Capítulo 4 #2
—Desayunamos tranquilamente, y después te llevo a donde quieras. —Ella va a protestar, pero la corta—. No me gusta discutir tan temprano.
—No quiero discutir, pero tengo mucha prisa —le dice mientras se acercan a la mesa, que hay en una marquesina acristalada donde da la sombra un gran castaño de indias.
—Sé de sobra que tu tren sale a media tarde, así que es mejor, que desayunes como es debido para reponerte. Anoche dejaste en el parque del Oeste la cena.
—Vaya, no sabía que te preocupaba tanto mi salud —le dice con ironía.
—En realidad, me preocupa más que Micaela vea que no te has comido el desayuno, que tanto empeño ha puesto en prepararte. —El hombre decide cambiar de táctica.
—Entonces voy a comer algo, pero solo por no ser descortés, aunque no era necesario que le contaras el percance de anoche —lo riñe mientras le va poniendo aceite a una rebanada de pan. No va a reconocer que al ver la comida le ha entrado un hambre terrible.
—He tenido que explicarle por qué has dormido aquí, es evidente que no le he contado ninguna mentira.
Ella iba a responderle, pero se lo ha pensado mejor y ha decidido callarse, puesto que no quiere conflictos con ese hombre.
El rato que han estado desayunando ninguno de los dos había vuelto a decir ni una palabra, estaba claro que ambos ansiaban perderse de vista cuanto antes. Sara lo agradecía porque no quería ser grosera, y Jaime por su parte temía decirle algo desagradable, ya que esa mujer lo ponía de mala leche.
—Vamos primero a casa de unos amigos a dejar unos documentos, y después te llevo donde quieras. Será sólo un momento —le informa cuando salen de la casa.
—¿No puedes llevarlos más tarde? —contesta en un tono más seco de lo que pretendía.
—Ya te he dicho que no tardaremos; acaban de llegar de Seúl.
No te preocupes, solo tenemos que desviarnos un par de kilómetros.
—Tras unos minutos en silencio, añade—: les he dicho que estabas en casa y quieren conocerte.
—Ella lo mira muy cabreada—. Solamente serán cinco minutos, no te pongas a la defensiva.
—A lo mejor no me apetece que me vuelva a doler la cabeza. Tenías que haberme pedido un taxi.
—Sería de muy mal gusto por tu parte no querer conocer a las personas que han cedido su apartamento de Manhattan a nuestros hijos.
Ese hombre la saca de sus casillas continuamente. No puede creer que sea el padre de Blanca, la cual es un encanto de chica, pero después de escuchar su argumento, le es del todo imposible negarse a conocer a esa pareja.
A Jaime, los nervios le están triturando las entrañas. En cuanto le dejara los informes que le había pedido su amigo, la llevaría al centro para perderla de vista.
Se han detenido en un stop y ambos se han retado con la mirada.
Él se ha fijado que también tiene algunas pecas en la frente y la barbilla, y ella sigue pensando que es un cretino.
Cuando llegan a la urbanización, un guardia de seguridad les da paso, y diez minutos más tarde se detienen en una casa de estilo moderno.
La fachada está compuesta de amplias cristaleras combinadas con muros de hormigón blanco y madera, los grandes árboles que la rodean aumentan su privacidad. Sin duda es un lugar realmente bonito.
Cuando se detienen en la puerta, los está esperando un hombre de unos cincuenta y pocos años.
Tiene el pelo rubio peinado hacia atrás, un poco rizado, y los ojos azul claro le confieren un aspecto amable.
Es bastante alto y muy delgado; no se puede decir que es guapo, ni tampoco lo contrario, pero lo que llama la atención es que es muy simpático.
—Hola, Jaime —dice dándole un abrazo, seguido de unos golpes en la espalda—. ¡Cuánto tiempo sin verte! ¡Caray!, acabo de darme cuenta de que te ha salido otra cana —dice riendo.
—Tu humor inglés, cada día me hace menos gracia —afirma fingiendo cabreo.
—Solo soy la mitad inglés, la otra mitad es andaluza —responde acercándose a ella, que acaba de bajar del coche—. Sara, tenía muchas ganas de conocerte. Mi nombre es Román, bienvenida a casa. Blanca me ha hablado mucho de ti, pero no me había dicho lo guapa que eres.
—Gracias por el cumplido. —Sonríe tendiéndole la mano.
—No es un cumplido, simplemente digo lo que veo —dice riendo—. Vamos al jardín mientras Yuri termina de hablar por teléfono con su madre.
—¿Qué tal va su padre? —pregunta Jaime serio.
—Ya está en casa, y prácticamente, vuelve a ser el de siempre —explica dirigiéndose a Sara, luego continúa hablando—.
Hemos estado en Seúl cerca de un mes, porque le operaron del corazón, pero ahora ya ha pasado el peligro.
Choi y Hana están en la piscina, se han puesto muy contentos cuando se han enterado de que venía el “tío Jaime” —dice riendo.
Al llegar al jardín, Sara no puede dejar de mirar toda la vegetación que los rodea. Siempre le han gustado los jardines, por esa razón ha procurado tenerlo muy cuidado en su casa, aunque se trate de uno mil veces más pequeño que el que tiene ante sus ojos.
Cuando están sentados en la terraza sale una mujer muy bella, diez años más joven que su marido.
Es morena con el pelo liso y largo, tiene los ojos rasgados de color negro, y su nariz fina y su boca pequeña la hacen muy atractiva.
Mide casi un metro sesenta, viste pantalón largo azul claro y la blusa del mismo color.
—Hola —saluda a Jaime con un efusivo abrazo—, sentimos no haber podido estar el día de tu cumpleaños.
—No importa, es evidente de que tenías asuntos más importantes que atender. Te presento a Sara, la madre de Alberto.
—Hola, mi nombre es Yuri —dice dándole un beso y un corto abrazo—. Nos da mucha alegría que estéis aquí. Por cierto, tu hijo es un chico estupendo —comenta mostrando una cálida sonrisa.
—Vais a quedaros a comer, ¿verdad? —pregunta Román.
—No, os lo agradezco muchísimo, pero…
—Nada de peros —la corta—, es una ocasión de oro teneros aquí a los dos.
—Siento deciros que tengo algo de prisa —insiste Sara algo apurada.
—No acepto una negativa —concluye en tono resuelto—. Jaime me ha dicho que tu tren no sale hasta media tarde, de modo que tenemos tiempo de sobra.
Sara le lanza una mirada de reproche a Jaime, porque le cabrea que se dedique a airear su vida a los demás: primero a sus amigos, después a Micaela y ahora a la pareja que tiene delante. Sin embargo, no quiere parecer desconsiderada.
—De acuerdo —acepta resignada, pues no olvida que son los que han hecho posible que Blanca y Alberto tengan un apartamento cerca de la universidad. Y además ha notado el cariño que le tienen a su hijo, no como el energúmeno que tiene a su lado.
—Perfecto —dice Román sonriendo triunfante—, ya verás qué contentos se van a poner los niños cuando se enteren.
—Yuri, ¿qué te parece si le enseñas a Sara el jardín? Estoy seguro de que le va a sorprender —agrega Jaime mirándola con ojos lobunos—. De hecho, le encantan los jardines.
Sara se ha quedado en shock , nunca habría imaginado que se iba a acordar de ese detalle. Cuando estuvo en su casa, el día de su cumpleaños, le hizo algún comentario a Carmen, pero no sabía que él había escuchado dicha conversación.