Capítulo 31 La elección imposible #2
Las piedras de las fachadas comenzaron a oscurecerse. Las manchas descendieron hasta el suelo y se unieron en una red de líneas negras que avanzaba hacia el centro de Azmar. Esmeralda tocó la mitad de la corona escondida debajo del vestido. El metal estaba caliente.
—Tenemos que movernos —dijo Morlevo.
—Tú apenas puedes mantenerte en pie —respondió Esmeralda.
—Entonces sosténme.
—No te acostumbres.
Nadira abrió la puerta que daba al antiguo depósito de carbón. Detrás de los sacos podridos encontraron una escalera que descendía hacia un corredor. Naima obligó a Morlevo a beber agua y envolvió otra venda alrededor de su abdomen.
—Si vuelve a sangrar de esa manera, no llegará al palacio.
—Llegaré hasta donde sea necesario.
—Eso no significa que puedas regresar.
Morlevo tomó la espada que Safiya le ofrecía. La mano rota no podía cerrar los dedos sobre la empuñadura. Tuvo que sujetarla con la izquierda.
—Nunca he tenido especial confianza en el regreso.
Esmeralda pasó su brazo sobre los hombros. El cuerpo de Morlevo se tensó cuando ella sostuvo su cintura.
—¿Puedes caminar?
—Puedo fingirlo.
Entraron en el corredor. Ligia y Naima avanzaron detrás de Nadira.
Safiya cerró la marcha, deteniéndose cada pocos pasos para escuchar si los soldados habían vuelto a los baños.
El túnel descendía bajo la ciudad. Las paredes estaban cubiertas de raíces secas y restos de tuberías.
En algunos tramos tuvieron que cruzar canales estrechos por los que corría un agua cada vez más oscura. Morlevo señaló una bifurcación.
—El pasaje de la izquierda conduce al antiguo cementerio. El de la derecha llega hasta el palacio.
—Todos iremos al cementerio —dijo Naima.
Esmeralda continuó caminando hacia la derecha.
—Yo no.
Ligia la sujetó.
—No puedes entrar sola.
—Morlevo viene conmigo.
—Eso no mejora la idea.
—Safiya también —dijo la guerrera.
—No —respondió Naima—. Si Daruk consigue la corona, necesitaré a alguien que pueda sacar a Ligia de Azmar.
—No voy a marcharme sin Esmeralda.
—No podrás ayudarla si terminas encadenada junto a ella.
Ligia miró a su hermana.
—Prometiste que no volverías a dejarme.
—Y no voy a hacerlo.
Esmeralda retiró la mitad de la corona de su cuello. El medallón pareció resistirse. El cordón se tensó alrededor de su nuca antes de ceder. Lo colocó en la mano de Ligia.
—Llévalo al cementerio.
—La corona te eligió a ti.
—También responde a tu sangre.
Naima dio un paso hacia ellas.
—No sabes lo que acabas de decir.
—Sé que has evitado explicarlo desde que te encontramos.
La mirada de Naima se endureció.
—No es el momento.
—Nunca lo es.
Ligia cerró la mano alrededor del medallón. La luz apareció entre sus dedos.
—Cuando regresemos, nos dirás quién soy —dijo.
Naima observó la pieza.
—Cuando regresemos, quizá ya no importe.
—Entonces tendrás menos razones para mentir.
Esmeralda abrazó a Ligia. Su hermana permaneció inmóvil durante un instante. Después escondió el rostro contra su cuello.
—No confío en él —susurró, mirando a Morlevo.
—Yo tampoco.
—Estuviste encima de él.
—Eso no requiere confianza.
Morlevo levantó una ceja. Ligia apartó a Esmeralda.
—Regresa antes de que tenga que averiguar si eso es cierto.
Nadira llevó a Naima y a Ligia hacia el corredor de la izquierda. Safiya permaneció junto a la bifurcación hasta que dejaron de escuchar sus pasos.
—Si no salimos del palacio antes de la última campanada, las seguiré —dijo.
—Eso no es lo que ordené —respondió Esmeralda.
—Tú tampoco eres mi comandante.
Morlevo apoyó mayor peso sobre ella.
—Es una enfermedad que se extiende con rapidez.
Continuaron por el túnel de la derecha. Las campanadas aumentaron de frecuencia.
Ya no marcaban intervalos regulares. El sonido aparecía en las paredes, debajo del suelo y dentro del agua.
Esmeralda comenzó a escuchar voces. Al principio creyó que provenían del palacio.
Después reconoció la voz de su padre. La llamaba desde el corredor que acababan de abandonar. Se detuvo. Morlevo tiró de ella.
—No mires atrás.
—Es él.
—No.
—Puedo oírlo.
—Daruk estuvo dentro de tus recuerdos. Sabe qué voz utilizar.
El padre de Esmeralda volvió a llamarla. Esta vez pronunció el nombre que había utilizado cuando ella era niña. Esmeralda apretó los dientes y continuó caminando. Morlevo soltó el aire.
—No tienes que fingir que no lo escuchas.
—Si respondo, sabrá que funciona.
—Ya lo sabe.
La voz cambió. Samir habló desde el otro extremo del pasaje.
—Esmeralda.
Ella levantó la cabeza.
—Esa también puede ser falsa —advirtió Safiya.
—Es falsa —dijo Morlevo.
—¿Cómo lo sabes?
—Samir no te pediría que lo siguieras después de lo que ocurrió en la cisterna.
La voz volvió a pronunciar su nombre. Esta vez parecía más cerca. Esmeralda continuó avanzando. Llegaron a una cámara circular. En el centro había una escalera de hierro que ascendía hacia una compuerta. Debajo del primer peldaño encontraron una daga clavada en la piedra. Esmeralda la reconoció.
—Es de Samir.
Un hilo de sangre cubría la empuñadura. Safiya examinó el suelo.
—Hay huellas recientes.
—Nos dejó el camino —dijo Esmeralda.
Morlevo observó la compuerta.
—O alguien quiere que creamos eso.
La abrió con la espada. Al otro lado se extendía una galería estrecha iluminada por lámparas de aceite. Las paredes llevaban el emblema de la casa de Al-Manzur.
—Estamos debajo de las caballerizas —dijo Morlevo.
Esmeralda recogió la daga. Avanzaron por la galería.
El olor a sangre apareció antes de que vieran los cuerpos.
Tres guardias yacían junto a una puerta.
Ninguno tenía heridas de espada. Las venas negras habían reventado bajo la piel de sus rostros.
Uno de ellos todavía respiraba. Esmeralda se arrodilló.
—¿Quién hizo esto?
El hombre abrió los ojos. Las pupilas habían desaparecido.
—Ella ha vuelto —dijo.
—¿Quién?
El guardia sonrió.
—La hija que debía llevar la corona.
Morlevo apartó a Esmeralda. El cuerpo del hombre se arqueó.
Algo se movió debajo de la piel de su abdomen, subió hasta el pecho y salió por su boca convertido en una masa de insectos negros.
Safiya los aplastó con la capa. Los insectos continuaron moviéndose hasta que Morlevo acercó una lámpara. El fuego los consumió.
—Daruk ya puede utilizar otros cuerpos —dijo Esmeralda.
—No por completo —respondió Morlevo—. Si pudiera hacerlo, no habría dejado cadáveres.
—Está aprendiendo.
—Entonces será mejor que no le concedamos más tiempo.
Cruzaron la puerta. La galería desembocaba en un almacén lleno de sacos de grano. El palacio temblaba con cada campanada. El polvo descendía de las vigas y las ratas corrían hacia los rincones. Una figura apareció entre los sacos. Safiya levantó la espada.
—No ataques —dijo Esmeralda.
Sira salió a la luz. Tenía las manos atadas y la sangre seca cubría uno de sus lados.
—Pensé que no vendrías —dijo.
Esmeralda cortó las cuerdas con la daga de Samir.
—Te vimos en las cámaras.
—Al-Manzur ordenó que llevaran a todos los que habían ayudado a los fugitivos. Hay niños en el patio interior. Rashid está entregando familias completas.
—¿Dónde está Samir?
Sira miró hacia Morlevo.
—Llegó con una mitad de la corona.
—¿Se la entregó al rey?
—Todavía no.
Esmeralda respiró.
—Entonces podemos detenerlo.
—No vino solo.
—¿Quién lo acompañaba?
—Rashid.
Morlevo se separó de Esmeralda. La pérdida repentina de su peso hizo que ella comprendiera cuánto se había debilitado.
—¿Samir y Rashid entraron juntos? —preguntó él.
—Rashid lo encontró cerca del mercado. Samir no podía mantenerse en pie.
—¿Lo capturó?
Sira negó con la cabeza.
—Hablaron. Después Samir le entregó su espada.
Esmeralda apretó la daga.
—Eso no significa que estén trabajando juntos.
—Rashid le prometió llevarlo ante Al-Manzur.
—¿A cambio de qué?
—De ti.
El suelo se movió. La puerta por la que habían entrado se cerró de golpe. Safiya corrió hacia ella. El hierro no cedió.
—Tenemos que salir —dijo Sira—. Los hombres de Rashid conocen este almacén.
Un ruido de cadenas llegó desde el corredor opuesto. Morlevo levantó la espada.
—Ya están aquí.
Los sacos cayeron. Detrás de ellos aparecieron seis soldados con ballestas. Rashid entró después. Llevaba una armadura ligera y la sonrisa tranquila de un hombre que había conseguido vender la misma información a dos enemigos.
—Has tardado —dijo a Esmeralda.
—Apártate.
—Al-Manzur comenzó a sospechar que Samir no bastaría para traerte. Yo le aseguré que el comandante herido terminaría el trabajo.
Morlevo avanzó. Rashid observó la venda ensangrentada.
—Siempre fuiste obediente cuando confundías una orden con una causa.
—Y tú siempre fuiste cobarde cuando confundías una traición con inteligencia.
—La diferencia es que yo conservo todos mis órganos dentro del cuerpo.
Morlevo atacó. Rashid retrocedió. Las ballestas se levantaron. Esmeralda se interpuso.
—Si disparan, no tendrán nada que entregar a Al-Manzur.
—Él no te necesita ilesa —respondió Rashid—. Solo viva.
—Eso no se aplica a la corona.
Rashid miró su cuello vacío. La sonrisa desapareció.
—¿Dónde está?
—Lejos de ti.
Morlevo intentó otro avance. El cuerpo no lo siguió.
Cayó sobre una rodilla. Esmeralda llegó hasta él.
Rashid hizo una señal. Los soldados se movieron.
Safiya derribó al primero. Sira tomó la espada del hombre antes de que cayera y abrió el rostro del segundo.
Una flecha atravesó el aire. Morlevo empujó a Esmeralda.
El proyectil se clavó en la pared. Otras dos ballestas dispararon.
Safiya desvió una flecha. La otra alcanzó a Morlevo en el hombro.
Él retrocedió. Esmeralda gritó su nombre.
Morlevo arrancó la flecha antes de que ella pudiera detenerlo y lanzó la espada contra la cadena que sostenía los sacos sobre la galería.
El hierro se rompió. La carga cayó entre ellos.
El suelo cedió. Esmeralda sintió que Morlevo la empujaba hacia Safiya.
Después una reja descendió desde el techo y separó el almacén en dos. Morlevo quedó del lado de Rashid.