Capítulo 32 La esclava #2
—Pides demasiado.
—Tú necesitas demasiado.
El rostro de Al-Manzur volvió a abrirse. Dentro de él, Daruk parecía sonreír con una boca que no existía.
—¿Y qué recibiré?
—Permaneceré en el palacio.
Morlevo cerró los ojos.
—No.
—Recibiré la marca delante de la ciudad —continuó Esmeralda— y no intentaré cruzar las puertas de Azmar mientras cumplas cada condición.
—Di la palabra.
—¿Cuál?
Al-Manzur se acercó hasta que sus rostros quedaron separados por unos centímetros.
—Esclava.
El término recorrió el salón. Las personas encadenadas a las columnas levantaron el rostro. Los guardias inclinaron las armas y Rashid volvió a sonreír. Esmeralda miró a Morlevo. Había sangre en su boca y una furia inútil en los ojos.
—No se la entregues —dijo.
—No le estoy entregando nada.
—Él no necesita que lo comprendas. Solo que pronuncies la palabra delante de Daruk.
—Entonces procuraré que Daruk escuche exactamente lo que voy a decir.
Esmeralda volvió el rostro hacia Al-Manzur.
—Si liberas a Morlevo, permites que los fugitivos salgan y respetas las demás condiciones, aceptaré que esta corte me llame la esclava.
El rey dejó de sonreír.
—No he pedido que aceptes un nombre.
—Es lo que recibirás.
—Debes reconocerme como dueño.
—No.
Las paredes se estremecieron. Rashid levantó la espada.
—Arrodíllala.
Los guardias se acercaron. Esmeralda se arrodilló antes de que pudieran tocarla.
—No necesito que nadie me obligue.
Al-Manzur la observó desde arriba.
—¿Te arrodillas ante mí?
—Me arrodillo ante el acuerdo que acabas de aceptar.
—Todavía no lo he aceptado.
Esmeralda sacó la daga y la colocó sobre el suelo.
—Entonces mátame y busca la otra mitad de la corona sin mi sangre.
La séptima campanada comenzó. El sonido descendió desde las torres y atravesó el palacio.
Las grietas del rostro de Al-Manzur se abrieron hasta las orejas.
Daruk trató de hablar. Solo salió un gemido.
La corona brilló entre las manos de Samir.
La oscuridad de las paredes avanzó hacia Esmeralda, pero se detuvo alrededor de su cuerpo.
Las líneas negras no consiguieron tocarla. Al-Manzur comprendió lo que ocurría.
—La corona ya te ha reconocido.
—Por eso no puedes marcarme sin que yo lo permita.
La campanada continuó. Cada columna vibró. Algunos de los cautivos comenzaron a sangrar por la nariz y los oídos. Al-Manzur levantó ambas manos.
—Acepto.
Las cadenas de Morlevo cayeron. Él se desplomó sobre el suelo. Esmeralda corrió hacia él, pero Morlevo levantó un brazo.
—La ceremonia —dijo—. Si te mueves antes de que lo declare ante la corte, utilizará cualquier excusa para romper el acuerdo.
Rashid recibió una caja de madera de manos de un guardia. Dentro había un sello de hierro unido a una empuñadura de hueso. Al-Manzur lo tomó y lo acercó a una de las lámparas. El metal comenzó a calentarse.
—Descubre el hombro —ordenó.
Esmeralda abrió la túnica y dejó expuesta la parte superior del pecho. El sello llevaba la figura de una corona atravesada por una cadena. Morlevo intentó ponerse de pie. No lo consiguió. Samir dio un paso hacia Esmeralda.
—No tienes que hacer esto.
Ella lo miró.
—Llegas tarde.
—Puedo utilizar la corona.
—No sabes qué hará.
—Y tú no sabes qué hará la marca.
—Sí lo sé. Permitirá que todos crean que Al-Manzur ha ganado.
—Eso no impedirá que te convierta en lo que pretende.
—Entonces recuerda que fuiste tú quien me trajo hasta aquí.
Samir retrocedió. Al-Manzur retiró el hierro del fuego.
—Cuando lleves esta marca, las puertas reconocerán tu cuerpo. No podrás abandonar Azmar sin que yo lo sepa.
—Tú tampoco podrás fingir que no aceptaste mis condiciones.
El rey apoyó el sello debajo de su clavícula.
El dolor llegó antes que el olor. Esmeralda apretó los dientes.
La piel ardió y el calor penetró hasta el hueso, pero no apartó el cuerpo.
La oscuridad entró por la herida. Durante un instante vio el palacio desde todas sus paredes.
Sintió las cámaras subterráneas, los cuerpos unidos a las columnas y algo inmenso que respiraba debajo del trono. Daruk habló dentro de ella.
—Ya eres mía.
Esmeralda cerró la mano sobre la muñeca de Al-Manzur.
—Todavía no.
Apartó el hierro. La piel había quedado negra alrededor de la marca.
Una línea de sangre descendió entre sus pechos.
Al-Manzur se volvió hacia la galería abierta sobre el salón.
Las puertas exteriores comenzaron a moverse.
Detrás de ellas apareció la multitud reunida en el patio y las escaleras del palacio.
Miles de rostros miraron hacia el interior.
—Azmar ha esperado demasiado para recuperar lo que le pertenece —declaró el rey—. La última heredera de la casa que gobernó antes que nosotros ha regresado por voluntad propia.
Esmeralda miró hacia él. Aquello no formaba parte del acuerdo.
—Desde esta noche llevará mi marca, permanecerá bajo mi protección y responderá ante esta corona —continuó Al-Manzur—. La ciudad la conocerá como la esclava del rey.
La multitud repitió la última palabra.
—Esclava.
Las voces no parecían humanas. Surgían de las personas, las paredes y los cuerpos enterrados debajo del palacio.
—Esclava.
Morlevo consiguió levantarse. Un guardia trató de detenerlo, pero Al-Manzur hizo un gesto para que lo dejara pasar.
El espectáculo necesitaba un testigo derrotado.
Morlevo recogió del suelo la capa oscura que Rashid le había quitado.
Caminó hasta Esmeralda y la colocó sobre sus hombros para cubrir la marca. Los dedos le rozaron el cuello.
—Acabas de encadenarte a esta ciudad —murmuró.
—Me habría encadenado si hubiera pronunciado las palabras que quería.
—Encontrará la manera de utilizarlas.
—Nosotros también.
Morlevo sostuvo el borde de la capa. La mano temblaba por la pérdida de sangre.
—No habrá un nosotros si no salgo vivo de este salón.
—Entonces deja de sangrar.
—No había pensado en eso.
Esmeralda sujetó su cintura antes de que cayera.
Desde la galería, Samir los observaba. La mitad de la corona continuaba entre sus manos.
La culpa había desaparecido de su rostro y en su lugar había algo más difícil de reconocer.
No era odio hacia Morlevo. Tampoco la resignación de quien aceptaba haberla perdido.
Era la mirada de un hombre que acababa de comprender que todavía podía obligarla a elegir otra vez.
La multitud repitió el título que Al-Manzur le había impuesto.
Esmeralda levantó el rostro y permitió que todos vieran la marca.
La esclava no era lo que el rey poseía. Era el nombre de la mentira que ella acababa de obligarlo a creer.
FIN