Capítulo 4 #3
Yuri, como buena anfitriona le ha mostrado uno de los jardines más bonitos que ha visto en su vida.
Han bordeado un pequeño lago artificial hasta llegar a una cascada con una escalera lateral de piedra, rodeada a ambos lados de unas flores preciosas en tonos blancos, rosas y lilas, llamadas mugunghwa o Rosa de Sarón .
—Son preciosas, y además, huelen muy bien —le va diciendo Sara mientras se acerca para percibir mejor su aroma—, nunca las había visto.
—Es la flor nacional de mi país. En la cultura coreana significa “flor eterna que nunca se marchita''.
El árbol del cerezo también es típico allí; al vivir tan lejos quería tener parte de él.
Me relaja muchísimo salir a pasear y percibir los aromas que desprenden.
Si cierro los ojos, siento que estoy en casa —sonríe y añade—.
No me siento nada mal en España, pero de vez en cuando echo de menos el lugar donde nací.
—Te comprendo, yo vivo a mil kilómetros de casa de mis padres, y también me ocurre lo mismo.
—Sí, aunque pasen muchos años, una parte de nosotros se queda en el lugar donde nacimos. Yo llevo aquí veinte años y todavía me despierto pensando que estoy en Seúl.
—Me ha llamado la atención el contraste de colores de las plantas combinado con las fuentes de piedra que hay por todos los rincones. Esto parece el Edén, es realmente precioso.
Sara se encuentra muy a gusto hablando con Yuri, y eso hace que, poco a poco se le vaya pasando el cabreo con Jaime por haberla puesto en ese compromiso.
En el rato que han estado paseando, Yuri le ha contado que trabaja como diplomática en la Embajada de Corea en Madrid, y Román es director en una empresa de exportación de productos químicos.
Tienen dos hijos, Choi de diez años y Hana de seis.
Además, le ha contado que Jaime y Román son amigos desde la infancia.
Mientras van charlando han pasado a ver la casa, los grandes espacios predominan en una decoración muy sencilla en la cual no falta el buen gusto.
Cuando llegan a la terraza, los niños no paran de reír, son una pareja muy educada.
Se nota el cariño que le tienen a Jaime porque no se han separado ni un momento de él.
Sara se ha dado cuenta de que es la primera vez que lo ha visto reír de esa manera tan desinhibida, y eso le hace parecer más humano.
Sara jamás habría imaginado asistir a una barbacoa coreana y descubrir tanta variedad de sabores nuevos para ella.
Antes de marcharse han prometido ir al hotel donde ella trabaja para ver las instalaciones, ya que les ha parecido buena idea celebrar una cena con diplomáticos europeos en ese lugar.
Ella se ha mostrado encantada, y le ha explicado a Yuri que están acostumbrados a celebrar todo tipo de eventos de alto nivel.
Por lo tanto, las medidas de privacidad están garantizadas.
En el trayecto hasta la estación de tren apenas han hablado.
Sara no va a reconocer, ni en un millón de años, lo acertado que ha estado al llevarla a conocer a esa pareja, con la cual ha congeniado desde el minuto uno.
Y él, por su parte, tampoco va a preguntarle la razón por la cual con todo el mundo se muestra tan encantadora, y con él es borde hasta decir basta.
Cuando Jaime la deja en la estación con una escueta despedida, ella saca el teléfono para hablar un rato con su hermano Nicolás, ya que era el único que faltaba para estar todos juntos en casa de sus padres.
Después ha llamado a su hijo y le ha contado que ha comido con los amigos de Jaime, obviando el pequeño detalle de haber dormido en su casa.
La tercera llamada iba destinada a Antonio, pero se lo ha pensado mejor y la ha dejado para otro día, ya que en esos momentos se siente demasiado vulnerable, por el hecho de haber visitado lugares donde había pasado momentos inolvidables junto su marido.
A Yago lo destinaron a Málaga para dirigir la Brigada Central de Estupefacientes; fueron años de mucha preparación y sacrificio, sin embargo, aquel esfuerzo mereció la pena, ya que tiempo después consiguió su objetivo, aunque este fuera lejos de su tierra.
Desde el momento que tomó posesión de su cargo no dejó de trabajar hasta conseguir rodearse de hombres con ganas de coger a los malos —como él los denominaba—.
Poco a poco logró ganarse el respeto de todos sus hombres, ya que en un primer momento se mostraron escépticos porque venía del “norte” para ser el jefe.
Antonio, fue desde el principio su mano derecha, y juntos formaron un tándem que cada día iba dando mejores resultados.
Él fue el único de la unidad que creyó en su inocencia, y además el único que seguía investigando aquella tragedia.
Quizá también se sentía culpable por no haber estado aquella fatídica noche junto a su compañero.
Todos los demás —incluidas sus mujeres—, miraban a Sara con recelo porque se sentían traicionados por su marido, y además especulaban con la posibilidad de que se hubiera lucrado con los delitos cometidos por él.
Lo que todos se negaban a admitir, era que cada céntimo que entraba o salía de su cuenta, la de su hijo y también las del resto de su familia, era investigado para averiguar su procedencia, y jamás habían encontrado nada irregular.