Capítulo 1 #2
Alberto es un chico alto, mide un metro ochenta y cinco, tiene los hombros anchos y es moreno con los ojos negros. Aunque es un poco más alto de lo que lo fue su padre, el parecido de ambos es evidente.
—Pues estáis de suerte, porque tengo tiempo y ganas para mimaros bastante —dice Sara frotándose las manos, haciendo reír a la pareja—. Si queréis, me podéis traer toda la ropa para lavar.
—Shhh, shhh. Mamá, no empieces. Nos hemos traído casi todo limpio y lo demás, lo vamos a poner en nuestra lavadora.
Fue una desgracia muy grande para los padres de Yago perder a su único hijo y, además, de esa forma tan espantosa. Por ese motivo, ocho meses más tarde, su madre no lo pudo superar y se tomó un combinado mortal de pastillas.
Santiago, roto de dolor por la muerte de su hijo y de su esposa, tomó la decisión de vender la casa y la farmacia en la que habían trabajado muchísimos años, y se fue a vivir cerca de la playa de San Lorenzo. Decía que no podía soportar vivir rodeado de tantos recuerdos.
Cuando su nieto cumplió la mayoría de edad, le dio dinero para que disfrutara de su herencia mientras él aún estuviera en este mundo, o al menos esas fueron sus palabras.
Alberto no perdió la ocasión y se compró el bungalow que está al lado del de su madre y lo primero que hizo fue quitar parte del muro de atrás para que se comunicaran ambas viviendas a través del jardín; de ese modo, estaban juntos, pero cada uno tenía su propia casa.
Poco a poco lo fue arreglando con la ayuda de su madre, aunque dos años más tarde, cuando empezó su relación con Blanca, las ideas de decoración de su novia prevalecían por encima de las de su madre.
Este hecho, lejos de ofender a Sara, le dio mucha alegría ya que veía a su hijo muy enamorado.
—Sara, no te preocupes, solamente hemos traído la ropa de verano, lo demás lo hemos dejado en Madrid listo para empaquetarlo y enviarlo a…
—Vale, vale, no quiero interferir en vuestros planes —añade alzando las manos.
—Ahora nos vamos a organizar nuestras cosas, y en una hora nos vemos para comer. Ya estoy salivando, pensando en esa “caldereta gijonesa” que preparas mejor que nadie en el mundo —le dice Alberto agarrando a su madre por la cintura.
—Cuántas ganas tenía de comer otra vez ese rico manjar. Me gustaría que algún día mi padre también pudiera disfrutar de esta delicia.
A Sara el comentario de su nuera, le ha hecho rechinar los dientes, pero se ha abstenido de mostrar el repelús que le da pensar en cocinar para ese hombre. Alberto ha observado a su madre disimuladamente, porque sabe que ese comentario no le ha gustado.
—Bueno, daros prisa que en una hora tendré la mesa preparada. Tenemos que celebrar que ya sois abogados.
Ha llegado el viernes por la noche más deprisa de lo que Sara hubiera querido, apenas faltan unas horas para ir a la fiesta de cumpleaños.
Aunque el padre de Blanca vive en Madrid, la cena va a tener lugar en la casa que tienen cerca de Marbella.
Este hecho la ha dejado muy tranquila, por lo que en poco más de una hora llegarán en coche.
Sara está acostumbrada a asistir a cenas de gala.
Por lo tanto, no tiene ningún problema a la hora de abrir su armario y encontrar ropa adecuada.
Aunque hoy, precisamente, se siente algo tensa ya que no tiene decidido qué modelo elegir.
Si dependiera de ella se pondría un chándal, para demostrarle a ese hombre lo poco que le importa su cena de cumpleaños.
Pero por nada del mundo piensa poner en evidencia a Blanca, y mucho menos a su hijo, así que al final, ha escogido un pantalón de raso negro con una blusa de seda color verde sin mangas, con un escote en forma de V en la espalda.
Ha elegido unas sandalias de tacón doradas muy cómodas con el bolso a juego.
Seguidamente, se ha maquillado con colores suaves que la favorecen.
Además, no quiere llamar la atención, piensa que cuanto menos la miren, mejor.
Se ha puesto unos pendientes de aro formados por pequeños diamantes con anillo a juego, que le habían regalado sus padres cuando terminó la carrera de Empresariales, y en la muñeca derecha lleva el cordón de cuero con pequeñas piedras de colores que le trajo Alberto, de un viaje que hizo a Egipto.
Las uñas de las manos y las de los pies las lleva pintadas de color cereza, que es su preferido.
El pelo se lo ha recogido en un moño bajo para lucir el escote de la espalda.
—Mamá, voy a ver qué gimnasia haces, es increíble lo bien que estás. Pareces mi hermana en vez de mi madre.
—Qué exagerado eres —bromea dándole una palmada en el brazo.
—Esta noche voy a presumir de suegra —le dice su nuera con admiración mientras suben al coche—.
Realmente estás guapísima. Bueno, esta noche y siempre.
Sara, quédate tranquila puesto que a mis tíos ya los conoces y van a estar a tu lado.
A mi padre y al resto de invitados les vas a caer genial, no me cabe la menor duda.
—Sí, por esa parte estoy tranquila, las veces que he coincidido con tus tíos, he de reconocer que hemos congeniado muy bien.
—Ya verás como también va a ser igual con mi padre.
Alberto trata de disimular la risa que le está dando la conversación, al ver como su novia no deja de repetir las virtudes de su padre, ya que ésta intuye que Sara, no está muy convencida de asistir a esa cena.
Cuando llegan a “la casa de la playa” —como la llaman coloquialmente— se abren unas grandes puertas de hierro forjado, dando paso a un largo camino asfaltado con mucha vegetación a ambos lados.
Aunque está anocheciendo, se puede distinguir claramente la fachada de color blanco con grandes cristaleras, también blancas, y un gran porche con columnas de piedra.
Al acercarse a la puerta principal, Sara y Blanca bajan del coche mientras Alberto se dirige a un garaje que está detrás de la casa.
—Hola, señorita, bienvenida a casa —saluda una chica de unos treinta años vestida con falda y blusa de color negro, con el cuello blanco y delantal del mismo color—. Su padre los está esperando en el jardín.
—Gracias, Alicia —dice dirigiéndose a Sara—. Como es pronto no habrá llegado nadie, así que estaremos más tranquilos. Mira, ahí viene papá.
Sara habría preferido encontrarse primero con los tíos de Blanca, de ahí que sus nervios hayan aumentado de forma peligrosa cuando ve acercarse a un hombre bastante alto con los ojos azul claro —en ese momento se da cuenta de que su hija los tiene igual, aunque la mirada de él es bastante fría—.
Viste pantalón gris y una camisa negra, la cual hace resaltar su pelo casi blanco.
Tiene la nariz recta y el labio inferior es más grueso que el superior.
Se puede decir, sin ningún género de duda, que es un hombre atractivo.
—Hola, papá —lo saluda dándole un beso, seguido de un cálido abrazo–. Ya podemos discutir de leyes de igual a igual.
—Hola, cielo. —Sonríe frotando la nariz con la de su hija—. Aún te quedan muchos años para poder rebatir mis argumentos y ganarme.