Capítulo 3
Era la fiesta de estudiantes para celebrar el fin del segundo año de carrera, ahora tocaba disfrutar de las ansiadas vacaciones de verano.
Ella y sus amigas estaban en la Calle Rosales, tomando copas y brindando entre risas y bromas.
En un momento de euforia, Sara dio un giro con su vaso de sidra en la mano.
—Ey, ¡mira bien por dónde andas! —le increpó un chico en tono autoritario—, me has tirado la bebida encima.
—Anda, no te enfades, que la noche es joven. ¿No sabes que esto es una señal de buena suerte? —Ambos se quedaron un rato callados desafiándose con la mirada, y al final él decidió alejarse mientras le dijo:
—Lleva cuidado, porque la suerte se te puede acabar —añadió muy serio.
—¿Quién era ese tío? —le preguntó su amiga—. Pobrecito, le has puesto la camisa perdida.
—No tengo ni idea, pero créeme si te digo, tenía los ojos más negros que he visto en mi vida, y además olía de una forma mágica.
—¿Mágica? —le preguntó su amiga sorprendida—. ¿Qué quieres decir?
—No sé cómo explicarlo, es como si de repente, la fragancia de ese chico me hubiera hechizado. Ha sido… —pensó mordiéndose el labio—, igual que inspirar el aroma de un bosque después de la lluvia. —Nunca podría imaginarse, que el olor de ese hombre la acompañaría hasta después de su muerte.
—Sara, qué cosas más raras estás diciendo. Es evidente que esta noche has bebido más de la cuenta.
Han llegado a casa del padre de Yago y cuando han tocado al timbre les ha abierto la puerta una señora.
—Hola —saluda haciéndose a un lado—. Entrad, por favor, no os quedéis ahí. Santiago está hablando por teléfono. Mi nombre es Aurora; tú debes ser Sara; este chico tan guapo, Alberto, y tú, Blanca. Él me ha hablado tanto de vosotros que ya parece que os conozca de toda la vida —comenta muy amable.
Sara no tiene ni idea quién es esta señora delgada con el pelo blanco, vestida con traje beige que se mueve por la casa con total libertad.
Cuando entran en el comedor, Santiago está de espaldas hablando por teléfono acaloradamente con alguien sin ser consciente de la llegada de su familia.
Aurora, al darse cuenta de la situación le toca el hombro haciendo que se gire, y ante la sorpresa, corta rápidamente la llamada sin despedirse siquiera del otro interlocutor.
—Hola, que alegría tan grande me da veros aquí —va diciendo mientras los va abrazando apresuradamente—. No os esperaba tan pronto.
—Abuelo, hemos venido justo a la hora que habíamos quedado.
—Caray, es evidente que se me ha pasado la mañana volando —se queja mirando el reloj.
Sara observa atentamente a su suegro esperando que deje de andar arriba y abajo por el comedor.
—Quería presentaros a Aurora, pero supongo que ya llego tarde.
—Sí, supones bien, ya nos hemos presentado —afirma Sara en tono circunspecto.
—Blanca —le dice Aurora en un tono más alto del que hubiera deseado— ¿qué te parece si me ayudas a preparar unos refrescos? Alberto, estaría bien que me ayudaras tú también a sacarlos a la terraza.
—De acuerdo, vamos contigo a echarte una mano —contesta Alberto instando a su novia para que lo siga.
—Sara —se lamenta Santiago algo apurado cuando se quedan solos—, me habría gustado contártelo antes para no tener que vernos ahora en esta situación tan embarazosa, pero no veía el momento.
—Ella continúa sin decir nada—. No sabía cómo os ibais a tomar la noticia, tenía miedo, y por esa razón lo he ido posponiendo todo lo que me ha sido posible.
—Todavía no sé qué tratas de decirme.
—Está claro que os ha sorprendido encontrar una mujer en casa.
—¿Y?
—No me lo pongas más difícil, por favor —añade mirándola suplicante— Ella es la mujer con la que estoy viviendo.
—¿Estáis viviendo juntos desde hace mucho tiempo?
—Desde principios de año. Nos conocimos en septiembre, en las fiestas de San Mateo, y cuando pasaron las Navidades tomamos la decisión.
—¿Y por qué no nos habías contado nada?, ¡han pasado meses! —protesta algo cabreada.
—Tienes razón, lo que ocurre es que al principio me daba miedo decirlo por si las cosas no iban bien y, por otro lado, también pensé que tu madre os lo habría dicho, pero acabo de enterarme de que no ha sido así.
Lo siento, sé que he sido un cobarde, sin embargo, os ruego que no me lo tengáis en cuenta.
—No estoy enfadada porque hayas rehecho tu vida, pero sí que estoy dolida por no habernos contado que vives con ella. Me sorprende que pienses que nos íbamos a enfadar.
—Ahora me hago una idea del error que he cometido, perdóname —le pide bajando la mirada.
—¿Eres feliz? —le pregunta más calmada.
—Sí. Nunca pensé que volvería a tener ilusión al levantarme por las mañanas —explica mirándola de nuevo—.
Sara, antes de nada, me gustaría que entendieras que no lo busqué, simplemente surgió, y quise darme otra oportunidad.
No sabes lo importante que es para mí, que tú y Alberto conozcáis a Aurora.
Le he hablado tanto de vosotros que ya tenía ganas de conoceros, es muy buena mujer.
Ella también es viuda —le va contando algo apurado.
—Santiago —se acerca a él poniéndole una mano en el brazo—, me ha sorprendido la noticia, pero eso no significa que no esté contenta.
Estoy convencida de que Alberto pensará igual que yo.
Desgraciadamente, ya has sufrido bastante.
De manera que, si ahora eres feliz, por nosotros no te preocupes, porque no vamos a juzgarte.
Te queremos demasiado y tu felicidad es la nuestra.
—Gracias, que tonto he sido por no haberte llamado antes y habértelo contado.
Estar con Aurora no significa que vaya a olvidar a María, puesto que ella formó parte de mi vida durante muchos años en los cuales fuimos muy felices, pero aquella etapa se cerró de manera trágica.
Con ello no trato de justificar la relación que tengo con esta mujer —añade con pesar—, pero hice todo lo que estaba en mi mano para sobrevivir a la muerte de mi único hijo, y después traté de proteger a María, la cual iba autodestruyéndose día a día ante mí, sin poder remediarlo.
—No te sientas culpable, por favor. Pusiste todo tu empeño por ayudarla a salir de aquella horrible depresión, y a pesar de todos tus esfuerzos, ella tomó la decisión de quitarse la vida.
—Ya lo sé. En realidad, con el paso de los años he llegado a la conclusión de que no quería seguir viviendo porque la vida para ella era un infierno.
—Anda, vamos a la terraza —agrega tratando de cambiar de conversación— y mientras nosotras nos tomamos un refresco, aprovechas para llevarte a tu nieto al parque con el propósito de poneros al día sin que nadie os interrumpa.
—¡Qué peso me quitas de encima! —dando un suspiro, añade—. Sara, ahora que ya está todo aclarado, quiero pedirte algo.
—Adelante, dime, ¿qué puedo hacer por ti?
—Quiero que me prometas, que si alguna vez encuentras a un hombre…
—ella iba a protestar, pero él no la deja—.
Por favor, déjame acabar. Eres muy joven y mi hijo ya se llevó todo el amor que podías darle, que estoy convencido de que fue muchísimo.
Pero él ya no está, por lo tanto, necesito que me prometas que, si te surge la oportunidad de rehacer tu vida, hagas lo mismo que he hecho yo.
—No te puedo prometer algo que no sé si podré cumplir; pero si encuentro a alguien que me haga sentir, que vale la pena volver a enamorarme, al menos lo intentaré. —Aunque tenía muy claro que eso no iba a suceder. Sin embargo, eso no se lo iba a confesar a su suegro.
Cuando terminaron de comer decidieron dar un paseo hasta el Cerro de Santa Catalina .
No hacía falta hablar entre ellos para saber que ese recorrido era necesario, ya que desde allí arriba, hacía algo más de cinco años, habían esparcido las cenizas de Yago, y meses más tarde las de su madre.
Sara jamás olvidaría aquel instante porque fue ahí donde empezó a ser consciente del terrible hecho de haber perdido a su marido para siempre.
Si no hubiera tenido a Alberto a su lado, quizá se habría planteado la posibilidad de ir tras él.
Sin embargo, todo eso formaba parte del pasado y la vida le iba dando algo de paz, la cual no sería completa hasta no saber la verdad sobre la muerte de Yago.
Al caer la tarde, se marcharon a casa de los padres de Sara con la firme promesa de Alberto de volver para despedirse de ellos, antes de viajar a Estados Unidos.
—Mamá, deja ya de ponerme cosas en la maleta, no te puedes hacer una idea del miedo que tengo por si no me dejan subir al tren por exceso de peso.
—Hija, solamente te estoy poniendo unos quesos y algo de embutido para ti y tus amigas.
—Pero, si aún me quedan, y estoy segura de que a mis amigas también —le dice riendo—. Hazme el favor de sacarlos inmediatamente.
—De eso nada, mi amor —insiste su madre—. Cuando llegues a Madrid, le regalas uno a los tíos de Blanca, otro a su padre, y los otros a quien te dé la gana.
—Me parece que me voy a comer los quesos en el tren —responde pensando en Jaime—, no me apetece regalarle ningún queso a nadie.
—Lo siento, cariño, pero ya no hay vuelta atrás.
—¿Qué quieres decir? —inquiere volviéndose hacia su madre para mirarla a los ojos.
—Veras hija —titubea dándole la espalda—, se lo he dicho a Blanca esta mañana, y se ha puesto muy contenta. Y enseguida ha llamado a su familia para decírselo.
—¿¡Qué has hecho qué...!? Yo no voy a ir a verlos —protesta cabreada.
—Me dijiste que te quedabas en Madrid a pasar la noche, ¿qué te cuesta dárselos?
—¡Claro que me cuesta! —exclama interrumpiendo a su madre—. No tenía pensado verlos hasta que Alberto y Blanca no vuelvan de Benidorm.
—Lo siento, cariño, no sabía que te iba a ocasionar tanta molestia —se lamenta la mujer alzando las manos.
—Ahora ya no hay remedio. Anda, vamos a dejarlo así —añade viendo que su hijo y su nuera llegan en ese momento.
—Bueno, es hora de irnos. El abuelo llegará enseguida para llevarnos al aeropuerto.