Capítulo 31 La elección imposible #3
—¡Abre la reja! —ordenó Esmeralda.
Safiya buscó el mecanismo.
—No está de este lado.
Morlevo trató de incorporarse. Dos soldados lo sujetaron. Él golpeó al primero con la cadena que todavía colgaba de su muñeca, pero Rashid descargó la empuñadura de la espada sobre su herida. Morlevo cayó. Esmeralda se aferró a los barrotes.
—Si lo matas, no entraré en el palacio.
Rashid apoyó la bota sobre la espalda del comandante.
—Entrarás precisamente para impedirlo.
—No sabes lo que haré.
—Samir sí.
Esmeralda se quedó quieta.
—¿Qué te dijo?
—Que seguirías a Morlevo aunque conocieras lo que hizo en tu aldea. Pensé que la posesión lo había vuelto estúpido, pero aquí estás.
Morlevo levantó el rostro.
—No lo escuches.
Rashid volvió a golpearlo. Esta vez Morlevo no consiguió sostenerse.
—Al-Manzur te recibirá al anochecer —dijo Rashid—. Entrarás sola y llevarás la otra mitad de la corona.
—La corona no está conmigo.
—Entonces ve a buscarla.
Safiya encontró una palanca entre los sacos. Tiró de ella. El suelo bajo sus pies comenzó a inclinarse.
—Es una compuerta de descarga —advirtió Sira.
El grano cayó hacia el nivel inferior. Esmeralda perdió el equilibrio y se aferró a la reja. Morlevo extendió la mano a través de los barrotes.
—Vete.
Ella trató de alcanzarlo. Sus dedos se rozaron. Rashid tiró de Morlevo hacia atrás.
—¡Morlevo!
—No le entregues la corona.
La compuerta se abrió por completo. Esmeralda, Safiya y Sira cayeron con el grano.
El cuerpo de Esmeralda golpeó una rampa de madera.
Rodó hasta un depósito oscuro mientras miles de semillas la cubrían.
Safiya la sacó antes de que quedara enterrada.
Sobre ellas, la abertura volvió a cerrarse. Esmeralda golpeó la madera.
—¡Morlevo!
No recibió respuesta. Sira encontró una puerta lateral.
—Este depósito comunica con el mercado.
—No voy a marcharme.
—Rashid no lo matará antes del anochecer.
—No puedes saberlo.
—Al-Manzur necesita algo con qué obligarte.
Esmeralda volvió a golpear el techo. La madera resistió. Safiya sujetó su brazo.
—Si regresas ahora, te capturarán sin que puedas exigir nada.
—Ya lo tienen a él. También tienen a Samir y a los niños.
—Por eso debes dejar de entregarles todo lo que falta.
Esmeralda se apartó. Tenía las manos cubiertas de sangre.
No sabía cuánto pertenecía a Morlevo. Salieron por la puerta lateral.
El mercado había desaparecido bajo una multitud inmóvil.
Miles de personas permanecían de pie mirando hacia el palacio.
Las líneas oscuras del suelo subían por sus piernas y desaparecían debajo de la ropa.
Cuando Esmeralda apareció, todos giraron el rostro hacia ella. Al mismo tiempo.
—Corre —dijo Safiya.
Atravesaron los puestos. La multitud comenzó a seguirlas.
No corrían. Caminaban con la misma lentitud, pero cada calle lateral estaba ocupada por nuevos cuerpos.
Sira las condujo hacia un puesto de especias derrumbado.
Levantó una trampilla y descendieron a una bodega.
Safiya cerró la entrada. Los pasos continuaron sobre ellas.
Esmeralda se apoyó contra la pared. La sexta campanada sonó. Una voz surgió de las piedras.
—Trae la corona.
Era la voz de Al-Manzur. Después cambió. Morlevo gritó su nombre. Esmeralda se lanzó hacia la trampilla. Safiya la detuvo.
—No sabemos si es él.
El grito volvió a escucharse. Esta vez terminó en una respiración rota. Esmeralda cerró los ojos.
—Es él.
—Daruk conoce su voz.
—También conoce la mía, y Morlevo no dejaría que me escuchara suplicar.
La voz regresó.
—No vengas.
Esmeralda abrió los ojos.
—Ese sí es él.
Esperaron hasta que la multitud se alejó. Después siguieron los conductos de las bodegas hasta el cementerio antiguo. Naima había reunido allí a más de treinta fugitivos. Ligia corrió hacia Esmeralda cuando la vio aparecer. Se detuvo al descubrir que Morlevo no venía con ellas.
—¿Dónde está?
—Rashid lo capturó.
—¿Y Samir?
—En el palacio.
Ligia miró a Sira.
—¿Está vivo?
—Lo estaba cuando lo vi.
Esmeralda tomó la mitad de la corona que colgaba del cuello de su hermana. Ligia cerró la mano sobre la pieza.
—Dijiste que debía llevarla lejos.
—Las cosas han cambiado.
—Eso es exactamente lo que Daruk esperaba.
Naima se acercó.
—Si entras con la corona, abrirá las cámaras.
—Si no entro, matarán a Morlevo.
—Quizá lo maten aunque obedezcas.
—Entonces Al-Manzur perdería lo único que puede ofrecerme.
—Tiene a Samir.
—Samir decidió entrar.
Ligia retrocedió como si la frase la hubiera golpeado. Esmeralda suavizó la voz.
—No significa que voy a abandonarlo.
—Parece exactamente eso.
—No puedo salvarlos si entrego la corona.
—Tampoco si te conviertes en prisionera.
Esmeralda retiró la mano del medallón.
—No voy a llevarla.
Naima la observó.
—¿Qué llevarás entonces?
—Lo que Al-Manzur quería antes de que Daruk despertara.
—A ti.
—Mi madre. Mi sangre. La operación que nunca terminó de explicar. Todavía me necesita viva.
—No sabes para qué.
—Él tampoco sabe dónde está la corona.
Naima miró a Ligia.
—Puede encontrarla.
—No antes de que Safiya y Nadira saquen a todos de la ciudad.
Safiya negó con la cabeza.
—No voy a dejarte entrar sola.
—Rashid dijo que debía hacerlo.
—Rashid también vendió a Samir y a Morlevo.
—Por eso necesito que permanezcas fuera. Cuando tenga a Morlevo, abrirás el paso del acueducto.
—¿Y Samir?
Esmeralda miró hacia el palacio.
—Tendrá que decidir de qué lado de la puerta quiere estar.
Ligia se quitó la corona.
—Llévala.
—No.
—Si Daruk intenta obligarte…
—Utilizará la pieza para atraer la otra.
—Entonces quédate.
Esmeralda sostuvo el rostro de su hermana.
—Escúchame. Irás al norte con Naima, Sira y los niños. Nadira conoce el camino hasta las montañas.
—No quiero ir al norte.
—Yo tampoco quería convertirme en esclava, cruzar el desierto ni entrar en la cabeza de un hombre que había destruido nuestra aldea. No siempre elegimos el camino.
—Tú acabas de elegir el palacio.
—Porque esta vez puedo entrar sin cadenas.
Ligia comenzó a llorar. Esmeralda la abrazó.
—Regresaré.
—No vuelvas a prometerlo.
—Entonces prométeme tú que seguirás avanzando aunque no me veas salir.
Ligia no respondió. Naima colocó una mano sobre su espalda.