La esencia del bambú Capítulo 2 #3
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Capítulo 2 #3

—Oh, papá no digas tonterías, le he preguntado a Alberto y me ha dicho que le caes muy bien. Por lo tanto, vamos a zanjar ya ese tema, porque está a punto de llegar, y no quiero que vea que estamos hablando mal de su madre.

—Ese es otro detalle que corrobora mi teoría. No entiendo por qué no se ha quedado aquí a dormir, habiendo sitio de sobra —dice Jaime mirando a su hija— . Ha tenido que molestar a Alberto para que la lleve de vuelta al hotel.

—Ella quería irse en taxi, todos lo habéis escuchado, y Alberto, de paso que la llevaba ha ido a recoger unas pastillas que me hacen mucha falta —al ver que su padre la mira serio, añade—.

Papá, son las pastillas para la irritación de garganta.

Mañana vamos al norte, y allí sabes que refresca por las noches.

—Yo no he dicho nada. —Aunque le repatea ver que su niña se acuesta con su novio, no va a decirle nada, puesto que ya es mayor de edad.

—Cariño, tu padre no entiende que ya estamos en los noventa y todo eso de virgen hasta el matrimonio ya está pasado de moda. Además, no creo que piense que en Estados Unidos vais a dormir en habitaciones separadas —comenta Carmen riendo.

Al llegar a Oviedo, Sara inspira el aire que le recuerda a su infancia. Su padre les está esperando en la entrada de la casa fingiendo tranquilidad, pero sus ojos delatan la emoción que siente al verlos.

—Hola, papá —saluda dándole un abrazo—, cada día estás más guapo.

—Y tú cada día que pasa, tienes el pelo más rojo —bromea mirándola con cariño—.

Si ahora pudiera verte tu “güela”  sin duda estaría encantada de ver que has heredado su mismo color.

¿Este abogado es mi nieto?—pregunta mirando por encima del hombro de Sara—.

Ven que te dé un buen abrazo para darte la enhorabuena.

Y a esta novia tan guapa que tienes, también debo felicitarla por lo mismo que a ti. ¡Qué orgulloso estoy de vosotros!

—¿Dónde está mamá? —le pregunta su hija.

—Ha ido un momento a comprar unas cosas. No entiendo cómo puede haber olvidado comprar algo, después de estar una semana llenando la despensa sin parar —ese comentario hace que los cuatro empiecen a reír.

—Papá, vamos un momento a dejar las maletas y ahora nos reuniremos contigo en el patio para ponernos al día mientras llega mamá —responde mientras se alejan por el pasillo.

—Selmo, ¿hace mucho que han llegado?, ¿dónde están? —interroga a su marido mirando a todas partes.

—Tranquila, acaban de llegar —responde sonriendo con cariño—, están dejando el equipaje.

Ahora que el tiempo va cicatrizando las heridas, la familia vuelve a sonreír.

Irene ha sufrido mucho, igual que su marido al ver a su hija y a su nieto pasar por un suceso tan horrible.

Ellos trataron de convencer a Sara para que se vinieran a vivir con ellos, pero no lo consiguieron, por esa razón decidieron trasladarse a Málaga un tiempo, para tratar de darles todo el apoyo que necesitaban.

Selmo acaba de cumplir setenta y cinco años, cuando se jubiló cedió la empresa de quesos artesanos a su hijo mayor, Rodrigo, que fue el único que decidió seguir los pasos de su padre cuando terminó la universidad.

Gracias a la magnífica calidad de los productos y a sus gestiones en marketing , ha conseguido introducirlos en el mercado europeo.

La empresa fue creada por el abuelo de Selmo, y aunque al principio solo la componían padres e hijos, en la actualidad contaban con casi treinta trabajadores.

Irene pasó a formar parte de la empresa cuando se casó, demostrando una capacidad excelente para combinar los trabajos de oficina y por otro lado el cuidado de los tres hijos.

—Hola, abuela, qué alegría tan grande —la saluda Alberto mientras no para de darle besos.

—Anda, no seas zalamero —lo aparta despacio con los ojos brillantes—, que bien podías haber venido desde Madrid, más a menudo. Ahora mismo te vas al otro lado del charco y seguramente te olvidarás de nosotros.

—Eso no va a suceder nunca. Sabes que no podría olvidar los chorizos y los quesos tan buenos que tienes en la despensa.

—Ya sabía yo que no era cariño de nieto —responde divertida mientras le da un cachete.

—Mamá, dale más fuerte para que no se olvide de ti.

—Te lo mereces por desconsiderado —añade Blanca riendo a carcajadas.

—No le deis más alas a la abuela, que me va a partir el cuello.

—¿Cómo van las cosas por Málaga? —le pregunta su madre cuando están solas en la cocina.

—Bueno, el trabajo requiere toda mi atención, pero no me quejo, en realidad me viene muy bien, gracias a todo ese estrés, apenas me queda tiempo para pensar.

—Debo suponer que todo sigue igual.

—Si, pero, de todas formas, la semana que viene hablaré con Antonio por si hubiera alguna novedad.

—No quiero que vivas toda la vida obsesionada con eso.

—No estoy obsesionada, aunque está claro que no voy a dormir tranquila hasta que salga la verdad a la luz. Nadie. Nadie. Nadie me hará cambiar de idea por muchas pruebas que digan todo lo contrario. El caso está muy claro para ellos, pero no para mí.

—Ya lo sé, hija mía —le dice mientras la abraza para reconfortarla al verla tan triste—. Nosotros también pensamos que murió un hombre inocente.

—Vamos a cambiar de tema —remarca dando un suspiro—, no quiero que Alberto me vea así. Él también ha sufrido demasiado, y sé perfectamente que se va a sentir muy mal si me ve llorar.

—Tienes toda la razón.

—Ay, mamá —añade tratando de reponerse—: ¡qué orgulloso se sentiría Yago si lo viera! Cuando era pequeño le hizo prometer mil veces que jamás estudiara para ser policía, él no quería que siguiera sus pasos. Por eso, si pudiera verlo ahora.

—Sí que estaría orgulloso. —Suspira, y tras un momento en silencio, comenta algo indecisa—. Bueno, hablando de todo un poco —le pregunta aclarándose la garganta—, ¿has hablado con tu suegro últimamente?

—Le llamé el otro día para decirle que iríamos a verlo mañana, ¿le pasa algo?

—Eh… no. Bueno, sí.

—Mamá, no me asustes por favor.

—Oh, no le pasa nada malo —dice riendo restándole importancia con la mano— . Dejaré que te lo cuente él, pero quédate tranquila, porque se encuentra bien. En realidad, muy bien diría yo.

El día con la familia fue gratificante, Rodrigo había venido a comer con sus dos hijos. Solamente faltó Nicolás, el mediano de los hermanos. Es arquitecto, hace diez años se fue de vacaciones a Suecia y allí encontró trabajo. Ahora solamente viene a España en Navidad y en agosto para las fiestas.

A la mañana siguiente han madrugado para ir después de desayunar a visitar a su suegro. Sara no puede deshacer el nudo que se le forma en la garganta cada vez que recorre los rincones de la ciudad, donde ella y Yago pasaron tantos momentos felices.

De pronto, se ha puesto a recordar la primera vez que lo vio.