La esclava (El reino prohibido nº 1) Capítulo 31 La elección imposible
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Capítulo 31 La elección imposible

LA ELECCIÓN IMPOSIBLE

Samir no regresó. Safiya vigiló las calles mientras Nadira cubría las ventanas con tablas.

Ligia durmió junto a Naima, todavía aferrada a la mitad de la corona.

Esmeralda no se apartó de Morlevo. La fiebre apareció al mediodía.

Él habló varias veces sin despertar. Pronunció órdenes dirigidas a soldados muertos, el nombre de Al-Manzur y una palabra que Esmeralda no reconoció.

Después dijo su nombre. Ella humedeció una tela y la colocó sobre su frente.

—Estoy aquí.

Morlevo abrió los ojos. Por un instante trató de incorporarse. El dolor lo obligó a permanecer acostado.

—¿Samir?

—Vivo. Se llevó a los soldados.

—Eso no demuestra buen juicio.

—Tú te dejaste atravesar por una espada.

—Funcionó.

—Casi moriste.

—También funcionó.

Esmeralda retiró la tela.

—¿Recuerdas lo que te conté?

Morlevo miró el techo.

—La aldea. Tu padre. El río.

—Sí.

—No recuerdo haber estado allí.

—Lo sé.

—Pero puedo recordar otras cosas que hice por orden de Al-Manzur.

Esmeralda esperó.

—No necesitas explicarlas ahora.

—No intento explicarlas.

Morlevo giró el rostro hacia ella.

—Intento comprender por qué sigues aquí.

—Porque Daruk me mostró una vida en la que tú y yo habíamos escapado hacia la costa.

Los músculos de su mandíbula se tensaron.

—¿Qué más te mostró?

—Una casa. El mar. Una cama.

Morlevo apartó la mirada.

—Y utilizó mi cuerpo.

—Utilizó lo que yo deseaba que hicieras con él.

La respiración de Morlevo cambió.

—¿Te lastimó?

—No.

—Eso no responde.

—Me dio exactamente lo que creía que yo quería.

—¿Y qué hiciste?

—Le clavé los dedos en los ojos.

Morlevo volvió a mirarla.

—Esa parte sí parece real.

Esmeralda deslizó los dedos por la cicatriz pálida que había quedado sobre sus costillas.

—El hombre que construyó para mí no tenía heridas.

—Un error poco creíble.

—Tampoco intentó detenerme cuando me acerqué.

—Otro.

Ella abrió la camisa que Naima había dejado sobre su cuerpo. Morlevo sujetó su muñeca.

—Esmeralda.

—¿Qué?

—Acabas de decirme que dirigí a los hombres que asesinaron a tu padre.

—También te dije que me salvaste.

—No debería bastar.

—No basta.

Él soltó su mano.

—Entonces no hagas esto.

Esmeralda pasó la pierna sobre su cuerpo y se sentó encima de sus caderas, sin apoyar el peso sobre la herida. Morlevo cerró los ojos.

—No puedes moverte —dijo ella.

—Eso parece darte demasiada seguridad.

—Podría matarte antes de que levantaras un brazo.

—También antes de que me hirieran.

Ella recorrió con los dedos su pecho.

—El Morlevo de Daruk me pidió que me quedara.

Él permaneció inmóvil.

—Yo no te lo pediré.

—Lo sé.

—Cuando puedas salir de estos baños, puedes marcharte.

—También lo sé.

Esmeralda inclinó el cuerpo y rozó sus labios. Morlevo no respondió.

—¿Por qué no me besas?

—Porque no sé si intentas perdonarme, castigarme o despedirte.

—Yo tampoco.

—Averígualo antes.

Esmeralda sostuvo su rostro y lo besó otra vez, pero detuvo la mano de Morlevo cuando intentó incorporarse.

La herida atravesaba demasiadas capas de músculo y las puntadas todavía estaban húmedas; confundir deseo con invulnerabilidad habría sido otra forma de obedecer a Daruk, que los quería urgentes, heridos e incapaces de distinguir una elección de una reacción.

—No vas a moverte —dijo ella.

—Esa orden empieza a resultarme familiar.

—Apréndela.

Morlevo permaneció recostado. Esmeralda abrió la camisa hasta descubrir el pecho, no el vendaje, y recorrió con la boca las cicatrices que podía tocar sin dañarlo.

Él le sostuvo la nuca con la mano sana, pero no guio el movimiento.

Cada vez que el dolor alteraba su respiración, ella se detenía hasta que el cuerpo volvía a relajarse.

—Dime que esto no viene de lo que te mostró Daruk —pidió Morlevo.

—Daruk me ofreció una versión de ti que nunca contradecía nada. Tú llevas meses contradiciéndome incluso cuando apenas puedes respirar.

La respuesta le arrancó una sonrisa breve. Esmeralda se acomodó junto a su costado ileso y abrió el vestido. Morlevo acarició sus pechos, descendió por el vientre y esperó cuando llegó al borde de la ropa.

—Continúa —dijo ella.

Sus dedos entraron entre las piernas de Esmeralda con una lentitud distinta a la de la celda. No había tiempo contado por Rashid ni otro hombre convertido en amenaza. Morlevo la tocó hasta que ella comenzó a moverse contra su mano y el deseo dejó de parecer una reacción a Daruk.

Esmeralda abrió el pantalón de Morlevo, pero no permitió que levantara las caderas. Lo acarició despacio, deteniéndose cada vez que la herida tensaba su abdomen. Él escondió el rostro en el cabello de ella.

—Quiero estar dentro de ti —murmuró.

—Lo estarás cuando puedas hacerlo sin volver a abrirte.

—Empiezo a sospechar que disfrutas mantenerme vivo solo para negarme cosas.

—Es una motivación excelente para curarte.

Morlevo volvió a tocarla. El pulgar encontró el ritmo que Esmeralda necesitaba y los dedos se curvaron dentro de ella. El placer creció sin violencia, sostenido por la certeza de que ambos podían detenerse. Esmeralda alcanzó el orgasmo con la boca contra su cuello y la mano todavía alrededor de él.

Morlevo terminó poco después sobre la tela que ella había colocado para no manchar el vendaje. Permanecieron inmóviles mientras la respiración se calmaba. Esmeralda limpió sus manos, volvió a cubrirlo y comprobó que las puntadas siguieran cerradas.

—Lo que ocurrió no te absuelve —dijo.

—Lo sé.

—Tampoco significa que haya decidido quedarme contigo.

—También lo sé.

—Entonces deja de mirarme como si esperaras una sentencia.

—No conozco otra manera de estar cerca de la persona que podría dictarla.

Esmeralda apoyó la frente contra la suya. El deseo seguía allí, satisfecho pero no resuelto, y no necesitaban demostrarlo abriendo otra herida.

—Las puntadas siguen cerradas —comprobó Esmeralda.

—Nunca había recibido una evaluación tan romántica.

—No te acostumbres.

Esmeralda ajustó la ropa y salió. Ligia estaba de pie junto a la plataforma donde Samir había descansado. La manta se encontraba vacía.

—¿Regresó? —preguntó Esmeralda.

—Sí.

—¿Dónde está?

Ligia abrió la mano. Uno de los cordones de los medallones había sido cortado. Esmeralda buscó la corona sobre el pecho de su hermana. Había desaparecido.

—Samir dijo que sabía cómo impedir que Daruk llegara hasta Al-Manzur —explicó Ligia—. Pensé que solo quería verla para enseñarme algo.

—¿Hacia dónde fue?

—Al palacio.

Naima apareció detrás de ella. Miró el cordón cortado y cerró los ojos. La cuarta campanada sacudió los baños. Sobre la ciudad, el cielo comenzó a oscurecerse.

—No pretende detener a Daruk —dijo Naima—. Va a ofrecerle la mitad de la corona al rey.

—Samir jamás haría eso.

—El Samir que conocías, no.

Esmeralda tomó su espada.

—Dijiste que Daruk no había conseguido entrar por completo.

—No lo consiguió. La grieta se cerró cuando Samir rechazó lo que le ofrecía.

Naima miró hacia el palacio.

—Pero la idea con la que Daruk abrió esa grieta no desapareció. Samir puede confundirla con su propia voluntad.

—¿Qué idea?

—¿Qué idea?

Naima observó el cielo ennegrecido sobre las ruinas de los baños.

—Que puede destruir a Daruk si permite que reúna las dos mitades de la corona mientras ocupa el cuerpo de Al-Manzur.

Ligia apretó el cordón cortado.

—¿No puede hacerlo?

—Para cerrar una prisión, alguien debe permanecer fuera de ella. Si Samir une las piezas desde el interior, no encerrará a Daruk en el rey. Encerrará a toda Azmar con él.

La quinta campanada resonó en la ciudad. Las hojas secas del suelo se elevaron y giraron alrededor de las piscinas vacías.

—Entonces iremos al palacio —dijo Esmeralda.

—No llegarás antes que él.

—Pero puedo llegar antes de que entregue la corona.

—Samir ya la robó, escapó de los soldados y atravesó una ciudad dominada por Daruk. No dejó nada de eso al azar.

—Tampoco sabe lo que está haciendo.

—Eso no vuelve menos peligroso lo que ha decidido.

Un golpe llegó desde la cámara contigua. Esmeralda volvió la cabeza. Morlevo estaba de pie junto a la plataforma. Se había cubierto el cuerpo con la camisa, pero no había conseguido abrocharla y una mancha de sangre crecía sobre la venda.

—Existe un paso desde los baños hasta las cocinas del palacio —dijo.

Naima se acercó.

—Tú no irás a ninguna parte.

—No recuerdo haberte nombrado comandante.

—Y yo no recuerdo haberte permitido levantarte.

Morlevo dio un paso. La pierna derecha perdió fuerza y tuvo que apoyarse contra la pared. Esmeralda llegó hasta él antes de que cayera.

—Vuelve a acostarte.

—Samir conoce las calles, pero no los túneles construidos antes de la ciudad. Yo sí.

—Safiya también conoce Azmar.

—Safiya conoce la ciudad que está sobre el suelo.

Naima apartó la camisa y examinó la venda.

—Las puntadas se han abierto.

Morlevo miró a Esmeralda. Ella no apartó el rostro.

—Se movió demasiado —dijo.

—No fui el único.

Naima levantó los ojos hacia ambos.

—No quiero saberlo.

—Entonces no preguntes —respondió Morlevo.

Esmeralda apretó la venda contra su abdomen. Él cerró los dedos alrededor de su hombro.

—Si vuelves a obligarlo a levantarse o a convertir un vendaje recién cerrado en parte de una discusión —continuó Naima—, tendrás que coserlo tú misma.

—No habrá otra vez.

Morlevo la miró.

—Una afirmación innecesariamente definitiva.

Esmeralda presionó con mayor fuerza.

—Deja de hablar.

Naima retiró dos puntadas y volvió a cerrar la abertura. Morlevo no emitió ningún sonido, aunque la mano permaneció aferrada al hombro de Esmeralda. Cuando terminó, Safiya regresó desde la entrada.

—Las calles están llenándose.

—¿De soldados? —preguntó Nadira.

—De todos.

Subieron hasta una de las ventanas cubiertas.

Hombres, mujeres y niños salían de las casas y caminaban hacia el palacio.

Algunos estaban descalzos. Otros llevaban todavía herramientas, recipientes o alimentos entre las manos.

Ninguno hablaba. Un anciano cayó en medio de la calle.

Las personas que venían detrás pasaron sobre él sin detenerse.

—Daruk los está llamando —dijo Naima.