La esencia del bambú Capítulo 6
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Capítulo 6

Es jueves y toca comida con sus amigas, está dando un último vistazo a su agenda cuando le llama al móvil un número desconocido.

—¿Sí?, ¿quién es?

—Sara, soy Jaime. —Se tensa al oír su voz—. Quería preguntarte si mañana por la noche podemos quedar para hablar de algunas cosas sobre nuestros hijos.

—Mira, lo siento, pero ya le dije a Carmen que tengo mucho trabajo. Si quieres, me lo cuentas ahora.

—No son cosas que se deban hablar por teléfono.

—No entiendo por qué —le dice molesta.

—Parece que no tengas mucho interés.

—Oye, ¡eso no es verdad! —Ese hombre la saca de quicio.

—Tengo que darte unos papeles y también debo comentarte algunas cosas.

—Ah, en ese caso, nos podemos ver el sábado por la mañana. Casualmente tengo la agenda delante y dispongo de un par de horas libres a partir de las doce. Si no tienes otro compromiso.

—De acuerdo, dime dónde quedamos.

—Nos vemos aquí, en el hotel. ¿Qué te parece? Así después continúo con mi trabajo.

—Me parece bien: a la una y media nos vemos ahí, y de paso me invitas a comer mientras hablamos. —Ella iba a protestar, pero él la corta—. Imagino que tendrás que comer, ¿no? De modo que no se hable más. Nos vemos el sábado.

Se ha quedado mirando el teléfono, desconcertada porque él ha cortado la llamada sin despedirse. Ha sucedido todo tan rápido que no le ha dado tiempo a pensar una excusa.

Al llegar al restaurante no quiere comentarle nada a sus amigas para que no saquen conclusiones equivocadas.

—¿Habéis hecho ya el equipaje? —sondea pinchando enérgicamente en la ensalada.

—Sí, ya tengo todo lo que quiero llevarme —contesta Sara mirando a su amiga—. Rocío, esa ensalada tiene que estar de muerte para que te la estés comiendo con esa fe.

—Sabes de sobra que estoy a dieta —gruñe parándose de golpe.

—Sí, pero en este momento tendrías que aplicarte los consejos que nos das a los demás cuando nos dices, que: “hay que comer despacio”.

—Tienes razón —confiesa soltando el aire—, aunque no lo puedo remediar, el hambre puede conmigo.

—Bueno, chicas —dice Sindy muy sonriente—, tengo ya todo arreglado para desconectar unos días del trabajo, y a mis seis empleados odiándome toda la semana porque no los he dejado ni un minuto en paz.

Ha sido un verano muy positivo en cuanto a ventas y alquileres —asegura alzando los brazos y moviendo las caderas.

—¡Qué bien!, vamos a brindar —sugiere Sara alzando su copa—. Yo también tengo todo en orden para disfrutar unos días con vosotras.

—¡Y yo he empaquetado a mis “ mellis” con su padre! —exclama Rocío chocando su copa con las de sus amigas—. Por lo tanto, el domingo empiezan las verdaderas vacaciones.

La salida del vuelo está iluminada en la pantalla, y por esa razón, Sara está empezando a ponerse muy nerviosa. Ha descartado el consejo de su amiga, puesto que subir al avión medio achispada no le parece la decisión más sensata.

—Bueno, ya podemos embarcar tranquilamente.

—Rocío, eso de “tranquilamente” lo dirás por ti, ¿verdad?

—Por Dios, no seas miedosa y piensa en lo bien que lo vamos a pasar.

—Estos son nuestros asientos —afirma Sindy revisando su tarjeta de embarque—. Siéntate en la parte de dentro, y así, si se estrella el avión, puedes ver por la ventanilla como descendemos.

—Acabas de dejar de ser mi amiga. Eres un poco cabrona —señala apretando los labios.

—Retira ahora mismo eso que has dicho, o de lo contrario, no pienso cogerte de la mano —se queja su amiga fingiendo estar humillada.

—Retiro todo lo que quieras, pero no se te ocurra negarme tu mano.

Sara trata de distraerse mientras el avión va a despegar y lo primero que le viene a la mente es la comida que había compartido con Jaime el día anterior. Había decidido no comentar nada a sus amigas por el mismo motivo de siempre.

Jaime le entregó algunos papeles para que se los guardara a su hijo y también le dio una lista detallada de las cosas que Alberto quería que le enviara más adelante. La comida estuvo cargada de tensión por parte de ambos, a pesar de mostrarse los dos muy correctos.

A media mañana han llegado al hotel muy contentas, parecen tres adolescentes en su primer viaje sin sus padres. No es la primera vez que viajan juntas, pero sí que es la primera que salen de España.

—Hola, Sara, me alegro muchísimo de verte —le dice un hombre con acento inglés, alto moreno y bien parecido.

—Hola, Aidan —lo saluda, dándole dos besos—. Te dije que vendría y he cumplido mi promesa. Quiero que conozcas a mis dos amigas, Sindy y Rocío.

—Encantado de conoceros, veo que Sara se rodea de mujeres muy guapas.

—Gracias, Sara también tiene amigos muy guapos —admite Sindy con una mirada muy seductora–, además de aduladores.

—Y ella es Rocío.

—Hola, guapo —lo saluda mientras le da dos besos.

—Vamos, ahora os acompañarán a vuestra habitación, y en una hora nos veremos y tomaremos algo mientras nos ponemos al día. ¿Os parece bien?

—Sí —contestan las tres a la vez.

El hotel es bastante lujoso. Sara se encargó de hablar con su colega de Dublín, el cual es un enamorado de Málaga, y siempre que tiene ocasión de visitar la ciudad se aloja en el Torre Nazarí.

Después de pasar una velada muy divertida con Aidan, deciden irse a dar una vuelta por la ciudad con un plano bastante detallado de los mejores lugares para visitar.

Pasaron la tarde recorriendo la plaza de San Bernardo y el castillo de Dublín, dejando para el día siguiente la visita a la catedral de San Patricio, porque Rocío se quejaba de que tenía dolor de pies.

Los días iban pasando mientras disfrutaban de las visitas guiadas. La gente se mostraba muy amable con ellas y, sobre todo con Rocío por su inglés de tercera regional, como ella lo denominaba.

Cuando se iban a dormir, Sindy, pasaba las noches fuera. Sus amigas ya estaban acostumbradas, por esa razón, nunca le preguntaban nada al respecto.

—¡Qué pronto se acaba lo bueno! —se queja Rocío, mientras hace su equipaje—. Me quedaría aquí una semana más.

—A mí también me gustaría.

—Sindy, estoy segura de que lo dices de corazón. ¡Anda que no te lo has pasado bien! —exclama Sara en tono alegre.

—Y vosotras, porque no habéis querido, ya que oportunidades no os han faltado —añade mirándolas con una media sonrisa—. Decidme si miento.

—No hemos tenido la suerte de encontrarnos con ningún hombre tan apuesto como el director de este hotel —concluye Rocío cerrando la cremallera de su maleta.

La rutina vuelve a la vida de Sara. Necesita agendar el trabajo del día, es urgente pensar e idear soluciones a todos los problemas pendientes.

—Sara, tiene una llamada —le dice una recepcionista—, me ha dicho que es personal.

—Vale, pásamela a mi despacho —le pide mientras entra y cierra la puerta.

—¿Sí?, dígame.

—Hola, soy Silvia, perdona que te moleste —Sara se altera al escuchar quien la llama.

—Dime —le dice en tono cortante—, ¿te quedó algo más que quieras saber de mi vida? Intenta ser breve, ya que dispongo de poco tiempo.

—Merezco que me digas eso y más, de modo que seré breve, como me has pedido.

Te llamaba por dos cosas: la primera, y más importante, es para disculparme: lo siento, no me di cuenta del daño que te podía causar con esos comentarios.

—Sara abre los ojos como platos—. En segundo lugar, me gustaría que vinieras a una comida que hemos preparado el próximo sábado para Carmen y Eduardo.

Así se llevarán una bonita sorpresa cuando te vean.

Debo reconocer que se quedaron muy mal por mi culpa.

—Acepto tus disculpas,  además, ya le dije a Carmen que no se preocupara, puesto que yo no le di ninguna importancia y para mí ya está olvidado—«Mentira podrida», pensó— pero, de todos modos, no puedo ir pues acabo de llegar de vacaciones y tengo mucho trabajo pendiente.

—Por favor, sé que no tengo derecho a insistir, pero le darías una alegría muy grande a Carmen. Solamente vamos a estar en esa comida: Jaime, ella y Eduardo, mi marido y yo.

—Lo siento, pero no puedo ir a Madrid.

—Ah, por eso no te preocupes, la comida es en el Club Náutico de Marbella . Si es cierto que el incidente del otro día ya lo tienes olvidado, estaría bien que asistieras a esa comida —le dice en tono falsamente amable.

—Dime la hora y estaré allí —dice con firmeza, pues ha decidido demostrarle a esa mujer que no le tiene miedo.

Se ha levantado temprano para irse a la playa y quemar un poco de energía, hoy se ha propuesto correr doce kilómetros. Mientras va cogiendo velocidad, va rememorando los días tan felices que vivió junto a Yago en esa playa.

Su marido no era un hombre muy hablador, aun así, bastaba una mirada de él, para hacerla sentir la persona más importante del mundo.

De pronto le ha venido a la mente otra mirada, pero esta es fría como el hielo, y dando un respingo ha empezado a correr más deprisa, como si le fuera la vida en ello.

Cuando llega a su casa, extenuada, se ha dado una ducha rápida y seguidamente ha abierto su armario para escoger muy bien la ropa que se va a poner. Tres horas más tarde, sube a su coche arrepintiéndose de haber accedido a la provocación de Silvia.

—Hola, buenos días. He quedado aquí con unos amigos —le dice al maître del club—. La reserva está a nombre de Silvia.

—Un momento —indica mirando el libro de reservas muy serio—. ¿La están esperando? Creía que ya habían llegado todos. Es evidente que debe haber un error.

—He quedado aquí a las catorce treinta —afirma mirando el reloj—, y veo que llego puntual.

El hombre bastante contrariado decide acompañarla. Sara va entrando en el comedor con una tensión que le va subiendo por la columna por el mal presentimiento que se está apoderando de ella.

Cuando llegan a la altura de la mesa, observa perpleja cómo charlan animadamente, mientras están comiendo unos aperitivos: Silvia, Alfredo, Carmen, Eduardo, Jaime y una mujer rubia, completando así la mesa de seis comensales.

Antes de que el maître diga nada, Sara intenta hacerse una idea de la escena que tiene ante sí.

—Hola, Sara —la saluda Carmen muy contenta cuando se percata de su presencia—, ¡qué casualidad vernos aquí!