Capítulo 30 El nombre que no puede imponer
EL NOMbrE QUE NO PUEDE IMPONER
Morlevo tiró de la cadena.
—¡Aléjate de él!
Esmeralda no se movió. Samir continuaba sobre una rodilla, con una mano cerrada alrededor de su propio cuello. Las lágrimas que descendían por su rostro no coincidían con la sonrisa que Daruk intentaba imponerle.
—Encontré otra grieta —dijo la criatura con su voz.
La segunda voz no logró ocuparla por completo. Cada palabra llegaba acompañada por la respiración de Samir, que trataba de cerrarle el paso desde dentro. Una línea negra subía por su brazo, siguiendo el lugar donde había tocado la cadena ensangrentada de Morlevo.
Naima se interpuso frente a Ligia.
—No saques tu mitad de la corona.
—¿Está dentro de él? —preguntó Esmeralda.
—No por completo. Morlevo cerró la ruta principal. Daruk solo conserva el residuo que dejó la sangre sobre la cadena y aquello a lo que Samir respondió voluntariamente.
Samir levantó el rostro.
—No le respondí.
—Le creíste —dijo Daruk por debajo de su voz—. Eso fue suficiente para abrir una grieta.
La mano derecha de Samir buscó el cuchillo bajo la manga. Safiya desenvainó la espada, pero Esmeralda levantó una palma.
—Todavía controla su propio cuerpo.
Samir sacó el arma. El brazo tembló mientras Daruk intentaba dirigirlo hacia Ligia. Él cambió el ángulo en el último instante y clavó el cuchillo en el suelo.
—No puede obligarme —dijo entre dientes.
—Todavía —respondió Daruk.
Las sombras de la cisterna se extendieron hacia las dos mitades de la corona.
Naima explicó la regla antes de que el miedo volviera inútil cualquier decisión: Daruk podía dejar ecos en varios cuerpos, pero solo dominar uno por completo, y para hacerlo necesitaba una abertura activa.
La herida marcada, la puerta despertada o la respuesta voluntaria a un nombre cumplían la misma función.
Si Samir aceptaba la promesa que la criatura había sembrado —la posibilidad de obligar a Esmeralda a elegirlo—, la grieta se convertiría en puerta.
—No necesito obligarla —dijo Samir.
Daruk soltó una risa con la mitad de su boca.
—Entonces mírala junto a él.
La sombra mostró a Esmeralda dentro de los recuerdos de Morlevo: besándolo en la despensa, sentada sobre sus piernas, entrando por voluntad propia en la oscuridad para sacarlo. No eran ilusiones. Daruk eligió verdades y eliminó todo lo que podía volverlas soportables.
Samir cerró los ojos.
—Quise dejarlo morir —admitió.
Morlevo dejó de forcejear con la cadena.
—Eso te convierte en un necio —dijo—, no en una puerta.
—Cállate.
—La criatura necesita que confundas un deseo vergonzoso con todo lo que eres. No le hagas el trabajo.
Daruk hizo que la mano de Samir se cerrara otra vez sobre el cuchillo. Esta vez consiguió levantarlo. El brazo se dirigió hacia Morlevo. Samir clavó las rodillas contra el suelo y detuvo el movimiento a mitad del camino.
—Esmeralda —dijo con su propia voz—. No te acerques.
—No voy a dejarte solo con él.
—Eso es precisamente lo que quiere.
La mitad de la corona de Ligia comenzó a brillar debajo de su vestido. Daruk giró hacia ella. La sombra abandonó el brazo de Samir durante un instante y se extendió sobre el suelo. Ligia retrocedió, pero el cordón salió de su cuello, atraído por la pieza que Esmeralda llevaba.
Samir atrapó el medallón antes de que cayera. La luz lo atravesó. El suelo de la cisterna se volvió transparente y mostró, muy abajo, las cámaras de Daruk: columnas negras, cuerpos encadenados y Al-Manzur arrodillado dentro de un círculo.
—Solo falta que las dos mitades se toquen —dijo Daruk.
La mano de Samir avanzó hacia Esmeralda. Él la detenía con la otra, cerrada alrededor de su propia muñeca. Los músculos de sus brazos temblaron.
—Quítamela —pidió.
Esmeralda intentó acercarse. La corona tiró de su cuello y la hizo caer sobre una rodilla. Morlevo apoyó un pie contra la columna, rompió el pulgar contra el hierro y deslizó la mano deformada fuera del aro. Llegó hasta Samir antes de que las piezas se unieran.
Samir giró con el cuchillo levantado. No fue Daruk quien eligió el movimiento ni Samir quien consiguió detenerlo a tiempo. Morlevo se interpuso entre la hoja y Esmeralda. El metal entró debajo de sus costillas.
Los dos hombres quedaron inmóviles.
—No —dijo Samir.
Morlevo sujetó la muñeca que llevaba la corona.
—Suéltala.
—No puedo.
—Sí puedes. Solo llevas toda la vida esperando que otra persona te diga quién debes ser.
Daruk intentó hundir el cuchillo más profundamente. Samir abrió los dedos. El arma permaneció dentro del cuerpo de Morlevo, pero la mitad de la corona cayó. Ligia la atrapó antes de que tocara el agua.
Esmeralda sostuvo a Morlevo. La sangre atravesó la camisa alrededor de la hoja.
—No la saques —ordenó Naima—. Si no podemos cerrar la herida de inmediato, se desangrará.
Samir se golpeó la cabeza con la palma.
—Todavía está aquí.
—Porque aún crees que lo necesitas —dijo Naima.
—¿Qué necesita? —preguntó Esmeralda.
Daruk respondió por él.
—Que lo elijas.
La voz salió de la cisterna entera, aunque Samir seguía conservando el rostro. Las líneas negras alcanzaron su mandíbula. Esmeralda se acercó sin tocarlo.
—Escúchame.
—Siempre te escucho —respondió Samir.
—Ese es el problema. Llevas toda la vida obedeciendo cada cosa que crees que necesito, incluso cuando no te la he pedido.
—Te amo.
—Yo también te amo.
La oscuridad se detuvo, complacida.
—Pero no de la manera que deseas —continuó Esmeralda—. No voy a prometer que dejaré a Morlevo ni que algún día ocuparás su lugar. No te elegiré por miedo a que mueras y no permitiré que Daruk convierta mi cuerpo en la recompensa de tu resistencia.
Samir negó con la cabeza. El dolor era suyo; también lo era la decisión de soportarlo.
—Si no me queda eso, ¿qué me queda?
—Tú. Aunque todavía no sepas quién eres cuando no me sigues.
Daruk tiró de la grieta. La mano de Samir se alzó hacia el cuello de Esmeralda, pero él la detuvo antes de tocarla.
—Entonces tendré que averiguarlo —dijo.
Abrió los dedos. La línea negra salió de su brazo como un hilo empapado y se retorció sobre el suelo.
Naima colocó la mitad de Ligia contra la espalda de Samir.
Esmeralda presionó la suya sobre su pecho, sin unirlas.
La criatura quedó atrapada entre dos órdenes contrarias: la sangre de una abría el camino; la de la otra lo obligaba a cerrarse.
El agua de la cisterna comenzó a vibrar.
—No podremos sostenerlo —advirtió Naima—. Abran la compuerta del cauce.
Nadira y Safiya corrieron hasta la rueda de hierro. El óxido resistió un instante y después cedió. El agua entró por el conducto, golpeó las piernas de todos y alcanzó la cintura de Samir.
Daruk abandonó la grieta antes de que terminara de convertirse en puerta. La sombra cayó al agua, se extendió sobre la superficie y escapó por la compuerta hacia Azmar. No había poseído a Samir; había utilizado una verdad dolorosa para señalarle un camino que él, al final, se negó a abrir.
—¿Adónde va? —preguntó Ligia.
—A la única abertura completa que conserva —respondió Naima—. Al-Manzur.
Samir cayó de lado. Esmeralda lo sostuvo antes de que la cabeza se hundiera. Él tosió y buscó con la mirada a Morlevo.
—Lo apuñalé.
—Lo detuviste antes de alcanzar a Ligia —respondió Esmeralda.
—Las dos cosas son verdad.
Morlevo, pálido contra la pared, soltó una risa casi inaudible.
—Empieza a aprender.
La puerta de la cisterna recibió el primer golpe de los soldados. Safiya abrió la reja del conducto de desagüe. Naima entró delante con Ligia; Nadira ayudó a Samir. Esmeralda pasó un brazo de Morlevo sobre sus hombros, cuidando de no mover el cuchillo.
—Estuve en tu aldea —dijo él mientras avanzaban por el agua.
—Sí.
—¿Maté a tu padre?
—Ahora no.
—Daruk dijo que conduje a los hombres.
—Y si seguimos aquí, esos hombres terminarán lo que empezaste.
El conducto desembocó detrás de los baños viejos. La luz gris del amanecer entraba por un techo roto. Cuando sacaron a Morlevo, la hoja chocó contra la piedra y el cuerpo se arqueó entre los brazos de Esmeralda.
Naima examinó la herida.
—Tendremos que retirarla y coser de inmediato.
Safiya buscó carbón y Nadira llevó agua limpia, alcohol y vendas. Samir quiso ayudar, pero un cuerno sonó en la calle. Los soldados habían encontrado la entrada de los baños.
—Puedo alejarlos —dijo.
—Apenas puedes caminar —respondió Esmeralda.
—Eso no les impedirá seguirme. Conocen mi ropa y creen que todavía llevo una mitad de la corona.
Ligia abrió la boca para protestar. Samir se arrodilló frente a ella.
—No te la pediré. Solo necesito el cordón y el estuche.
La muchacha se los entregó. Samir ocultó dentro una piedra y salió por el antiguo acueducto antes de que Esmeralda pudiera convertir el temor en una orden.
—Regresaré —dijo desde la entrada.
—No prometas lo que todavía no sabes —respondió ella.
Samir asintió.
—Entonces intentaré regresar.
Los cuernos se alejaron tras él. Naima vertió alcohol alrededor del cuchillo y preparó la aguja.
—Cuando lo saque, presiona aquí.
Esmeralda colocó las manos donde le indicó. Morlevo la miró.
—¿Vas a ordenarme que viva?
—Voy a cobrarte demasiadas respuestas para permitir que mueras ahora.
Naima retiró la hoja. La sangre llenó las manos de Esmeralda. Morlevo mordió una tira de cuero mientras la aguja cerraba la herida. Cada puntada tensó su cuerpo, pero mantuvo los ojos abiertos y fijos en ella.
—Me salvaste junto al río —dijo Esmeralda.
—No lo recuerdo.
—Yo sí. También recuerdo que dirigías a los hombres que entraron en Luzar. Ninguna de las dos cosas borra la otra.
—Entonces ¿por qué no me dejaste en la cisterna?
—Todavía no he decidido qué parte de la deuda voy a cobrarte.
Naima cerró la última puntada. Morlevo perdió el conocimiento. Esmeralda permaneció con las manos sobre el vendaje hasta comprobar que la sangre dejaba de atravesarlo.
Safiya observó la calle por una grieta. Los soldados habían seguido a Samir, pero otros comenzarían a registrar los baños cuando descubrieran el engaño. Cerró la puerta principal con una barra, y Naima cubrió el cuerpo de Morlevo.