Capítulo 31 La elección imposible #4
Antes de separarse, distribuyeron las últimas responsabilidades.
Safiya conduciría a los fugitivos por la ruta norte; Nadira viajaría con Naima, Ligia y Maha para atender las heridas.
Yasmina llevaría los registros robados que podían demostrar las ventas de Rashid.
Talia decidió permanecer dentro de Azmar y abrir la salida de los sirvientes cuando sonara la séptima campanada.
Maela había enviado un mapa desde las habitaciones interiores y continuaría fingiendo obediencia.
Soraya mantendría cerrada la escalera del templo, no por lealtad a Esmeralda, sino porque Daruk había intentado reemplazarla con una criatura que usaba su rostro.
Ninguna alianza era limpia. Precisamente por eso Esmeralda confió en las tareas concretas y no en las promesas.
—Debemos prepararnos.
Esmeralda limpió la sangre de sus manos.
Cambió el vestido roto por una túnica oscura que pertenecía a una de las mujeres del cementerio.
Escondió la daga de Samir en la costura y dejó todas las demás armas con Safiya.
Cuando salió de la cripta, la tarde había desaparecido.
Sobre Azmar había un cielo sin estrellas.
Las torres del palacio parecían unirse con las nubes y las líneas negras cubrían ya todas las calles.
Caminó sola. La multitud se abrió a su paso. Nadie trató de tocarla.
Las personas inclinaban la cabeza cuando ella pasaba, como si la reconocieran. Al llegar a las escaleras del palacio, encontró una fila de soldados con el rostro cubierto. El primero extendió la mano.
—La corona.
—No la traje.
El hombre no se movió.
—La corona —repitió con la voz de Daruk.
—Dile a Al-Manzur que puede recibirme a mí o continuar esperando un objeto que no encontrará.
Los soldados permanecieron inmóviles. Después las puertas se abrieron.
Esmeralda atravesó el vestíbulo. Las paredes respiraban.
Cada columna estaba rodeada por cuerpos encadenados.
Algunos pertenecían a hombres de Al-Manzur.
Otros eran sirvientes, mujeres y niños llevados desde las calles.
Las venas oscuras unían sus muñecas con la piedra.
Sira había dicho la verdad. Daruk estaba convirtiendo el palacio en la primera parte de su cuerpo.
Dos guardias condujeron a Esmeralda hasta el salón del trono.
Rashid esperaba junto a la entrada. La sangre de Morlevo manchaba uno de sus guantes.
Esmeralda se detuvo frente a él.
—Si ha muerto, tú serás lo último que destruya antes de abandonar esta ciudad.
—Continúa vivo.
—Quiero verlo.
—Mira al frente.
Morlevo estaba arrodillado en el centro del salón.
Le habían quitado la camisa y vuelto a encadenar las manos.
La herida del abdomen había comenzado a sangrar.
La flecha seguía atravesando su hombro. Levantó el rostro cuando ella entró.
La expresión no cambió, pero Esmeralda vio el miedo. No por él. Por ella.
—Te dije que no vinieras.
—Y yo te dije que dejaras de decidir lo que hago.
Al-Manzur ocupaba el trono. Ya no llevaba la máscara.
La piel de su rostro estaba abierta desde la frente hasta el cuello.
Dentro de las grietas no había carne, sino una oscuridad que se movía con cada respiración.
A su derecha se encontraba Samir. Habían lavado la sangre de su cuerpo y vestido con una túnica del palacio.
Sostenía la mitad de la corona entre las manos. No miró a Esmeralda.
—Has vuelto —dijo Al-Manzur.
Dos voces hablaron a través de su boca. La suya y la de Daruk. Esmeralda se detuvo junto a Morlevo.
—Libéralo.
—Has entrado en mi palacio, no llevas la corona y pretendes dar órdenes.
—Todavía no me has matado.
—Eso no te vuelve poderosa.
—Significa que me necesitas.
La oscuridad recorrió el rostro de Al-Manzur.
—Tu madre también confundió necesidad con poder.
Esmeralda sintió que Morlevo levantaba la cabeza. Samir cerró los dedos alrededor de la corona.
—¿Qué sabes de mi madre? —preguntó ella.
Al-Manzur sonrió.
—Mucho más de lo que Naima se atrevió a contarte.
Esmeralda no permitió que su rostro cambiara.
—Libera a Morlevo. Después hablaremos.
—Puedo perdonarlo.
—No necesito tu perdón —dijo Morlevo.
Rashid golpeó la flecha de su hombro. Morlevo cayó sobre las manos. Esmeralda avanzó. Los guardias levantaron las armas.
—Vuelve a tocarlo y no habrá trato.
Al-Manzur apoyó los codos sobre el trono.
—Puede vivir. Samir también. Incluso permitiré que Ligia y los fugitivos abandonen Azmar.
—¿A cambio de la corona?
—A cambio de que ocupes el lugar para el que naciste.
—No sé qué lugar es ese.
—Lo sabrás cuando lleves mi marca delante de la ciudad y aceptes permanecer aquí por voluntad propia.
Morlevo la miró.
—No.
Al-Manzur continuó sonriendo.
—Una palabra tuya y será libre.
Esmeralda observó a Samir. Por fin él levantó los ojos.
No había venas negras ni un segundo pulso dentro de ellos.
Solo culpa, rabia y una esperanza que trataba de ocultar.
Esmeralda comprendió que todavía podía elegir.
También comprendió que Samir esperaba que eligiera de otra manera. Volvió el rostro hacia Al-Manzur.
—No he venido con las manos vacías.
—No veo la corona.
—Traje lo único que nunca pudiste tomar por la fuerza.
La sonrisa del rey se ensanchó.
—¿A ti?
Esmeralda se arrodilló junto a Morlevo y sostuvo su rostro ensangrentado.
—Mi decisión —respondió.