Capítulo 5 #3
Así que ella hará todo lo posible por agradecerles de alguna manera tal muestra de generosidad.
Al llegar la noche han decidido quedarse a tomar una cena fría, sin duda, se encuentran todos muy a gusto y por eso, no tienen prisa por marcharse.
Carmen aún se siente culpable por la cena del otro día, y así se lo ha hecho saber cuando nadie las escuchaba. Sara, por su parte, le ha restado importancia para que deje de preocuparse, ya que no fueron ni ella ni su marido los causantes de tal situación.
A la mañana siguiente, Sara aún arrastra el sueño por las pocas horas que ha dormido, pues la cena se prolongó hasta muy tarde.
—Rocío, qué animada te veo.
—Sí, hoy me he levantado con el firme propósito de quemar todas las calorías que pueda. Con estos calores, me apetece todo el día beber cerveza y también comer cosas rebozadas. Tú ya me entiendes.
—Yo estoy todavía con la cena en la garganta. Anoche cenamos muy tarde, por no hablar de los cócteles que preparó Jaime —cuenta bajando la voz—, que, aunque me repatea reconocerlo, estaban buenísimos.
—Vaya, parece que el enemigo está ganando batallas —dice Sindy subiendo a la cinta andadora.
—Solo he dicho que estaban buenísimos, eso no significa que le perdone por todo lo demás. Soy una mujer sensata.
—Bueno, se empieza por un cóctel y se termina por…
—Por nada —la corta—. No creo que por haber hecho un comentario así, parezca que me cae bien. Nada más lejos de la realidad. —Sus amigas la miran riendo.
Los días pasan volando y cada minuto que puede lo pasa con su hijo y su nuera.
Les ha ayudado a preparar las maletas, lo demás ya se lo irá mandando conforme lo necesiten.
Le ha dolido saber que Jaime se va con ellos aprovechando unos días libres.
No ha querido decir nada al respecto, pero su hijo intuyendo lo que ella piensa le ha pedido si quiere ir con ellos también, a lo que ha rehusado alegando problemas de agenda.
Los meses de julio y agosto son los que más imprescindible se hace su presencia en el hotel, pues hay demasiados eventos importantes y su jefe quiere que sea ella la que supervise todo personalmente.
Cuando están en el aeropuerto, a finales de agosto, la tensión es palpable. Sara se ha prometido no llorar para que su hijo se vaya tranquilo. En momentos como ese, es cuando más echa de menos a Yago.
—Mamá, cambia esa cara, por favor —le pide sin dejar de abrazarla—, es evidente que no me voy a la guerra.
—Ya lo sé, pero te vas tan lejos…
—No te preocupes, sabes que puedes llamarme todas las veces que quieras.
—Sí, pero también necesito tocarte y besarte.
—En ese caso es mejor que aproveches estos minutos para estrujarme bien, —de pronto le ve los ojos brillantes—. Ey, cuando quieras darte cuenta estaremos juntos otra vez. En Navidad nos veremos y te retaré a otra carrera, así que, más te vale que sigas entrenando.
—De acuerdo —responde secándose una traidora lágrima.
—Bueno, Sara, creo que ha llegado el momento de las despedidas.
—Quiero que llevéis mucho cuidado —pide dándole un abrazo a su nuera.
—No te preocupes, sabes que te vamos a llamar muy a menudo —confirma lo que le ha dicho su hijo, mirándola con cariño.
—Debemos irnos ya —le dice Jaime muy serio a Alberto.
—Hasta pronto, “reina mora” —se despide dándole el último abrazo a su madre.
—Cuídate mucho, “ pequeño héroe” —susurra cogiendo su cara con las manos—. Te echaré de menos. Aunque estés al otro lado del mundo, mi corazón siempre estará contigo.
—Sara, es hora de irnos. De hecho, las puertas de embarque están a punto de cerrarlas —le dice Jaime dándole un corto abrazo. Cuando vuelva, ya hablaremos.
— De acuerdo —le dice con la voz temblorosa.
Al llegar a su casa, por la noche, rota de dolor, lo primero que hace es ir a su habitación, sentarse en un rincón para aferrarse a lo que todavía le hace sentir que Yago sigue a su lado.
Sabe que no debería hacerlo, pero ahora, lo que más necesita es inspirar esa fragancia para calmar su congoja.
Una hora más tarde decide hablar con sus padres mientras se prepara para salir a correr un rato, y así quemar energía para poder dormir.
—Carmen, ¡qué alegría me da que me hayas llamado!
—Nos dio mucha pena no haber podido ir a despedirnos de los chicos la semana pasada.
—No pasa nada. —Sabía que era totalmente sincera.
—Mi hijo tenía unos días libres y quería enseñarnos Berlín, y de paso, su pareja también quería enseñarnos su tripa —cuenta riendo muy orgullosa— Van a hacernos abuelos, y yo todavía veo a mi hijo como un chiquillo.
—Me alegro mucho por vosotros.
—El viernes nos vemos y seguimos hablando, que no quiero entretenerte. Mi hermano me llamó esta mañana para decirme que va a pasar el fin de semana en la casa de la playa e insistió en que te invitara en su nombre.
—Lo siento, pero no puedo, debo dejar todo arreglado, ya que en unos días me voy de vacaciones. —No le daba la gana ir de cena, la última vez salió muy mal.
—Es una lástima. Bueno, cuando vuelvas de viaje ya hablamos.
—Sí, mejor lo dejamos para otra ocasión.