Capítulo 1 #3
—Bueno, eso ya lo veremos. Ahora quiero presentarte a Sara.
—Hola, soy Jaime. Realmente, tenía muchas ganas de conocerla, mi hija se pasa la vida hablándome muy bien de usted. —En ese momento trata de darle un beso para ser cortés, pero Sara adelanta la mano para dejarle claro cuál va a ser el saludo, quedándose desconcertado durante un microsegundo.
—Hola, mi hijo en cambio, apenas habla de usted. —Decide ser educada, pero no hipócrita.
—Espero que, aunque hable poco de mí, no lo haga de forma negativa.
—Sí. Puede estar tranquilo, Alberto es un buen chico y no le gusta hablar mal de la gente, aunque se lo merezcan —responde desafiándole con la mirada.
Jaime se queda muy sorprendido al conocer a la madre de Alberto.
Es evidente que no se siente a gusto por la forma tan tensa con la que le habla.
De hecho, por mucho que intenta disimular, no lo ha conseguido en ningún momento.
Ha observado que es pelirroja, mide casi un metro setenta y sabe que tiene cuatro años menos que él.
No es excesivamente delgada, la blusa que lleva es algo ajustada, remarcando unos pechos que le hacen sospechar que deben ser de silicona.
Sus ojos son color verde oscuro, muy bonitos, y sus labios también deben ser operados porque son demasiado perfectos para ser reales.
Su piel es de un tono claro y le ha resultado muy curioso comprobar que no haya tratado de disimular la gran cantidad de pecas que le cubren los pómulos y la nariz.
—Bueno, ahora que ya he hecho las presentaciones, ¿qué os parece si os tuteáis para que nos sintamos todos más cómodos? —Ambos se quedan callados un instante ante la sugerencia de Blanca, por eso Jaime decide contestar rápidamente para salvar el momento de tensión.
—Por mí no hay ningún inconveniente —comenta mirando a Sara fijamente—, no veo ninguna razón para tantos formalismos. ¿Qué te parece?
—Ah, de acuerdo. –En ese momento llega Alberto, y todos se giran para recibirle.
—Ya he presentado a nuestros padres, así que podemos tomar una copa mientras van llegando los demás. Sara, a mi padre ya le conté que diriges el Hotel Torre Nazarí Coast.
Seguidamente, se acercan a una pérgola con el techo de madera, compuesta por cuatro pilares de piedra y unas bonitas cortinas que la rodean.
El suelo de color marrón contrasta con los sofás blancos y varios cojines en tonos diferentes de azul y gris.
En el centro hay una mesa baja de cristal con velas encendidas, creando una sensación de bienestar.
Sara no pierde detalle de todo lo que la rodea.
Ha notado el olor a maresía, y eso le hace pensar en la ventaja que tiene de vivir tan cerca de la playa para salir a correr.
También se ha fijado que el jardín está muy bien cuidado, y ese detalle le encanta porque es una apasionada de todo lo concerniente a la jardinería.
—Tengo algunos clientes que me han hablado muy bien del hotel que diriges —agrega tratando de entablar una conversación amable.
—Bueno, nuestro objetivo es que nuestros huéspedes se sientan tan a gusto que sueñen con volver —le contesta sin mucho entusiasmo mientras observa la bonita decoración.
—Sí, eso también nos pasa en nuestro bufete. Tratamos de ser los mejores para que nuestros clientes sueñen con volver. —Jaime se ha dado cuenta demasiado tarde de la estupidez que acaba de decir, pero ha preferido no añadir nada más para no empeorarlo.
La cena transcurrió mejor de lo que pensaba; su hijo y su nuera le dedicaron mucha atención.
También los tíos de Blanca estuvieron a su lado en todo momento.
Antes de marcharse decidieron volver a quedar para comer juntos la próxima semana.
Jaime apenas tuvo tiempo de estar con ellos, ya que las constantes llamadas para felicitarlo hicieron que apenas tuvieran tiempo de hablar.
Por esa razón, Blanca, bastante molesta, le hizo prometer a su padre que, la próxima vez tenía que apagar el móvil.
—Mamá —la llama Alberto entrando por la puerta de la cocina—, ¿te has levantado ya?
—Sí, dame un minuto que estoy al teléfono —le contesta desde el comedor.
—Ok, mientras voy preparando café.
—Buenos días, ¿qué horas son estas de madrugar? Anoche llegamos a las tres y apenas han pasado cinco horas —le dice su madre entrando a la cocina.
—¿Me lo dices tú que ya estás vestida para salir a correr? —la reprende con cariño—. Me he levantado porque el ruido de los dichosos “cucos” no me dejaba dormir. No entiendo por qué a Blanca ese sonido no la despierta, pero he de confesarte que también me apetecía salir a correr contigo.
—Y es evidente que también has venido porque te pica la curiosidad por saber qué opinión tengo del padre de Blanca —ironiza con una sonrisa de medio lado—. Cariño, te he parido y te conozco demasiado.
—Bueno, a decir verdad, eso también me interesa —afirma rascándose la cabeza—, aunque estabas algo incómoda, parece que al final no estuviste tan borde como imaginaba. Yo también te conozco lo suficiente para haberme fijado en eso.