La esencia del bambú
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Capítulo 1
Alguien me dijo una vez, que el destino siempre nos guarda alguna grata sorpresa para compensarnos por las adversidades que nos va dando la vida.
También me aseguró que nuestra actitud era esencial para decidir si queríamos seguir adelante y volver a ser felices, o por el contrario quedarnos anclados en la amargura.
Hoy es uno de esos días en los que siento una felicidad inmensa. Mi hijo me ha llamado por teléfono para comunicarme, que por fin ha recibido sus notas, y como era de esperar, me ha dicho que son las mejores.
Ya puedo presumir de tener un abogado joven y guapo en casa.
He terminado de hablar con él, y con mucha añoranza me he sentado en el suelo en un rincón de mi habitación para aferrarme a lo que todavía me hace sentir, que mi marido sigue conmigo.
Cuánto daría, aunque fuera solo un instante, por ver la cara de orgullo que pondría hoy al recibir esta noticia.
Desgraciadamente, eso nunca ocurrirá, porque hace exactamente, cinco años, un mes y cuatro días que murió. O dicho de una forma más justa: hoy hace exactamente, cinco años, un mes y cuatro días que a Yago lo asesinaron.
—Hola, chicas, ¿habéis pedido ya algo de beber? —pregunta Sara mientras se sienta a la mesa del restaurante donde están sus dos amigas— Tenemos que celebrar que Alberto ya es abogado. Bueno, sabía que lo iba a conseguir, pero ahora ya es oficial.
—Oh... ¡Qué alegría!, vamos a pedir un buen vino para celebrarlo —exclama Rocío muy alegre dando palmitas—. Cuando tenga que pleitear con mi ex, ya sé a quién voy a llamar para que me represente.
—Sara, enhorabuena, Alberto es un chico muy listo y es evidente que siempre va a conseguir todo lo que se proponga —le dice Sindy apretando su mano.
—Sí, yo también pienso lo mismo —da un suspiro—, aunque ahora viene lo más doloroso para mí.
Tengo que afrontar que se va dos años a Estados Unidos para hacer un máster, y lo voy a tener demasiado lejos; porque una cosa es que él esté en Madrid y yo aquí en Málaga, y otra muy distinta es tenerlo en la otra punta del mundo.
—No te preocupes por eso, podéis hablar por teléfono.
También puedes ir a verlo cuando te dé la gana, que para eso eres la directora de un hotel, y puedes tomarte alguna semana libre —le dice su amiga Rocío moviendo la mano para restarle importancia—.
Por lo tanto, ahora vamos a hablar de lo que realmente nos interesa.
Sara intenta animarse con lo que le acaba de decir su amiga, porque sabe que se va a sentir muy sola, ya que su único hijo se va a seguir con sus estudios muy lejos.
Por otro lado, le tranquiliza muchísimo saber que no se va solo, su novia se va con él, puesto que ambos han estudiado la misma carrera y van a hacer el máster juntos.
Mientras sus amigas no dejan de animarla —gesto que ella agradece enormemente—, sigue rondándole en la cabeza la sombra de la pena por no poder compartir esa alegría con su difunto marido.
—¿Estás preparada para conocer a tu consuegro? —le pregunta Sindy guiñándole un ojo.
—No me queda más remedio que verle la cara a ese energúmeno.
En realidad, he pospuesto ese momento todo lo que he podido con toda clase de excusas, pero ahora que nuestros hijos se van a estudiar fuera, ya no tengo escapatoria.
Y para añadir más emoción —expresa en tono mordaz— el día de su cumpleaños.
—Sabemos perfectamente que vas a moverte como pez en el agua —la anima Rocío—, estás muy acostumbrada a lidiar con toda clase de gente.
—Ya lo sé, aunque esta vez es distinto.
Por el bien de mi hijo voy a hacer todo lo posible para que no se me note lo mucho que me fastidia tener que conocerlo.
Nunca le voy a perdonar que le pusiera las cosas difíciles a Alberto —dice en tono airado—.
Yo acepté a Blanca por el simple hecho de ver a mi hijo muy feliz, y en cambio, ese cretino se lo hizo pasar mal a él, porque seguramente, no lo consideraba adecuado para su hija.
—Alberto nunca se ha quejado.
—Ya lo sé Rocío, todo lo que pude averiguar, me lo contaban sus amigos. Él siempre lo ha negado para no preocuparme, estoy convencida de eso. ¿Quién se ha creído que es, para hacer sufrir a mi hijo? —protesta muy cabreada.
—Jaime Montenegro es uno de los mejores abogados que hay en Madrid y supongo que quería asegurarse de quién era el chico que estaba saliendo con su hija.
Eso no es nada malo. Ahora que lo conoce, seguramente se llevan muy bien —le dice Sindy en tono conciliador—.
Anda, vamos a cambiar de tema y cuéntanos qué le vas a regalar, y no nos digas que un frasco de cianuro. —Las tres comienzan a reír.
—Pues no sería mala idea. Por eso le pregunté a Blanca qué le podía regalar a su padre y me comentó que le gustan las corbatas, a ser posible de colores discretos.
Por esa razón he decidido comprarle esta que es bastante alegre —entornando los ojos y bajando el tono de voz, añade mientras se la muestra a sus amigas—.
A ver si tiene “huevos” para ponérsela algún día. —Las tres vuelven a reír.
Después de un agradable almuerzo, han decidido irse a una cafetería que está cerca de la playa para tomar una copa.
A pesar de tener horarios muy diferentes, hacen todo lo posible para quedar a comer o cenar siempre que pueden, además del gimnasio, que coinciden de lunes a viernes a las siete de la mañana.
—Entonces, ¿reservo el vuelo para el día 4 de septiembre?
—inquiere Sindy moviendo en círculos su copa de gin-tonic —.
Ahora estamos a tiempo, faltan tres meses, de modo que podemos conseguir sentarnos las tres juntas.
Me niego a estar junto a algún desconocido, de esos que se quitan los zapatos y se quedan durmiendo, babeando sobre mi hombro.
—Por mí perfecto —dice Rocío—. Mis “mellis” esos días estarán con su padre. Hay que ver la ganas que tengo de descansar de ese par de adolescentes en plena efervescencia.
—A mí también me parece bien, quiero estar sentada junto a vosotras por el motivo que sabéis de sobra.
Ya sé el hotel donde nos vamos a alojar, la semana pasada lo dejé todo arreglado con un colega de Dublín.
Pero solo cuatro noches porque estoy revisando mi agenda —dice mientras va pasando las hojas, muy atenta—, y la tengo muy apretada para ese mes.
También necesito tomarme algunos días libres para estar con mi familia.
Los meses de verano son complicados, aun así, creo que podré arreglarlo.
—Tú siempre tienes lío, deberías delegar más en la gente que tienes a tu cargo.
—¿Y qué te hace pensar que no lo hago? —comenta, sin levantar la cabeza de la agenda.
—El estrés que se refleja en tu cara —se queja Sindy otra vez—.
Eres una mujer muy capaz de dirigir ese hotel y diez más si te lo propones, sin embargo, hay tareas que no necesariamente tienen que pasar por tu supervisión.
Fíjate en mí; me niego a ser una esclava de mi trabajo.
Por esa razón, cuando acabo mi jornada dejo de preocuparme hasta el próximo día.
Tú, en cambio, estás pensando en él, incluso durmiendo.
Sindy es propietaria de una inmobiliaria, y está soltera. Tiene cuarenta y un años muy bien llevados, ya que es una mujer muy atractiva. Mide un metro setenta, rubia natural con una melena corta con flequillo y ojos de color miel.
—Siento tener que darle la razón, no tengo más remedio, trabajas demasiado y eso es negativo para tu salud. Debes cuidarte más.
—Sois un poco exageradas. Me gusta mi trabajo, delego en los demás todo lo que puedo, lo que ocurre es que hay muchas cosas que debo solucionar yo. También estoy siendo observada con lupa por mi jefe, por eso tengo que ser perfecta.
—Oh, no me puedo creer que todavía ponga en duda tu integridad —se lamenta Rocío poniendo los ojos en blanco—. No es justo.
Rocío es endocrina. Trabaja en el hospital Universitario de Málaga, tiene cuarenta y seis años, está divorciada y tiene dos hijos mellizos de quince años.
Mide un metro sesenta, lleva el pelo muy corto color castaño con mechas rubias, y sus ojos negros en forma de almendra resaltan en su cara menuda.
Ella siempre se queja de que le sobran cuatro kilos que se han quedado a vivir para siempre en su cuerpo, más concretamente en su “trasero”, como ella lo llama coloquialmente.
Fue en ese hospital donde conoció a Sara, hace cuatro años, cuando se la asignaron como paciente porque había perdido mucho peso en pocos meses, a consecuencia de una terrible desgracia que sufrió.
Más tarde se hicieron amigas y confidentes.
Rocío acababa de separarse y ambas decidieron apuntarse al gimnasio para ponerse en forma.
Allí conocieron a Sindy y las tres congeniaron a la primera.
—¡Mamá, ya estamos en casa! —dice Alberto entrando por el jardín de atrás que se comunica con la cocina—. Ese olor tan rico, ¿es la comida que nos estás preparando?
—Hola, “pequeño héroe” —le dice Sara lanzándose a sus brazos emocionada.
—Hola, “reina mora”—contesta Alberto dándole un sonoro beso—. Parece que hace mil años que no me ves y han pasado solo dos meses.
—Hola, Blanca —saluda a su nuera mientras se seca una lágrima—. Ven que te dé otro abrazo, que a ti también te he echado de menos.
—Hola, Sara, ya tenía ganas de venir para que me mimaras un poco. Estas últimas semanas han sido las más duras, pero al final hemos conseguido nuestro objetivo. Por lo tanto, ahora toca disfrutar —le dice sin dejar de abrazarla.
Blanca es una joven muy guapa, es delgada y casi tan alta como su novio.
Tiene el pelo largo de color castaño, sus ojos azul claro destacan en su fino rostro.
Tiene una sonrisa muy cálida y, aunque pueda parecer que es muy tímida, cuando se encuentra en un ambiente que le gusta, se muestra bastante comunicativa.
Desde que se conocieron ella y Sara se tomaron mucho cariño y complicidad; tanto es así, que a veces Alberto les acusa de unirse en su contra.