Capítulo 29 La segunda salida #3
—Porque llevaba años esperando saber si habías sobrevivido.
—¿Para protegerme?
—Al principio, para comprobar que mi traición había servido de algo.
—¿Y después?
Morlevo tiró de las cadenas.
—Después te deseé, y cualquier explicación empezó a parecer una forma de obligarte a perdonarme.
La oscuridad descendió por la pared detrás de él. Daruk estaba llegando.
—¿Dónde está el camino? —preguntó Esmeralda.
Morlevo miró las cadenas.
—En el primer recuerdo que me quitó.
—¿Cuál?
—Tu rostro junto al río.
Esmeralda encontró el eslabón. Dentro de él, la niña se escondía bajo la capa ensangrentada.
—Si lo rompo, ¿olvidarás que me salvaste?
—Olvidaré que te conocía.
—¿Todo?
—La aldea, el río y la razón por la que empecé a desobedecer a Al-Manzur.
La oscuridad cubrió el suelo.
—Debe existir otra forma.
—No.
—No aceptaré esa respuesta.
—Entonces aceptarás a Daruk.
Las sombras alcanzaron los pies de Morlevo. Las cadenas comenzaron a introducirse en su piel.
—Rompe el eslabón.
Esmeralda levantó la espada.
—Cuando despiertes, ¿me reconocerás?
—Sí.
—¿Recordarás lo que ocurrió entre nosotros?
—Todo lo que ocurrió después del mercado.
—No sabrás por qué me buscaste.
—Encontraré otra razón.
Daruk surgió detrás de él. No tenía un solo cuerpo. Estaba formado por todos los rostros atrapados en la puerta: Rashid, Al-Manzur, los habitantes de la aldea y la falsa Esmeralda que había hablado con la boca de Morlevo. La criatura extendió las manos.
—Si rompes ese recuerdo, también destruirás la primera razón por la que él te amó.
Esmeralda miró a Morlevo.
—¿Es cierto?
—No lo sé.
—Respóndeme.
—La niña que encontré junto al río fue la primera persona a la que elegí por encima de Al-Manzur.
La oscuridad alcanzó su pecho.
—Pero no amo a una niña que salvé hace años. Te amo a ti.
Era la primera vez que lo decía. Daruk sonrió con todos sus rostros.
—Ahora nunca podrás saber cuál de los dos lo pronunció.
Esmeralda golpeó el eslabón. La espada se quebró. El recuerdo resistió. Daruk cerró las manos alrededor de los hombros de Morlevo y comenzó a entrar en su espalda.
—¡Otra vez! —gritó él.
Esmeralda levantó el fragmento de la espada.
Golpeó. El metal de la cadena se agrietó.
La celda tembló. Desde algún lugar lejano escuchó a Ligia gritar su nombre.
El medallón apareció alrededor de su cuello.
La mitad de la corona ardía, tirando hacia el eslabón.
Esmeralda comprendió por qué Naima le había advertido que no abriera la puerta con ella.
La corona no solo separaba mundos. También separaba recuerdos.
Tomó el medallón y lo introdujo en la grieta.
Daruk abandonó el cuerpo de Morlevo y se lanzó sobre ella.
Esmeralda giró la corona. El eslabón se abrió. La niña junto al río desapareció. Morlevo gritó. La oscuridad lo atravesó, chocó contra la cadena rota y fue arrastrada hacia el recuerdo vacío. Los rostros de Daruk se deformaron mientras la grieta se cerraba a su alrededor.
—No puedes encerrarme en algo que ya no existe —dijo la criatura.
Esmeralda sostuvo la corona con ambas manos.
—Tú tampoco puedes salir de allí.
Morlevo cayó de rodillas. Daruk extendió un brazo antes de que el último fragmento del recuerdo desapareciera. Sus dedos alcanzaron la muñeca de Esmeralda.
—Entonces saldré por donde entraste.
La oscuridad recorrió su brazo. Esmeralda sintió que el pulso ajeno golpeaba debajo de su piel. Morlevo se lanzó hacia ella. La apartó antes de que Daruk alcanzara su pecho y recibió la oscuridad en la palma. El segundo pulso regresó a su cuerpo.
—¡Cierra! —ordenó.
—Se quedará dentro de ti.
—Solo si recuerda el camino.
Esmeralda giró la corona. El eslabón se cerró. La celda desapareció. Durante un instante solo existieron ella y Morlevo en un espacio sin luz. Él sostuvo su rostro.
—Cuando despierte, no me digas lo que hice en la aldea.
—Tienes derecho a saberlo.
—Tú tienes derecho a decidir si puedes mirarme después de saberlo.
—Eso no te pertenece.
Morlevo acercó la frente a la suya.
—Entonces dime únicamente la verdad que elijas.
Esmeralda quiso besarlo. No sabía si la necesidad era suya o si Daruk había dejado otra dentro de ella. Morlevo pareció comprenderlo. La soltó.
—No lo hagas hasta estar segura.
Su cuerpo comenzó a deshacerse. Esmeralda intentó sujetarlo.
—¿Dónde encontraré aquello que nunca entregaste?
Morlevo sonrió.
—Ya lo encontraste.
La oscuridad se cerró. Esmeralda despertó sobre el suelo de la cisterna. Ligia continuaba abrazándola por la cintura. Naima tenía las manos sobre su frente, y Safiya sujetaba las piernas de Morlevo para impedir que se lastimara. Samir sostenía la cadena.
—Esmeralda.
Ella respiró. El aire entró con tanta violencia que le dolió el pecho.
—Estoy aquí.
Samir soltó la cadena y se arrodilló a su lado.
—¿Eres tú?
Esmeralda miró la espada que permanecía junto a su mano.
—Mátalo.
Samir giró hacia Morlevo.
—No.
—Dijiste que esa sería la prueba.
—Necesito que me escuches primero.
Morlevo abrió los ojos. Eran grises. Las líneas negras habían desaparecido de su rostro. La marca debajo de la venda se desvaneció hasta quedar convertida en una cicatriz pálida. Naima apoyó los dedos sobre su cuello. Esperó.
—No hay segundo pulso.
Ligia soltó el aire. Morlevo observó a las personas reunidas a su alrededor. Después encontró a Esmeralda. No hubo reconocimiento inmediato en sus ojos. Ella sintió que algo se rompía dentro de su pecho.
—¿Quién eres? —preguntó él.
Samir tomó la espada. Esmeralda levantó una mano. Morlevo miró la corona sobre su pecho. La confusión desapareció lentamente de su expresión.
—Esmeralda.
Ella se acercó.
—¿Me recuerdas?
—Recuerdo que intentaste matarme en el mercado.
—Lo hice.
—Recuerdo que después empeoraste mi vida.
—También.
Morlevo observó las lágrimas que ella no había sentido descender.
—No recuerdo por qué lloras.
—Eso es lo que tuvimos que cerrar.
Él miró su propia mano.
—Había algo antes de conocerte.
—Sí.
—¿Era importante?
Esmeralda pensó en su padre tendido frente a la casa, en los soldados entrando en las viviendas y en la capa que Morlevo había colocado sobre el cuerpo de una niña para salvarla de los mismos hombres que él dirigía.
—Era imperdonable.
Morlevo asintió.
—Entonces no me lo ocultes cuando salgamos de aquí.
Samir se puso de pie.
—¿Terminó?
Naima examinó otra vez las heridas del comandante.
—El camino está cerrado.
—¿Daruk ya no puede entrar en él?
—No desde la prisión.
—Eso no fue lo que pregunté.
Naima miró a Esmeralda.
—La criatura alcanzó a tocarla.
—Morlevo la apartó.
—Lo vi —dijo Ligia—. La oscuridad regresó a él.
—Y desapareció cuando cerré el recuerdo —añadió Esmeralda.
Samir se acercó y le sujetó el rostro.
—¿Escuchas otro pulso?
—No.
—¿Alguna voz?
—No.
Él apoyó la frente contra la suya. Su respiración temblaba. Esmeralda cubrió con la mano los dedos que Samir mantenía sobre su mejilla. Debajo de su palma sintió un golpe. No provenía de su cuerpo. Samir se apartó.
—¿Qué ocurre?
Esmeralda observó la mano con la que él había sujetado la cadena ensangrentada de Morlevo. Una línea negra, casi invisible, desapareció debajo de su manga.
—Enséñame el brazo.
Samir bajó la mirada.
—No tengo nada.
—Enséñamelo.
Él retrocedió. Morlevo intentó levantarse, pero la cadena continuaba sujetándolo a la columna.
—Samir —dijo—, haz lo que te pide.
—Cállate.
La voz de Samir resonó dos veces. La segunda surgió desde un lugar más profundo. Ligia buscó su mitad de la corona. Naima se interpuso entre ella y el hombre.
—No la saques.
Samir llevó ambas manos hasta la cabeza.
—No.
Cayó sobre una rodilla. Esmeralda corrió hacia él. Morlevo tiró de la cadena.
—¡No lo toques!
Samir levantó el rostro. Sus ojos conservaban el color oscuro de siempre. Las lágrimas descendían por sus mejillas.
—Esmeralda —dijo—, aléjate.
Ella se detuvo. Un segundo pulso golpeó debajo de la piel de su cuello. Samir cerró los ojos. Cuando volvió a abrirlos, sonreía.
Samir cerró los ojos. Cuando volvió a abrirlos, una línea negra temblaba bajo la piel de su cuello y la sonrisa de Daruk no conseguía fijarse por completo en su boca.
—Esmeralda —dijo con dos voces—, no dejes que responda por mí.