La esencia del bambú Capítulo 2 #2
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Capítulo 2 #2

—Aquí no he querido que mi hija cambie la decoración.

—Al ver que ella lo mira interrogante, él añade—.

Cuando compré aquella casa hace años, no me esforcé mucho a la hora de amueblarla, pero con el tiempo, ella se empeñó en decorarla tal y como está ahora.

Decía que era deprimente ver una casa tan bonita, decorada con tan mal gusto.

Así que tomé la decisión de dejarla que la arreglara como a ella le pareciera bien el día que cumplió los dieciséis años.

—Pues el resultado ha sido magnífico —afirma en tono sincero.

—Sí. Al principio me dio un poco de miedo, pero el decorador que había contratado me tenía informado de todo, y no vi ningún inconveniente en dejarla escoger a su gusto.

Mientras van hablando, Jaime se fija en que hoy ha venido vestida con pantalón vaquero azul marino y camisa sin mangas de color rosa palo.

Las sandalias de tacón también son azules.

Lleva la melena suelta y ondulada que le llega más abajo de los hombros haciendo que su aspecto sea más desenfadado.

También hoy luce esas pecas, las cuales le siguen llamando la atención.

Él, en cambio, ha optado por unos pantalones de lino de color marrón oscuro, polo blanco y unos mocasines a juego.

Mientras le va mostrando la casa no le pasa desapercibido como ella observa cada estancia con interés. Si no fuera la madre de Alberto —piensa mientras caminan—, le haría preguntas más personales.

—Estas cuatro habitaciones son las de invitados. Y esta es la de Blanca —le dice abriendo la puerta—. Bueno, ahora ya no la utiliza porque ella y Alberto prefieren la casa del jardín.

Al entrar en la habitación, lo primero que llama la atención es lo grande que es, nada que ver con las otras.

Tiene un gran ventanal semicircular con una repisa de terciopelo de color verde claro, a juego con dos sofás pequeños del mismo color, y una mesita redonda en el centro con varias figuritas de madera de vivos colores.

La cama es de forja y madera con mesitas a los lados a juego, los cuadros de las paredes, no cabe duda de que representan todos los viajes que ha hecho Blanca a lo largo de su vida, en los cuales aparece ella con su padre y algunas con Alberto.

En el tocador, que se encuentra en un rincón, hay una foto de una mujer muy guapa junto a una niña de unos tres años, ambas muy sonrientes. Sara la ha mirado más tiempo del que ella habría querido, y por esa razón Jaime se ha dado cuenta.

—Es Blanca junto a su madre, esa foto fue tomada poco antes de que ella muriera.

—Lo siento, tuvo que ser algo horrible —le dice tratando salir del apuro.

—Sí, creo que puedes hacerte una idea, aunque es evidente que no se pueden comparar ambas pérdidas, puesto que las causas fueron infinitamente distintas.

Sandra era una mujer extraordinaria que no merecía morir —mirándola fijamente, añade en tono incisivo—.

Creo que por hoy es suficiente, se ha hecho un poco tarde.

Ya te mostraré el resto de la casa en otra ocasión.

—Me parece perfecto —responde en tono cáustico por el comentario tan hiriente que le ha hecho. Tras salir a paso ligero por el amplio pasillo, ha llegado a la conclusión de que ese hombre es un perfecto imbécil.

«¿Qué ha querido decir, que Yago sí merecía morir?», piensa con rabia contenida.

Cuando empiezan a llegar los primeros platos del almuerzo, Sara se encuentra más tranquila, ya que Carmen, no deja de contar anécdotas de ella y de su hermano Jaime de cuando eran pequeños.

Decía que al ser cinco años mayor que él, le daba el poder suficiente para tomarle el pelo la mayoría de las veces.

—Carmen, deja ya de reírte de mí, porque aún no te he perdonado por todas las fechorías que me atribuían a mí, siendo tú la culpable.

—Es que eras tú el que las perpetraba —se burla, señalándole con el dedo mientras se ríe.

—Pero tú eras el cerebro pensante —reitera el anfitrión, señalándole con el dedo también.

—Y tú el ejecutor —insiste la hermana poniendo cara de inocente—. De hecho, podrías haberte negado, en cambio, parecía que disfrutabas mucho.

—Por esa razón me hice abogado; practiqué mucho de pequeño intentando defender mi inocencia. —Todos empiezan a reír por ese comentario.

Carmen es una mujer de cincuenta y cinco años, morena, pero el flequillo lo tiene blanco, y sus ojos son iguales que los de su hermano y su sobrina.

Está claro que es un rasgo familiar. Lleva un bonito vestido simulando una blusa holgada en tonos verde y dorado, que hace que no se le note que es ancha de caderas.

Está casada con Eduardo, un hombre bastante discreto.

Él lleva el pelo hacia atrás con grandes entradas, su cara es redonda, lleva gafas de montura negra, y va vestido con pantalón negro y camisa de seda blanca.

A pesar de parecer mayor, tiene la misma edad que su mujer.

—Sara —Silvia, la amiga y socia de Jaime se dirige a ella—, me ha llamado la atención lo joven que eres para tener un hijo tan mayor.

—Gracias, pero no soy tan joven —le dice tratando de descubrir si era un insulto o un halago lo que le decía esa mujer.

No obstante, pronto iba a salir de dudas, ya que su sonrisa era tan falsa como el volumen de sus labios.

—Bueno, tienes razón, mirándote bien, no eres tan joven —responde con suficiencia—. Hoy en día la cirugía hace milagros.

—Sí, hace milagros, pero en mi caso la única cirugía que me han hecho fue cuando me fracturé un dedo de pequeña. —No iba a comentar la otra cirugía que, a pesar de ser traumática, le salvó la vida.

—No era mi intención ofenderte —añade rápidamente.

—Y no me has ofendido en absoluto. No tengo nada en contra de la cirugía estética, cada cual con su cuerpo puede hacer lo que le dé la gana.

—Yo no tendría ningún problema en pasar por el quirófano si me dejaran la cara y el cuerpo igual que cuando tenía veinticinco años —admite Carmen con resignación—, pero como eso no va a ocurrir, mejor me quedo como estoy.

—Hacer algo de ejercicio y comer saludable también es una buena opción.

—Sara, eso es muy fácil decirlo y muy difícil cumplirlo. De manera que yo no pienso machacarme en un gimnasio —contesta Silvia mirándose las uñas.

—Yo no tengo tiempo de ir a un gimnasio. Me paso la vida en la notaría, y el trabajo me ocupa todo el tiempo. —Al ver que su marido se tapa la cara con las manos, añade—. Vaaale, ya sé que es una excusa muy pobre.

—Carmen, siempre te pido que me acompañes —le dice su marido.

—Sí, pero cuando salgo del trabajo, solamente tengo ganas de una ducha, una copita de vino, y desconectar de todo. Aunque algunas veces voy caminando a casa y eso también es ejercicio.

—Sara, ¿tú vas al gimnasio? —le pregunta Silvia.

—Sí, y además, también me gusta salir a correr un rato siempre que puedo.

—No entiendo qué gracia le encuentras a sudar como una cerda. Bueno, es evidente que yo tengo buena genética y no necesito ese sacrificio —remarca con orgullo.

—Cariño, si fueras al gimnasio no te agotarías cada vez que se estropea el ascensor, por no mencionar, que te vendría muy bien para que la carne se te pusiera más prieta —ironiza su marido riendo.

—Alfredo, te crees muy gracioso, ¿no? —Achina los ojos mirándolo con rabia.

Silvia tiene cuarenta y nueve años, luce una melena por los hombros de color negro.

No es muy alta, pero lo disimula por los tacones tan altos que se ha puesto.

Está claro que cuida mucho su imagen por lo bien maquillada que va.

Viste un traje sin mangas de color rojo a juego con sus carnosos labios.

Su marido es algo mayor que ella, tiene el pelo negro peinado hacia atrás marcándole unas pronunciadas entradas, lleva gafas plateadas rectangulares, está claro que no cuida tanto su imagen como ella, aunque hoy va vestido con pantalón vaquero en color negro y un polo blanco.

Jaime, en el rato que ha estado observando a las mujeres hablar, ha descubierto dos cosas de Sara.

La primera: que los pechos y los labios son auténticos, si no ha mentido, y la segunda; que la nota tensa en todo momento, y, aunque intenta aparentar lo contrario, a él no ha conseguido engañarle en absoluto.

Cuando la ha visto mirar fijamente la foto de Blanca junto a Sandra, le ha dado mucha rabia imaginar, que ella diera por hecho que ambas muertes se podían comparar.

Su mujer murió por una cruel enfermedad que en pocas horas la mató.

En cambio, su marido murió por jugar sucio y salirle mal los planes.

Por lo tanto, no tenía ningún interés en mostrar empatía con esa mujer, la cual siempre lo miraba como si le perdonara la vida.

Cuando ya caía la tarde Sara se ha excusado para no quedarse a cenar, alegando estar muy cansada.

Además, al día siguiente tenían que madrugar para tomar el tren que los llevaría a Gijón.

Jaime por su parte, tampoco ha insistido en que se quedara, puesto que no le apetecía pasar más rato con esa mujer, la cual solo le dedicaba miradas desagradables.

—Papá, deja de decir que Sara es antipática —le dice riéndose—. Espera que tome confianza y ya verás. Mira, la tía Carmen piensa lo mismo que yo, hasta el tío Edu que apenas habla, dice que Sara es maravillosa.

—No sé dónde le veis la gracia a esa mujer. Está claro que Alberto no ha salido a su madre.

—Estoy totalmente de acuerdo contigo, Jaime. Esa mujer es más agria que un limón —añade Silvia en tono de burla.

—A mí Sara, me cae muy bien —comenta Carmen tomando un trozo de pastel—.

Las veces que nos hemos visto se muestra muy cálida.

Bien es verdad, que al hablar contigo —indica dirigiendo la mirada hacia su hermano—, la noto bastante a la defensiva.

No sé cómo explicarlo. Diría que es educada, pero con la escopeta cargada —ironiza riendo ante su propia gracia.

—¿Ves?, la tía Carmen también se ha dado cuenta —se lamenta mirando a su hija—. A mí no me engaña, esa mujer tiene algo en contra mía.