Capítulo 32 La esclava
LA ESCLAVA
—Mi decisión —respondió.
Al-Manzur observó la mano con la que sostenía el rostro de Morlevo.
—Entonces decide.
—Primero quiero conocer las condiciones.
—Ya las conoces. Permanecerás en el palacio, recibirás mi marca delante de Azmar y aceptarás la autoridad de esta casa. A cambio, suspenderé la persecución.
—No es suficiente.
Rashid soltó una risa.
—Has venido a rendirte y todavía quieres negociar.
Esmeralda no lo miró.
—Ligia, Naima, los niños y todos los que se encuentran en el cementerio saldrán de la ciudad. Tus soldados no los seguirán.
La oscuridad se movió bajo la piel de Al-Manzur.
—¿Y Morlevo?
—Será liberado.
—No —dijo Morlevo.
Esmeralda mantuvo la mirada fija en el rey.
—Recibirá atención para sus heridas y podrá abandonar Azmar cuando pueda caminar.
—No voy a marcharme sin ti —dijo él.
—Nadie te ha preguntado.
—Eso nunca te ha impedido desobedecerme.
—Dejaste de ser mi comandante junto al río.
—Nunca fui tu comandante.
—Entonces deja de darme órdenes.
Al-Manzur levantó una mano. Rashid sujetó la cadena de Morlevo y tiró de ella. El comandante cayó de costado. La flecha se movió dentro del hombro y un hilo de sangre descendió hasta su pecho. Esmeralda se puso de pie.
—Si Rashid vuelve a tocarlo, no aceptaré nada.
—¿Estás segura de que todavía puedes retirarte? —preguntó Al-Manzur.
—Si no pudiera, ya habrías comenzado la ceremonia.
El rey apoyó la espalda contra el trono.
Durante un instante, la oscuridad desapareció de las grietas de su rostro.
Los ojos que observaron a Esmeralda pertenecían solo a Al-Manzur.
Parecía más viejo de lo que ella había imaginado.
La piel colgaba alrededor de su boca y el blanco de los ojos estaba manchado de amarillo.
—Tu madre habló de la misma manera la noche en que intentó huir —dijo.
—Mi madre no conoció este palacio.
—Tu madre nació en él.
Morlevo dejó de forcejear con las cadenas. Samir levantó la cabeza. Esmeralda sintió el impulso de mirar hacia ambos, pero no apartó los ojos del rey.
—Estás mintiendo.
—Eso dijo ella cuando le revelaron el nombre de la casa a la que pertenecía.
Al-Manzur se levantó. La túnica cayó alrededor de su cuerpo con un peso extraño, como si algo se moviera debajo de la tela.
—La mujer que te dio a luz fue la última hija de la casa que gobernó estas tierras antes de que mi padre ocupara el trono. Debía unir su sangre con la nuestra y cerrar una guerra que había durado tres generaciones. En lugar de hacerlo, escapó.
—Mi madre cultivaba hierbas y remendaba su propia ropa.
—Laleh, la partera del palacio, le enseñó a esconderse y a vivir como una mujer común. Por eso los recuerdos que conservas no se parecen a los de una heredera.
Esmeralda recordó la forma en que Naima había mirado la mitad de la corona cuando Ligia la sostuvo. No había sido sorpresa. Había sido reconocimiento.
—¿Por qué nunca me lo dijo?
—Porque sabía que yo continuaba buscándola.
—Me dijeron que mi madre había muerto.
—Eso necesitábamos que creyeras. Laleh ayudó a Naima a escapar del palacio y la llevó hasta Yusuf. Tu madre vivió varios años en Luzar, te dio a luz allí y aprendió a ocultar todo lo que la corona podía reconocer.
Esmeralda recordó las manos cubiertas de harina, la resina quemada durante las tormentas y una voz que no pertenecía a una reina. Al-Manzur convirtió esos recuerdos en pruebas sin conseguir apropiárselos.
—¿Cuándo llegó Ligia? —preguntó.
—Laleh regresó a la aldea con una recién nacida perteneciente a otra rama de la casa anterior.
Naima aceptó criarla como hija y ocultar su sangre junto a la tuya.
Poco después, mis hombres encontraron el rastro de tu madre y ella desapareció para alejarlos de ustedes.
Yusuf y Laleh continuaron criando a las dos niñas.
—Laleh sigue viva.
—Partió hacia el norte cuando nuestras búsquedas volvieron a acercarse a Luzar. Pregúntale por qué dejó de escribir y por qué prefirió que la creyeran muerta antes que señalar el lugar donde se ocultaba Naima.
Esmeralda dio un paso hacia el trono.
—Ligia es mi hermana.
—Sí. No por la sangre, sino porque Naima, Yusuf y Laleh eligieron que crecieran como hermanas. Ligia es la niña que la casa anterior debía mantener oculta.
—¿Hija de quién?
La voz de Daruk salió por las grietas del rostro del rey.
—De la casa que todavía me debe un cuerpo.
El salón pareció contraerse. Las lámparas perdieron fuerza y las sombras de las columnas se extendieron por el suelo hasta tocar los pies de Esmeralda.
—No lo escuches —dijo Morlevo.
Al-Manzur volvió el rostro hacia él.
—Tú sabías que buscábamos a dos muchachas.
—Nos dijeron que habían escondido a las hijas de unos rebeldes.
—Y aun así entraste en la aldea.
La mandíbula de Morlevo se endureció.
—Sí.
Esmeralda recordó las antorchas entre las casas, el olor de los techos incendiados y a su padre cayendo sobre la tierra húmeda.
—No habría cambiado nada —dijo ella.
Morlevo la miró.
—Esmeralda…
—Aunque hubieras sabido quiénes éramos, habrías cumplido la orden.
Él no respondió. Aquello fue peor que una defensa. Al-Manzur descendió los escalones del trono.
—Tu aldea no fue elegida al azar. Tu padre murió porque trató de impedir que mis hombres encontraran a Ligia y a ti. Morlevo convirtió el lugar en una tumba para ocultar su fracaso.
Esmeralda sintió que la mano buscaba la daga escondida en la costura. Morlevo vio el movimiento. No intentó detenerla.
—Si deseas matarme —dijo—, hazlo después de sacar a Ligia de la ciudad.
Rashid tiró de sus cadenas.
—No tendrás un después.
—Sí lo tendrá —respondió Esmeralda—. Forma parte de mis condiciones.
Al-Manzur se detuvo delante de ella. De cerca, el cuerpo parecía aún menos humano. Un segundo pulso recorría su cuello y se perdía debajo de la túnica.
—Puedes exigir la libertad de los fugitivos —dijo—. Morlevo es diferente.
—Entonces no hay acuerdo.
—No abandonarás el palacio después de haber escuchado la verdad sobre tu madre.
—Puedo abandonarlo precisamente por eso.
La oscuridad volvió a cubrir los ojos del rey. Daruk la miró desde el interior.
—Quieres saber qué es Ligia.
—Quiero que salga de Azmar.
—Nunca llegará a las montañas. La corona la traerá de regreso.
—Entonces será un problema para después.
—Siempre has tenido demasiada confianza en el después.
—Y tú demasiada en el miedo.
Algo golpeó las puertas del salón. Después llegó otro impacto. Los cuerpos encadenados a las columnas comenzaron a gemir. Las venas oscuras que los unían con la piedra se hincharon al mismo tiempo. La séptima campanada estaba cerca. Al-Manzur levantó una mano y el salón quedó en silencio.
—Acepto que los fugitivos abandonen Azmar. Mis soldados no cruzarán la puerta norte hasta el amanecer.
—No basta. No enviarás hombres detrás de ellos cuando termine la noche.
—Estarán fuera de mi territorio.
—Hasta las montañas.
Rashid se acercó al rey.
—No puedes concederle eso. Los niños han visto los túneles y las cámaras.
—Por eso saldrán con ellos todos los soldados que decidan abandonar tu servicio —añadió Esmeralda—. Nadie será perseguido por desertar esta noche.
Rashid desenvainó la espada.
—No estás en posición de desmantelar el ejército.
—Ella no —dijo Morlevo—. Tú lo hiciste cuando comenzaste a entregar familias a una criatura que utiliza sus cuerpos para extenderse por las paredes.
Rashid golpeó a Morlevo con la bota. Esmeralda sacó la daga. La hoja llegó al cuello de Al-Manzur antes de que los guardias pudieran detenerla. Samir avanzó desde el trono. La mitad de la corona brilló entre sus dedos. Las sombras del salón se levantaron.
—Baja el arma —dijo él.
Esmeralda apretó el filo contra la piel abierta del rey.
—¿También vas a pedirme que obedezca?
—La sangre lo alimenta.
—Entonces será mejor que Rashid deje de derramarla.
Al-Manzur hizo un gesto. Rashid se apartó de Morlevo. Esmeralda mantuvo la daga en su lugar.
—¿Por qué viniste con él? —preguntó a Samir.
—Porque necesitaba entrar en el palacio.
—Entregaste tu espada.
—Era la única forma de llegar hasta Al-Manzur con la corona.
—También le dijiste que yo seguiría a Morlevo.
Samir miró al comandante.
—Sabía que era cierto.
—Me utilizaste.
—Utilicé lo que él había hecho contigo.
Morlevo intentó levantarse, pero las cadenas lo obligaron a permanecer de rodillas.
—Ella no es algo que puedas utilizar.
Samir sonrió sin alegría.
—Eso resulta extraño en boca del hombre que la compró.
Esmeralda presionó la daga hasta que una gota negra apareció en el cuello de Al-Manzur. Las sombras retrocedieron.
—Los dos van a callarse.
Samir bajó la mirada. Morlevo respiró con dificultad.
—Tú también formarás parte del acuerdo —dijo Esmeralda a Samir—. No entregarás esa mitad de la corona hasta que Ligia y los demás se encuentren fuera de Azmar.
—No puedes ordenarme eso.
—Entonces no vuelvas a fingir que hiciste todo esto para salvarnos.
Samir observó la pieza que sostenía.
—Si la conservo, Daruk continuará dentro de Al-Manzur.
—Si se la entregas, Daruk tendrá una mitad de la puerta que pretende abrir.
—Sé cómo cerrarla.
—Eso fue lo que dejó dentro de ti para que vinieras.
La expresión de Samir cambió. Al-Manzur sonrió.
—Naima ha hablado demasiado.
—Naima no tuvo que explicarme por qué Samir estaba dispuesto a confiar en una idea que Daruk sembró mientras intentaba abrir una grieta en él.
Samir dio otro paso.
—Lo vi. Si las dos piezas se unen mientras Daruk permanece dentro del rey, puedo encerrarlo.
—Y encerrarás a Azmar con él.
—No lo sabes.
—Tú tampoco.
Esmeralda extendió la mano que sostenía la daga.
—Entrégame la pieza.
Samir no se movió.
—No.
La respuesta dolió más de lo que ella esperaba. No porque Samir hubiera elegido conservar la corona, sino porque lo hizo sin vacilar. Al-Manzur tomó la muñeca de Esmeralda. El contacto fue helado.
—Ya conoces el valor de las decisiones de los hombres que aseguran protegerte. Ahora toma la tuya.
Ella apartó la mano y guardó la daga.
—Morlevo será liberado. Samir conservará la corona hasta que los fugitivos crucen las montañas. Rashid no se acercará a ninguno de ellos.