La esencia del bambú Capítulo 3 #3
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Capítulo 3 #3

—Silvia, no vuelvas a sacar ese tema jamás. De manera que deja de tocar los cojones con eso.

—Oh, Jaime —le responde en tono elocuente—, no puedo creer que me estés diciendo esto, cuando fuiste tú el que dijo que no estabas muy contento con esa relación.

—¡Cállate! —le grita su marido bastante molesto.

Sara ha dejado por imposible la tarea de terminarse la ensalada, además, parece que un martillo no deja de golpearle en la cabeza.

Hacía años que no le daba ese dolor tan fuerte.

Sentirse el centro de atención estaba siendo una tortura.

De hecho, lo único que le apetece en ese momento es mandarlos a todos al infierno y salir corriendo de ahí, en cambio, por nada del mundo les va a dar ese gusto.

Ser acosada a preguntas cargadas de malas intenciones le hace muy difícil mostrarse serena y no montar una escena, que sin duda alguna, podía poner en peligro la relación de su hijo con Blanca.

Aunque, analizándolo fríamente, también le había cabreado muchísimo el hecho de saber, que Jaime había puesto al corriente de su vida a toda esa gente.

Por ese motivo, tras dedicarle una mirada cargada de resentimiento, ha dejado que se abrieran las compuertas para dar salida a toda la ira que se había ido formando en su interior.

Tiene muy claro que esa no es la decisión más acertada, sin embargo, ahora no piensa detenerse a pensar en las consecuencias que eso le pueda traer.

—Silvia, es evidente que has mordido una presa y no vas a soltarla, ¿verdad?

—continúa Sara midiendo muy bien las palabras—.

Yo no he venido aquí a preguntaros a ninguno de vosotros, que sentís cuando representáis a personas que sabéis sobradamente que son culpables, y pese a ello, os dedicáis a defenderlas con uñas y dientes para que queden libres de cargos, aun sabiendo que han cometido delitos —les va diciendo mientras mira uno a uno, concluyendo su argumento mirando a Jaime—.

Y tras haber conseguido que salgan impunes, lo celebráis orgullosos mientras os metéis en el bolsillo su sucio dinero.

—Eso no es a lo que nos dedicamos —contesta Jaime fríamente aguantándole la mirada—. Nosotros representamos a personas acusadas de alguna infracción. Que sean culpables o inocentes no depende de nosotros, para eso ya están los jueces.

—Vamos a pedir el postre, que un poco de azúcar no nos va a venir nada mal.

Sara, por favor no quiero que te disgustes —interviene Carmen rápidamente, muy preocupada por intentar calmar los ánimos—.

Esto ha sido una conversación fuera de lugar, y no voy a permitir que sigáis por ese camino —acusa mirando significativamente a todos los de la mesa.

—De haber sabido que esta cena era para lincharme —continúa Sara sin dejar de mirar a Jaime—, me habría esforzado más en arreglarme para la ocasión. No sabía que teníais tanto interés en mí, y no sé si debería sentirme halagada.

Sara ha preferido no mostrar la vulnerabilidad que siente en ese momento, por esa razón, ha concluido su argumento mostrando una sonrisa de medio lado.

Jaime tampoco ha dejado de mirarla en ningún momento.

Le ha sorprendido el aplomo con el que ha manejado la situación, solamente le ha delatado el leve temblor de la mandíbula, clara señal de la tensión por controlarse.

Sin embargo, no deja de reconocer que las preguntas eran sobre un caso que está reflejado en informes policiales; quizá no era el momento ni el lugar, pero eran veraces, al fin y al cabo.

Cuando han traído los postres y el café, Sara se ha excusado para ir al baño, momento en que ha aprovechado para echarse un poco de agua en el cuello, ya que el dolor de cabeza es casi insoportable.

«No voy a consentir que hablen mal de Yago. Nadie tiene derecho a ensuciar su memoria y mucho menos esos buitres de ahí afuera», piensa mientras se seca las manos.

En ese instante, se abre la puerta y entra Carmen bastante preocupada.

—Lo siento, lo siento de verdad. Te pido disculpas por el mal rato que has pasado por mi culpa, jamás pensé que Silvia iba a hablarte así. ¿Te encuentras bien?

—No pasa nada, ya estoy acostumbrada. —Era mentira, hacía mucho tiempo que eso ya no sucedía, pero no quería incomodarla—. Tú no tienes la culpa de lo que ha pasado ahí afuera.

—Silvia puede ser a veces un poco borde, aunque me ha sorprendido, no esperaba que se tomara la noche como si estuviera en el estrado. Pero en el fondo, no es mala persona.

—Sí, me he dado cuenta de que le gusta hacer muchas preguntas. No te preocupes, ya estoy bien, solamente tenía un poco de calor. No le des más importancia.

—De acuerdo, te dejo un momento a solas. Ahora nos vemos —le dice saliendo más tranquila.

Sara ha decidido dar por concluida la cena porque no se encuentra bien, de manera que le ha pedido a un camarero que le haga el favor de pedirle un taxi, ya que apenas puede aguantar el dolor de cabeza y la rigidez del cuello.

Al llegar a la mesa ha puesto su mejor sonrisa y se ha despedido de forma breve, pero muy educada.