Capítulo 4
Cuando sale a la calle se dispone a subir al taxi que la está esperando, pero Jaime se interpone en su camino, y tras tenderle un billete al taxista le pide que se marche.
—Yo te llevo, no estas en condiciones para irte tú sola —interviene antes de que ella se dé cuenta de lo que ha pasado.
—No es necesario que me acompañes, no he bebido nada de alcohol. ¿O quizá no has tenido suficiente esta noche y quieres hacerme alguna pregunta más? —ironiza negándose a subir en el coche que acababa de estacionar el aparcacoches del restaurante.
—No seas infantil, ya sé que solamente has bebido agua. Anda, sube al coche, no quiero que te pase algo y tenga que darle explicaciones a tu hijo —aclara dándole un suave empujón en el hombro que la hace sentarse.
—No metas a Alberto en esto —responde bastante molesta.
Es cierto que el comentario le ha servido para quedarse dentro del coche y dejar que la lleve al hotel cuanto antes, pues el fuerte dolor de cabeza no le da tregua, así que cierra los ojos mientras se sujeta la frente con una mano.
—¿Te duele mucho? —pregunta cuando se incorporan a la carretera.
—Mentiría si te dijera que no —contesta sin abrir los ojos. Le ha extrañado que se diera cuenta—. Hacía mucho tiempo que no me daba este dolor tan fuerte.
Sara espera que no le dé más conversación puesto que ha empezado a sentir unas fuertes ganas de vomitar y está rezando para llegar a tiempo al hotel, pero no ha tenido suerte, ya que al girar el coche en una curva el estómago le ha dado un vuelco.
—¡Detén el coche, por favor!
—¿Para qué cojones quieres que pare en mitad de la carretera? —pregunta en tono seco.
Al mirarla a la cara no le ha hecho falta preguntar más, sin perder ni un segundo se ha acercado junto a un parque y ha ido rápidamente tras ella para asirla por los hombros.
Sara no ha tenido tiempo a negarse ante ese gesto, ya que ha empezado a vomitar hasta que no le ha quedado nada en el estómago.
A pesar de sentir que la cabeza le va a explotar de un momento a otro, la angustia ha cesado inmediatamente.
Antes de abrir los ojos y procesar todo lo que acababa de pasar, nota cómo Jaime todavía la tiene agarrada.
—¿Te sientes mejor? —Al ver que ella asiente, se ha quedado más tranquilo mientras le ofrece su pañuelo—. Toma, siento no llevar agua en el coche.
—Gracias —dice mientras se limpia—. Ya nos podemos ir, necesito llegar cuanto antes y acostarme.
Se han puesto en marcha sin que ninguno de los dos diga una palabra. Sara ha vuelto a cerrar los ojos, pues de ese modo es como se siente mejor. En un momento dado, lo ha escuchado hablar por teléfono, pero no se ha molestado en prestar atención.
Unos minutos más tarde, Jaime ha detenido el coche en la puerta de una clínica.
—Vamos, un médico te está esperando para darte algo para ese dolor de cabeza. Es un buen amigo que te va a atender enseguida.
—No es necesario que te tomes tantas molestias, te lo agradezco, pero llévame al hotel —le contesta cabreada, ¿acaso quería limpiar su conciencia por haber puesto a sus amigos al corriente de su vida?
—No es molestia, así que es mejor que no discutas y baja de una vez. Si no tendré que llamar a tu hijo, y que él decida. —«A esta mujer le gusta discutir por todo», pensó.
—Eso es muy rastrero, no hace falta que metas a Alberto en esto —se queja bajando del coche.
Como trataba de mirar por donde pisaba no se había dado cuenta de que él estaba sonriendo sin ganas.
Mientras el médico la está atendiendo, Jaime se ha quedado en el pasillo hablando por teléfono. Media hora más tarde están saliendo de la clínica.
—¿Qué te ha dicho Jorge? —Al ver que ella lo mira extrañada, él le aclara.— Ese es el nombre del médico que te ha atendido.
—Me ha asegurado que el dolor ha sido a consecuencia de un momento de mucha tensión. No entiendo por qué me ha dicho tal cosa, puesto que la noche ha sido realmente muy agradable.
—No hace falta que seas tan sarcástica, esta noche nadie ha dicho nada que tú no supieras.
—Perdóname por no dejarme arrastrar por el fango —le dice con los ojos cerrados—. Hay muchas formas de hacer preguntas; las de esta noche han sido hechas con maldad. Por favor, vamos a dejarlo, no me apetece hablar.
Jaime iba decirle unas cuantas cosas a esa mujer, pero al verla tan afectada, decidió callar, a pesar de no estar de acuerdo con ella. Al mirarla de reojo, después de diez minutos en silencio, se da cuenta de que se ha quedado dormida.
—Sara, ya hemos llegado —le susurra sacudiéndola por los hombros suavemente.
—Lo siento, me he quedado dormida. El médico me ha inyectado algo para el dolor de cabeza, además de un relajante muscular, y la verdad es que ha sido todo un acierto —le va diciendo mientras baja del coche con paso vacilante.
Al abrir bien los ojos se queda clavada en el sitio, ya que no están en la puerta del hotel, sino en la de la casa de Jaime.
—No intentes protestar otra vez —comenta al ver la cara que ha puesto— recuerda que puedo llamar a tu hijo y hacer que se preocupe innecesariamente —dictamina con rotundidad. Lo que aún no tiene claro es por qué ha decidido llevarla a su casa.
—No entiendo por qué me amenazas, yo también podría explicarle a tu hija que has sido tú el que ha provocado que tenga uno de los dolores de cabeza más grandes de los que yo recuerde en años. En cambio, jamás se me ocurriría decirle tal cosa.
—Yo no he provocado nada, sabes que esa conversación no ha sido cosa mía. Deja de quejarte y sigue caminando
—Por favor, llévame a mi hotel, no me apetece discutir contigo —se siente agotada y los párpados le pesan mucho.
—No estamos discutiendo.
—Sí estamos discutiendo.
—No. Estamos simplemente mostrando un desacuerdo: Tú quieres ir a un lugar donde vas a estar sola, y en cambio yo, te llevo a un lugar más adecuado —le va diciendo mientras la sujeta por un brazo para que no tropiece con ningún escalón.
—Ya te ha salido la vena de abogado —se queja entre dientes.
Cuando Sara entra en la habitación de invitados se queda muy sorprendida al ver su equipaje al lado de la cama.
Ahora no es el momento de buscar respuestas, porque lo que más le apetece en el mundo es acostarse y seguir durmiendo.
Mañana ya le diría a ese picapleitos, que no tenía ningún derecho a tomar decisiones por ella.
A la mañana siguiente, Sara abre los ojos muy relajada por lo bien que ha dormido, y además ya no siente ni rastro del dolor de cabeza. No obstante, solamente ha necesitado tres segundos para observar a su alrededor y darse cuenta de que no reconoce esa habitación.
De pronto empiezan a llegar a su mente los recuerdos de la noche anterior y soltando un juramento sale precipitadamente de la cama, al recordar que está en la casa de ese picapleitos.
Pero antes de vestirse, se lo ha pensado mejor, y aunque es evidente que quiere irse cuanto antes de esa casa, ha decidido darse primero una ducha.
Cuando sale de la habitación, veinte minutos más tarde, se encuentra en el pasillo a Micaela, la señora que se ocupa de tener la casa en orden.
Así la describió Blanca, con mucho cariño cuando se la presentó.
Es una señora de sesenta y cuatro años, tiene el pelo negro, y su cara denota que es buena persona.
Lleva en esa casa muchos años y trata a Blanca y a Jaime como si fueran de su propia familia.
—Buenos días, doña Sara, ¿ha descansado usted bien? —le pregunta cuando llega a su lado.
—Hola, buenos días. He descansado muy bien —menciona dedicándole una amable sonrisa—, pero le rogaría que me llamara, simplemente Sara.
—No creo que pueda hacerlo, puesto que es algo que me sale de forma natural —contesta poniendo una mano sobre su brazo—.
Antes de nada, quiero que sepa lo feliz que me hace verla aquí.
La otra noche apenas tuvimos tiempo de hablar.
Por eso ahora que estamos más tranquilas, quería que supiera que a Alberto lo quiero muchísimo porque es un buen chico y además hace muy feliz a mi niña. Y eso para mí es muy importante.
—Yo también quiero mucho a Blanca. La verdad es que forman una bonita pareja —le responde conmovida por sus palabras.
—Don Jaime la está esperando en el jardín para desayunar. La mesa ya está dispuesta, por lo que cualquier cosa que necesite, no dude en pedírmelo.
—Oh, muy amable. No se preocupe, con un café será suficiente. —No piensa decirle que tiene muchas ganas de largarse de esa casa cuanto antes.
—Anoche lo poco que cenó se lo dejó usted en el camino, así que haga el favor de tomarse un buen desayuno. No quiero que Alberto piense que la cuidamos mal.
—En esta casa no hay secretos —comenta bastante sorprendida—. Me haría usted un favor muy grande si me pidiera un taxi, llevo algo de prisa y no quiero entretenerme.
—No se preocupe, ahora se lo pide a don Jaime —le responde mientras la acompaña al jardín.
—Me acaba de decir que podía pedirle cualquier cosa.
—Sí, y no lo he olvidado. Lo que pasa es que yo no sé pedir esas cosas por teléfono, ya estoy mayor para esas modernidades.
Sara está completamente segura, de que esa señora con cara de no haber roto un plato en su vida le está mintiendo, pero ha decidido no decirle nada para no ponerla en una situación comprometida.
Cuando llegan al jardín, Micaela se marcha dejándolos solos.
Jaime está sentado leyendo el periódico, al verla se levanta para saludarla muy serio.
Lo primero que le llama la atención al mirarla es la forma en que va vestida.
Lleva un pantalón vaquero algo desgastado, una camiseta ajustada verde y unas deportivas blancas, la melena suelta y las dichosas pecas hacen que su aspecto parezca juvenil.
«Lástima que sea una mujer tan borde», piensa mientras la mira.
—Buenos días, ya estás mejor. —No era una pregunta—. Vamos, te estaba esperando para desayunar. Supongo que tendrás hambre.
—Hola —saluda escuetamente—. Me tomo un café y me pides un taxi, si no es mucha molestia.