entendía por qué ha sentido la necesidad de darle esa información, pero ya era tarde para arrepentirse.
—En ese caso, aprovecha las horas que te quedan junto a ellos.
—Gracias.
—De nada. —De pronto decide hacerla rabiar—. En el poco tiempo que llevamos hablando ya me has dado las gracias dos veces, y, además, ha sido todo un récord hablar contigo dos frases seguidas sin discutir, así que, para no romper este récord, voy a colgar. Adiós.
Sara se ha quedado un momento mirando el teléfono apretando los labios. Ha resistido la tentación de llamarlo para decirle cuatro cosas, pero se lo ha pensado mejor y se ha guardado el teléfono. Eso sí, antes ha añadido el número a su agenda con una media sonrisa.
—Sara, necesito hablar contigo urgentemente.
—Pasa y siéntate —le dice al subdirector del hotel—. ¿Qué ocurre, Luis?
—El sábado, una clienta pidió las hojas de reclamaciones. Intenté aclarar lo sucedido para solucionarlo, pero no ha sido posible. Me ha asegurado, que también va a interponer una demanda —le comenta bastante nervioso.
«Quizá al ser la primera vez que se ve en una situación así, se ha asustado más de la cuenta», piensa Sara al verlo tan nervioso. Luis es un joven de treinta años, muy alto, moreno y bien parecido.
—Explícame detalladamente qué pasó el sábado —le pide en tono tranquilo.
—Eran tres señoras, pero solo una de ellas tenía cita para darse un masaje, por lo visto, hubo un incidente y pidió hablar con el director, pues estaba bastante indignada.
Según la versión de las tres amigas, Jorge, el fisio, se propasó con una de ellas.
—Sara no decía nada para que él continuara—.
Intenté por todos los medios llegar a un acuerdo, pero la mujer agraviada estaba como loca —le cuenta pasándose la mano por la frente—, no hubo manera de convencerla para que solucionáramos el problema de la mejor forma.
—Me estás contando algo surrealista, conozco a Jorge lo suficiente y sé perfectamente que es un chico bastante serio en su trabajo. Dile que venga porque necesito escuchar su versión, y de camino, llamaré a Sabino para ver cómo hemos de proceder.