La esencia del bambú Capítulo 6 #2
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Capítulo 6 #2

—Sí, desde luego ha sido una casualidad —contesta sin dejar de mirar a Silvia, la cual tiene una mirada perversa.

—Creo que ha…

—¡No! —interrumpe al maître para que no diga nada, pues quería saber qué estaba tramando esa zorra—. La verdad es que no esperaba coincidir con vosotros en el mismo sitio para comer.

—El mundo es un pañuelo, ¿verdad? —interviene Silvia con cara de inocente—. Nosotros estamos aquí celebrando el cumpleaños de Rosa, la amiga de Jaime.

—Bueno, creía que era amiga de todos vosotros —aclara riendo la aludida su propia gracia.

Jaime no ha hecho ningún comentario aparte del saludo inicial, porque no le cabe ninguna duda de que las casualidades no existen. Sabe que hay algo que no cuadra, pero ha optado por fingir que no se ha dado cuenta.

Sara por su parte, hacía más de cinco años que dejó de creer en Dios, sin embargo, al levantar la vista y ver en otra mesa a un conocido, ha decidido empezar a perdonarlo.

—Felicidades, Rosa, deseo que pases un bonito día junto a tus amigos. No quiero seguir interrumpiendo esta agradable velada. Os dejo —dice señalando al fondo—, me están esperando.

—Hola, Álvaro, ¡cuánto tiempo sin verte! —lo saluda acercándose a su mesa con una radiante sonrisa.

—Sí, demasiado diría yo —contesta levantándose y dándole un cariñoso abrazo—. Cada día estás más guapa, “bruja” .

—¿Esperas a alguien? —pregunta, mirándolo expectante.

— Sí… a ti. —Sonríe apartándole una silla para que se siente—. Voy a pedir que te pongan un cubierto.

Álvaro es un pintor que expone sus magníficos cuadros en el hotel de vez en cuando. Tiene cuarenta y cinco años, es moreno con el pelo largo hasta los hombros, viste camisa de seda blanca y pantalones del mismo color con sandalias color tierra. Sin duda es un hombre muy apuesto.

—Había quedado aquí con alguien, pero por lo visto me he equivocado de día —miente sonriendo por la suerte que ha tenido en encontrarlo a él.

—No me lo creo —se burla mientras la mira fijamente con esos ojos negros que saben captar todos los matices.

—Vale, como me has salvado la vida, voy a contártelo todo. Aunque no sé cómo voy a compensártelo.

—Sí que lo sabes —le dice riendo a carcajadas al ver que ella se pone colorada.

—No voy a posar para ti desnuda jamás, de manera que puedes olvidarte de eso —se queja con una sonrisa en los labios.

Cuando Sara empieza a contarle el porqué está en ese restaurante, Álvaro le coge la mano por encima de la mesa para mostrarle todo su apoyo, y de paso, para que los de la mesa del fondo vean lo bien que se lo están pasando.

—¿Sigues viviendo en Londres? —le pregunta cuando empiezan a comer.

—Sí, pero en un par de meses cierro la galería y vuelvo aquí.

Llegué anoche porque mi padre tenía ganas de verme, aunque el jueves me voy otra vez.

Pintar en el Mediterráneo es lo que me gusta, los colores del otoño siempre me han parecido los mejores.

Además, también debo confesarte que echo de menos estar con mis amigos.

Londres me parece triste en invierno. El otro día se lo decía a Sindy —ella lo mira sorprendida—, la semana pasada vino un par de días.

—No lo sabía. Supongo que se le habrá olvidado decírmelo —Ese “despiste'' por parte de su amiga le ha parecido sospechoso, pero ha decidido no ahondar más en el tema.

La comida transcurre en un ambiente muy relajado. Álvaro es un hombre muy inteligente y buen conversador, por lo que ambos se encuentran muy a gusto.

En la mesa del fondo, Jaime no deja de mirar con disimulo a esa peculiar pareja, no se había parado a pensar que esa mujer pudiera estar saliendo con alguien.

Para esa comida se ha puesto un vestido ceñido de color marrón con flores blancas, de escote palabra de honor, y unas sandalias de tacón alto. La melena la lleva suelta, por eso los rizos se le mueven cada vez que ella ríe. Al abogado todos esos detalles no le pasan desapercibidos.

—Jaime, no me habías dicho que Sara tenía pareja.

—No sé mucho sobre su vida —le responde a su hermana fingiendo desinterés—. Tú te llevas muy bien con ella, así que, la próxima vez que la veas, se lo preguntas.

—Ese es Álvaro Rost. Es pintor, y además muy bueno —les comenta Rosa sin dejar de mirar a la otra mesa—. También tengo entendido que le encanta saltar de flor en flor.

—Vaya con la pueblerina, desde luego no pierde el tiempo.

—Silvia —la reprende Carmen—. No sé qué manía le has cogido, a mí me cae fenomenal.

—¡Venga ya! Ahora me vais a decir que no se le nota la prepotencia con la que nos habla —contesta la abogada en tono de desprecio.

—Yo no he notado eso que estás diciendo —comenta su marido.

—Parece mentira que no os hayáis dado cuenta, aunque está claro que los hombres, veis dos tetas y os quedáis bloqueados.

—Silvia, estás siendo injusta —la reprende Carmen—, las veces que hemos coincidido se ha mostrado muy cordial. Además, la última noche que cenamos juntos, fuiste tú la que se puso borde con ella.

—Jaime, ¿tú qué opinas? —le pregunta Silvia con mucho interés.

—Que tienes mucha razón. Esa mujer tiene dos caras. —«Y las dos llenas de pecas», pensó.