La esencia del bambú Capítulo 5
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Capítulo 5

—Buenos días, Sindy, ¿qué tal el fin de semana? —la saluda cuando llega al gimnasio a primera hora de la mañana.

—Bastante bien. La verdad es que no puedo quejarme —bromea muy sonriente—. No sé cómo todavía me quedan fuerzas para seguir pedaleando, —ríe guiñándole un ojo—. ¿Y tú, qué tal?

—Han sido unos días estupendos con la familia. Uf, ya tenía ganas de verlos. Y para colmo de sorpresas, si te digo que mi suegro se ha buscado una novia, ¿me creerías?

—¿Quién se ha buscado novia? —grita Rocío entrando con prisas—. No quiero que contéis noticias jugosas hasta que no estemos las tres, os lo tengo dicho.

—Siempre llegas tarde, así que procura ser puntual, porque no vamos a estar calladas hasta que te dignes a aparecer.

—Sindy, yo no tengo la suerte de vivir sola como tú. De hecho, he tenido que recoger calcetines y calzoncillos a pares por el suelo del baño. Anda —se queja agitando una mano—, haced el favor de ponerme al día con el nuevo amorío.

—Le estaba contando que mi suegro tiene novia. Me quedé de piedra cuando llegamos a su casa y nos abrió ella la puerta. No nos había dicho nada porque tenía mucho miedo por la reacción de Alberto o la mía.

—Pobre hombre, si se ha enamorado, déjalo que disfrute.

—Rocío, eso mismo le dije yo, lo que pasa es que no me lo esperaba y me quedé bastante descolocada.

—Ese hombre ha hecho muy bien en buscar pareja.

A ver si le das alguna alegría a tu cuerpo tú también.

—Sara pone los ojos en blanco, pero no le contesta—.

Hablando de todo un poco, ¿qué tal fue la comida con tu consuegro?

—le pregunta Sindy arrugando la nariz—, ¿fue mejor que la cena del cumpleaños?

—Eso eso. ¿Qué tal se portó el “mocito”? —añade la otra amiga.

—Mejor pasamos a hablar de temas más interesantes —sugiere subiendo a la bicicleta estática.

—Ni se te ocurra dejarnos así —insiste Sindy

—Creedme si os digo, que no quiero volver a cenar con ese picapleitos. Con deciros que terminé en un hospital por su culpa.

—¿¡Qué!? —exclaman las dos amigas a la vez.

—Lo que habéis oído. De manera que vamos a cambiar de tema —reitera pedaleando vigorosamente.

—Ah no, ni pensarlo. Tú no sales de aquí hasta que nos cuentes todo, todito, todo. Y deja de pedalear tan rápido que vas a llegar hasta Santander.

—Sindy, por favor, quiero pasar página.

—Tienes razón —corrobora Rocío—, nos lo cuentas todo con pelos y señales, y después pasas página y lo que te dé la gana.

Al final les contó a sus amigas todo lo ocurrido desde que llegó a Madrid de casa de sus padres hasta que Jaime la dejó en la estación.

Mientras les iba describiendo aquella horrible cena, sus amigas iban soltando insultos.

Sin embargo, al llegar a la parte en que les dijo que la llevó a su casa a dormir, ya no hubo manera de que entendieran que era porque se encontraba mal, a pesar de que ella insistió en que la llevara a su hotel.

Sara tiene varias reuniones esta semana.

Sin ninguna duda la que le va a llevar más tiempo es la del jefe de cocina, ya que, a pesar de tener una fe ciega en él, necesita volver a repasar la carta que ha preparado para la boda de la hija de un importante empresario.

Para ello, el prestigioso chef le ha preparado todos los platos para que los prueben, desde el cóctel de bienvenida hasta los postres.

La reunión con el decorador, la novia y los padres de esta, que son quiénes van a pagarlo todo, es la que más cansada le ha dejado con diferencia. Hay veces que no encuentra la forma de hacerles entender que no van a estar ellos solos en el hotel, y por ese motivo, deben respetar ciertas normas.

—Hola, chicas, ¿habéis pedido ya? —pregunta un poco acelerada—. Siento llegar tarde, no había manera de que me dejara en paz el organizador de la dichosa boda. Hay personas que han visto muchas películas americanas y por esa razón, pretenden ser más protagonistas que los novios.

—No concibo cómo la gente tiene ganas de casarse —dice su amiga mientras le llena una copa de vino—, con lo bonito que es el “aquí te pillo y aquí te mato”, y al terminar cada uno a su casa.

—Sindy, no comprendo esa frialdad con la que tratas el tema de una relación, yo estoy separada y cada vez veo menos horrible volverme a enamorar.

—Rocío, cariño, parece mentira que se te haya olvidado que tu marido te puso unos cuernos tan grandes, como los del padre de Bambi —ironiza haciendo comillas con los dedos.

—Vale, pero los años que fui feliz a su lado no los cambiaría por nada del mundo. Además, tenemos dos hijos maravillosos. Aunque a mis “mellis” de vez en cuando me gustaría desintegrarlos, pero eso es otra historia.

Ellas siempre le daban un toque de humor a las cosas difíciles para que fueran más soportables, era una norma que se habían impuesto las tres, hacía mucho tiempo.

—Esta mañana me ha llamado Alberto y me ha pedido permiso para irse unos días a Ibiza con unos amigos.

—Sara decide cambiar de tema para que no discutan sus amigas—.

Me habría gustado pasar todo el tiempo que pudiera con ellos, aun así, tragándome lo que pienso realmente, les he deseado un feliz viaje.

—Pues sí, has hecho lo correcto, déjalos que disfruten. ¡Que no daría yo porque los míos fueran ya mayores y no dependieran tanto de mí!

La comida con sus amigas ha logrado calmar el estrés de la semana tan ocupada que ha tenido.

—Hola, Sara.

—Ey, Antonio, ¿qué haces por aquí? —dice sonriendo, cuando lo ve en la puerta de su casa.

—He salido a correr un rato, y de paso, he venido por si te veía para pedirte un favor.

Es que la cansina de mi madre no va a parar hasta que no vengas a casa.

—Sara contiene la risa—. No veo la manera de que entienda que estás muy ocupada.

Lo siento, pero cada día se está volviendo más despistada y repite las cosas cien veces.

—Tu madre tiene razón —él alza las cejas, sorprendido—, hace días que quería ir de visita. Dile que mañana por la tarde, sin falta, voy a que me invite a un café bien fresquito, y de paso, le llevaré roscos de vino de esos que tanto le gustan. Y a ti te llevaré un buen queso curado.

—Vaya, no voy a rechazarlo, muchas gracias. Aunque, por otro lado, me sabría muy mal si te pongo en un compromiso. Además, soy consciente del trabajo que tienes.

—No te preocupes, casualmente, mañana por la tarde la tengo libre —añade restándole importancia con la mano.

Ambos se despiden y Sara entra en su casa mientras piensa en lo buena persona que es Antonio. Es un hombre de piel clara, mide metro setenta y cinco y es de complexión fuerte, tiene el pelo rapado, sus cejas anchas y rubias junto a sus ojos azul claro le confieren un aspecto casi angelical.

Pero nada más lejos de la realidad, porque en su trabajo saca un genio atroz. Está soltero y tiene cincuenta y dos años.

Si no hubiera sido por él, Sara se habría vuelto loca hace cinco años cuando su vida se convirtió en un infierno. Fue el muro de sus lamentaciones, y, por si eso fuera poco, hizo todo lo que estuvo en su mano para ayudarlos a ella y a su hijo, con todo aquel proceso tan doloroso.

Ahora, cinco años más tarde, seguía siendo aquel hombre que jamás permitía que nadie hablara mal de su marido.

Cuando Sara toca el timbre al día siguiente, a la hora del café, este le abre con gran alivio.

—Menos mal que ya estás aquí, me ha preguntado por ti cuarenta veces.

—Mira que eres exagerado —dice riendo sin poder remediarlo.

—Lo que yo te diga, ya verás cómo se le nota que está cada día más despistada. Fíjate que el otro día me preguntó, si mi padre iba a venir a cenar. Me quedé sin palabras, no sabía cómo explicarle que llevaba treinta años muerto.

—¿Se lo has dicho a su médico?

—Claro, pero ya sabes cómo son estas cosas, dice que es normal a su edad, así que me ha recomendado que tenga paciencia. Anda, vamos para dentro que se estará preguntando por qué tardamos tanto.

—Hola, Sara, qué alegría me da verte.

—Hola, doña Adela. ¿Cómo está? —pregunta mientras le da un abrazo.

—Ya ves, hija mía, aquí aburrida viendo pasar la vida. Este cuerpo mío ya está pidiendo tierra cada día que pasa —le dice la anciana de ochenta y seis años mirando al cielo.

—Mamá, deja de decir tonterías —protesta bastante cabreado—. Mira que te gusta el drama.

—Tú que sabrás, si te pasas el día trabajando y no me haces ni caso. A ver si os casáis pronto y me dais nietos, que ya va siendo hora. Después ya podré morirme tranquila.

Sara no se ha caído al suelo porque acababa de sentarse, y Antonio al escuchar ese comentario, se ha quedado estupefacto.

—Doña Adela, le he traído roscos de vino de esos que tanto le gustan —se apresura a decir Sara—, y de paso, quiero que me cuente ahora mismo cómo va esa novela que ve todas las tardes.

—Claro que sí, ahora te la cuento. Es una lástima que queden tan pocos capítulos con lo que a mí me gusta —tras un momento pensando, añade— pero qué desconsiderada soy, no te he preguntado por tu hijo.

—Alberto está estupendamente, la pena es que ha decidido irse unos días de vacaciones con sus amigos —añade con pesar—. Con las ganas que tengo de estar con él antes de que se vaya al extranjero a estudiar y qué poco lo estoy disfrutando.

—Sí, los hijos son así de egoístas. Haces todo por ellos y pronto se les olvida. Anda que no he hecho yo cosas por mi hijo. Si yo te contara… —suelta mirando a Antonio con gesto serio—. Solo te quieren cuando les interesa.

—Mamá, deja de decir tonterías —la riñe—, hago todo lo que puedo y más.

La tarde discurre bastante tensa entre madre e hijo, y a Sara no le pasa desapercibido el detalle de los despistes de la mujer, ya que de vez en cuando le ve la mirada perdida.

—Bueno, Adela, siento decirle que tengo que irme ya, necesito pasar por la tintorería antes de que cierren. —Ella iba a protestar—. Pero no se preocupe, que en cuanto pueda, vendré a verla.

—¿Vas a tardar mucho? Seguro que se te olvida traerme los geranios que me has prometido.