Capítulo 2
Al “indeseable” lo tuvo sentado enfrente durante la cena.
Jaime no dejó de escrutarla y lanzarle preguntas, que lejos de ser inocentes encerraban un claro deseo de saber cosas de su vida.
Pero ella se mostró esquiva en todo momento, sin embargo, eso no se lo iba a contar a su hijo.
Menos mal, que de vez en cuando le sonaba el móvil y eso hacía que lo perdiera de vista.
—La noche fue mejor de lo que pensaba, ya sabes que con los tíos de Blanca me llevo fenomenal.
En cambio, con las otras parejas apenas hablé, ya que durante la cena cada uno hablaba de sus cosas, y el padre de Blanca…
—se queda un momento pensando, y al final añade—, en realidad lo describiría como un lobo con piel de cordero.
—Mamá, no vi que mordiera a nadie. Creo más bien que eras tú la que le lanzabas dentelladas.
—¿Yo? —añade fingiendo inocencia—. Nadie puede decir que anoche no me porté educadamente.
—Sí, fuiste muy educada, aun así, se notaba que le tienes un poco de ojeriza. Y no entiendo por qué.
—No le tengo ojeriza, aunque no me vas a negar que te mira como si no se fiara de ti.
—Si no se fiara de mí, no estaría con su hija, eso te lo puedo asegurar. Además, Blanca se habría dado cuenta de algo así y no lo consentiría. Mamá, ves cosas donde no las hay, relájate por favor. Ya no soy un crío, y si viera que no se fiase de mí, ten por seguro que le preguntaría el motivo.
—Bueno, si tú lo dices —lo tranquiliza alzando las manos—. Anda, prepárame un café, que hoy te voy a hacer sudar.
Nadie pudo prever, ni en la peor de las pesadillas, que a Yago lo asesinaran y que por esa razón se sintieran como un barco en plena tempestad. Fueron muchos cambios en solo unas horas, o más bien en minutos, porque al recibir esa noticia ya nada iba a ser como antes.
Alberto era un adolescente, y al tener que enfrentarse a la muerte de su padre en esas circunstancias, se sintió traicionado.
Por lo que se volvió más rebelde, ya que no encontraba respuestas a todas las dudas que surgieron sobre aquella trágica muerte; y más cruel fue el hecho de notar el recelo de la gente.
Sara aún no había asimilado lo que acababa de ocurrir y, paralelamente, los agentes de policía le exigían que contestara a las mismas preguntas una y mil veces.
Es más, ni siquiera le concedieron un instante para llorar.
Su cabeza daba vueltas como un tiovivo sin que ella pudiera hacerlo parar.
Su cuerpo se mantenía en pie, mientras su alma en algún momento desapareció, dejándola vacía.
Su corazón todavía existía dado que lo notaba golpear contra su pecho, haciendo que respirar fuese toda una proeza.
Hizo falta mucho tiempo para que las aguas se calmaran y también poner algo de orden al caos emocional y, por supuesto, a la nueva versión de ellos mismos.
Ahora, cinco años después, la relación madre e hijo volvía a ser muy buena.
Alberto, por fin había entendido que su madre, al obligarle a irse a Madrid para estudiar, lejos de hacerlo por deshacerse de él por las continuas peleas, lo hizo para protegerlo de aquellas personas que, de un día para otro, dejaron de ser amigos para convertirse en jueces y verdugos.
En aquel momento a Sara le costó muchísimo tomar esa dura decisión, en cambio, sabía que había acertado plenamente; sin duda, ella sola podía enfrentarse a todo y a todos, sin embargo, Alberto era demasiado joven y vulnerable.
—Blanca, vamos a perder el avión; aunque a mi madre no le importaría en absoluto, así que date prisa.
—Ya voy, estoy confirmando que todas las ventanas las dejo cerradas. Ahora nos vemos en la calle.
—Mamá —le llama Alberto entrando desde el jardín—, recojo tu equipaje para llevarlo al coche.
—No entiendo por qué tenemos que ir en avión, el tren también es un medio de transporte muy válido —se queja mientras busca sus llaves.
—Venga, no seas cobarde, que no te pega nada. En avión tardamos la mitad, así que no pongas más excusas y vámonos, que no hay tiempo que perder.
—Sara, deberías haberte tomado alguna pastilla para relajarte —comenta su nuera cuando están subiendo al avión dos horas más tarde—. Siento que tengas que pasar un mal rato.
—Me he tomado una infusión, con eso y vosotros a mi lado, creo que el problema está casi resuelto. No te preocupes —le dice tratando de tranquilizar a su nuera. O, mejor dicho, tratando de convencerse a sí misma.
—Mamá, ya vamos a despegar —le dice con cariño mientras le aprieta la mano llevándosela al pecho—. Sabes que estando yo a tu lado, nada malo puede sucederte.
—Ya lo sé, “ pequeño héroe” —responde mirándolo con ternura—, pero me fastidia que hayas dejado a Blanca sola en otro asiento.
— No pasa nada, ahora lo importante es que pases este mal rato cuanto antes. Ella no tiene miedo, así que relájate, que pronto estaremos en el aire.
Sara no puede evitar el horror que siente cada vez que sube a un avión y llega el momento del despegue o del aterrizaje.
El rugido de los motores cuando están al máximo para coger altura o descender, mezclado con el ligero mareo que eso le produce, hace que lo pase realmente mal.
De ahí, que el viaje a Oviedo para ver a la familia lo vayan a hacer en tren.
Al llegar a Madrid, se produce un momento de tensión, debido a que ella se ha negado en rotundo a instalarse ese fin de semana en la casa del padre de Blanca. No han logrado convencerla a pesar de la insistencia de su hijo y su nuera.
—Sara, por favor. Hay una casa de invitados en el jardín, por eso no entiendo que quieras irte a un hotel.
—Ya lo hemos hablado. De manera que no insistáis más, aprecio vuestra hospitalidad, pero así me sentiré más cómoda —reitera tomando a Blanca por la cintura y dándole un beso—. Anda, no le deis tanta importancia.
—Ya te dije que por mucho que le insistamos no la vamos a convencer, mi madre es muy cabezota.
—Un momento —remarca la joven sacando el teléfono del bolso—. Mi padre me está llamando, seguramente querrá saber si ya hemos llegado. Mientras vais a por el equipaje, hablo con él.
—Hola cielo, ¿habéis llegado?
—Sí, hace diez minutos. Alberto y su madre han ido a recoger las maletas.
—Ah, perfecto. En ese caso no creo que tardéis mucho en llegar.
—Bueno, primero vamos al hotel para que Sara deje su equipaje, y después ya vamos a casa.
—No tiene sentido que se quede en un hotel habiendo aquí espacio de sobra —le dice molesto.
—Nosotros también le hemos dicho lo mismo, pero ella así lo ha decidido, y nos ha pedido que, por favor, que no insistamos más.
—¿A qué hotel vais? —prefiere no hacer más comentarios.
—Al Victory Center , es en el que siempre se aloja cuando viene a Madrid.
—De acuerdo, entonces nos vemos en un par de horas —responde su padre antes de colgar.
—No entiendo la actitud de esa señora —murmura hablando solo—.
La otra noche me pareció una mujer fría y distante, nada que ver con todos los elogios que mi hija le atribuye.
Cada vez que intentaba entablar una conversación, ella me contestaba escuetamente, sin darme ocasión de alargar el diálogo.
En cambio, con mi hermana Carmen y mi cuñado, la cosa fue bien distinta.
Con ellos se mostraba cálida y amable, e incluso a veces divertida.
Parecía dos mujeres en una, y a mí por lo visto me tocó la parte desagradable.
Aunque, a decir verdad, sí que hubo un momento en el que me dedicó una fría sonrisa, y fue cuando me entregó su regalo, y me dijo: “Cuando la he visto, no he tenido ninguna duda de que era la ideal para ti”.
La muy cabrona me regaló una corbata que había que mirarla con gafas de sol.
Para la comida de ese día, ha vuelto a invitar a su hermana y a su marido, y de paso, también a Silvia y Alfredo, que son amigos y socios en el bufete. Blanca por su parte, ha invitado a unos amigos de ella y de Alberto, para darse un baño en la piscina y pedir unas pizzas.
—Hola —les saluda Jaime cuando entran en el salón dos horas más tarde.— Los demás aún no han llegado, ¿qué tal el viaje?
—Bien —le dice su hija en tono jovial—, lo que pasa es que hace un calor horrible.
—Hola, Sara —la saluda dándole un fuerte apretón de mano, demorándose más de lo normal en soltarla. Simplemente, le apetece hacerla rabiar un poco—. Me ha dicho Blanca que has preferido alojarte en un hotel.
—Hola —añade sintiéndose turbada al ver que Jaime no le suelta la mano.— La verdad es que me sentiré más cómoda así, pero gracias por ofrecerme vuestra casa.
—Alberto —comenta acercándose y dándole una palmada en la espalda— tienes una madre muy vergonzosa. Espero, que ahora que vamos a tratarnos más a menudo, se le pase.
—Papá, no digas eso. Sara no tiene vergüenza.
—Nada más salir esa frase de su boca, se da cuenta de cómo ha sonado y trata sin éxito de arreglarlo, logrando que los cuatro rían a carcajadas—.
Me parece que me voy a preparar algo de beber, siento que me ha subido mucho calor de golpe.
Alberto, vente conmigo y me ayudas a elegir algo fresco.
Papá, ¿por qué no aprovechas y le enseñas la casa a Sara?
—Ella va a protestar puesto que no le apetece quedarse a solas con él, pero no le da tiempo, ya que Blanca, muy sonriente, se ha llevado a su novio a la cocina a paso ligero.
—Bueno, ¿me acompañas? —pregunta el hombre mirándola atentamente con una sonrisa que no le llega a los ojos.
—De acuerdo, si no hay más remedio —dice con desgana comenzando a andar a su lado—. Veo que el estilo no tiene nada que ver con la casa de Marbella.
Sara aún recuerda la decoración de la casa de la playa. Los tonos grises y blancos de los muebles, las alfombras de yute y los estores de color blanco, poco tienen que ver con el estilo de esta casa.