La esencia del bambú Capítulo 3 #2
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Capítulo 3 #2

—Nosotras también vamos —dice Irene con los ojos vidriosos—, quiero estar con vosotros todo el tiempo que pueda. Y encima, esta tarde llevaremos a tu madre a la estación. Vaya día de despedidas que vamos a tener.

—Abuela, me parece buena idea, pero no quiero que llores, sabes que me puedes llamar todas las veces que quieras. Mamá siempre que tiene ganas de hacerme rabiar me llama.

—Yo no te hago rabiar —protesta fingiendo cabreo—, solamente me preocupo por saber si has comido, o si vas abrigado.

—¿Ves, abuela? Lo que yo te digo, me llama para hacerme rabiar. —Todos empiezan a reír.

Apenas han pasado unas horas desde que Sara se ha despedido de toda su familia y ya los echa de menos.

El trayecto de la estación de Atocha hasta el hotel, apenas son quince minutos en taxi, en los cuales no ha dejado de pensar en la nueva pareja de su suegro.

No es que quiera criticar su nueva relación, jamás juzgaría a ese pobre hombre.

Simplemente, le sorprende ver que un corazón, que se ha quedado herido para siempre, haya tenido la capacidad de volver a sentir amor.

Ella duda mucho de que algún día tenga esa fuerza de voluntad para enamorarse.

De hecho, algunos hombres han querido salir con ella, pero nunca han pasado de una primera cita, tras la cual, la necesidad de salir huyendo después de cenar, ha podido más que cualquier otra cosa.

Al llegar a la habitación del hotel, lo que más le apetece es darse una ducha. Sin embargo, cuando abre una de las maletas para sacar algo de ropa, se queda parada al ver las cajas. Por eso, decide resolverlo lo antes posible para quedarse tranquila.

—Hola, Carmen, acabo de llegar a Madrid —dice con el teléfono apoyado en el hombro mientras va sacando cosas del neceser.

—Hola, qué bien que estés por aquí, ¿la parejita ya está en la playa?

—Sí, estaban deseando pasar unos días con sus amigos. Me encanta que disfruten.

—Se lo merecen. Bueno, nosotros también nos merecemos disfrutar, la vida no va a ser todo trabajo.

—Comparto tu opinión, un poco de diversión no viene mal de vez en cuando. Mira, te llamaba porque mis padres me han dado unos quesos para vosotros. ¿Qué os parece si los dejo en recepción y pasáis a recogerlos cuando podáis? De paso, te encargas de darle uno a tu hermano también.

—Ah, ¡qué bien! Blanca me llamó esta mañana y me lo dijo. ¿Cuándo te vas a Málaga?

—Mañana a media tarde sale mi tren.

—Entonces tenemos tiempo de sobra para vernos. Oye, ¿por qué no quedamos para cenar?, si no tienes ningún compromiso.

—Em… La verdad es que no pensaba salir esta noche. Estoy un poco cansada del viaje.

—No quiero ser pesada, pero ambas coincidimos en que un poco de diversión de vez en cuando no viene mal. Sería fantástico que vinieras a cenar, porque si mañana te vas, no sé cuándo nos volveremos a ver.

—Pues… —No encontraba ningún argumento para declinar la invitación. Además, todavía estaba con los sentimientos a flor de piel, después de recorrer algunos lugares tan especiales para ella.

—Anda, no me digas que no —le ruega con cariño—. Ya verás que bien lo vamos a pasar.

—De acuerdo, dime dónde es la cena.

—No te preocupes por eso, dentro de hora y media te esperamos en la puerta del hotel. ¿Estás alojada en el Victory?

—Sí, pero no quiero que os molestéis.

—No es ninguna molestia. De hecho, nos coge de paso para ir al restaurante, no te preocupes. Te dejo para que descanses un rato.

El cambio de planes no le hace mucha gracia, sin embargo, Carmen y Eduardo son buenas personas y no quiere quedar mal con ellos, así que soltando un sonoro suspiro decide cambiar la ducha por un buen baño caliente para relajar los músculos.

Hora y media después, se da el visto bueno en los espejos del ascensor.

Ha decidido ponerse para esa cena un pantalón negro y un jersey muy fino sin mangas, con cuello alto del mismo color.

Para quitarle un poco de sobriedad al conjunto, ha optado por unas sandalias de tacón alto de color rojo igual que el bolso.

Pese a no tener claro dónde iban a cenar, ese conjunto quedaría bien para cualquier ambiente.

El pelo se lo ha recogido en un moño bajo dejando algunos rizos sueltos, un poco de maquillaje, una sombra de ojos efecto ahumado, labios color cereza con un toque de brillo y unos grandes aros de plata que le favorecen.

Era todo lo que Sara consideraba un look perfecto.

Lo que no ha sido nada perfecto, ha sido el hecho de encontrarse sentada a la mesa con Jaime y tres parejas más con las cuales no tiene nada en común. De haber sabido que la cena no era solamente con Carmen y Eduardo, jamás habría aceptado. Por esa razón, ahora debe fingir que está muy a gusto.

—No queremos aburrirte con temas nuestros —le dice Silvia con una sonrisa que pretende ser agradable—, cuéntanos algo de ti, el otro día no tuvimos mucho tiempo de hablar para conocernos mejor.

—No hay mucho que contar. Lo cierto es que mi vida es poco interesante.

—Oh, no me digas que es poco interesante, apuesto lo que quieras a que pocas personas pueden decir que han vivido un episodio tan desagradable como el tuyo y aguantar el tipo como si nada hubiera pasado.

En ese momento se hace un silencio tenso y todas las miradas se dirigen a ella esperando alguna contestación.

—No creo necesario repetir lo que ya he dicho antes —le responde lidiando con la incomodidad del momento—. Trabajo y llevo una vida tranquila como cualquier persona.

—Aquí estás entre amigos, de modo que no debes preocuparte, ya que nosotros somos abogados, no fiscales —especifica Silvia sonriendo falsamente—. Haber tenido un marido corrupto y asesino no significa que tú seas cómo él. Además, tengo entendido que no sabías nada, ¿verdad?

—Silvia, vamos a cambiar de tema —la corta Carmen bastante molesta.

—Mi marido no era nada de eso que estás diciendo.

Si ha decidido contestarle, ha sido porque jamás va a consentir que nadie acuse a su marido de ser corrupto, y mucho menos un asesino. Aunque está claro que ha caído como una tonta en la provocación de esta.

—Yo simplemente digo lo que nos han contado —reitera volviendo a la carga.

—Silvia, ¡haz el favor de callarte! —le increpa Jaime en un tono de voz gélido.

—Sí, vamos a hablar de temas más agradables —añade el marido de Silvia incómodo por sus comentarios.

Sara, en otras circunstancias, le habría dicho a esa víbora que dejara de inmiscuirse en su vida.

Yago era el jefe de un comando antidroga y jamás creería nada de lo que había escrito en un sumario.

Ella siempre había estado convencida de que era un error.

Sin embargo, no quiere ponerse en evidencia, ya que seguramente es lo que está buscando la abogada.

—¿Qué problema hay en hablar de ese asunto, Sara? Si tú no tuviste nada que ver. Por lo que sabemos, es cierto que contra ti nunca hubo nada. —Estaba claro que no pensaba desistir.

—Silvia, ¿qué parte no has entendido cuando te he dicho que te calles? —la vuelve a increpar Jaime, cada vez más tenso.

—Oye, ahora no finjas que no te interesa —afirma de forma airada—, porque fuiste tú quien nos puso al corriente de todo, por lo tanto, es justo que ahora nos cuente ella su versión.

La tensión en la mesa va creciendo por momentos, e incluso las dos amigas de la abogada, que hasta ahora no habían abierto la boca, asienten con la cabeza para darle la razón.

Por lo que es evidente, que no es la primera vez que hablan de ese tema.

Sara, por su parte, intenta parecer tranquila comiendo la ensalada de salmón que tiene delante, pero lo cierto es que la rigidez de la mandíbula le hace difícil el proceso de masticar.

Si a todo eso le añadía un fuerte dolor de cabeza que iba en aumento, el reto de permanecer ahí, como si no pasara nada, era todo un desafío.

—Silvia no ha dicho nada malo, simplemente le ha preguntado su opinión. Nadie la está acusando de nada —decide intervenir Carlota en apoyo de su amiga.

—Sí, eso mismo pienso yo —señala Almudena para mostrar su apoyo también—. Estamos seguros de que debes sentir mucha vergüenza, sin embargo, aquí estás entre amigos. De manera que puedes quedarte tranquila, porque sabemos que te investigaron y no encontraron nada en tu contra.

—Jamás he sentido vergüenza. Además, tampoco tengo ninguna obligación de contaros nada, y menos en esta mesa en la cual hay de todo menos amigos —añade enfatizando la última palabra.

—Mujer, tampoco es necesario que te pongas a la defensiva —continúa Silvia sin la menor intención de dejarlo pasar—. No obstante, ahora que tu hijo está saliendo con Blanca, es evidente que ese turbio asunto siempre va a estar en la mente de todos nosotros.