La esclava (El reino prohibido nº 1) Capítulo 29 La segunda salida #2
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Capítulo 29 La segunda salida #2

El recuerdo cambió. Esmeralda apareció dentro de una tienda de campaña. El capitán Qadir estaba arrodillado, con las manos atadas detrás de la espalda. Morlevo permanecía delante de él, limpiando la sangre de la espada.

—La aldea tenía que arder —dijo Qadir—. La orden llegó directamente del rey.

—La orden que me entregaron era capturar a las hijas de Naima.

—Al-Manzur sabía que una de ellas aparecería si matábamos a suficientes personas.

—No apareció.

—Porque tú permitiste que escaparan.

Morlevo levantó la vista.

—No las encontramos.

Qadir sonrió.

—Encontraste a una niña junto al río.

Esmeralda sintió que el aire desaparecía de la tienda.

—Tenía el cabello de Naima —continuó el capitán—. La cubriste con tu capa y dijiste que era una campesina muerta.

Morlevo acercó la espada a su cuello.

—Era una niña herida.

—Era una de las hermanas.

—No llevaba la corona.

—Pero la reconociste.

—No.

—Por eso volviste a buscarla cuando terminó el incendio.

Morlevo hundió la espada. La escena se quebró antes de que Esmeralda pudiera ver el rostro de la niña.

Apareció junto al río. La corriente estaba teñida de rojo por el reflejo del fuego.

Una niña permanecía escondida entre las raíces de un árbol.

Tendría nueve o diez años y sostenía un trozo de tela contra la boca para no llorar.

Era Esmeralda. Había olvidado aquella parte.

Recordaba haber corrido con Ligia hacia el bosque.

Recordaba que su hermana se había separado de ella cuando los caballos cruzaron el camino.

Después solo quedaban fragmentos: el agua, el frío y una capa negra sobre su cuerpo.

Morlevo apareció en la orilla. La niña trató de retroceder, pero una raíz atrapaba su vestido. Él se arrodilló.

—¿Dónde está tu hermana?

Ella negó con la cabeza.

—Si los otros hombres la encuentran, se la llevarán.

—Tú eres uno de ellos.

—Sí.

Morlevo cortó la tela atrapada. La niña levantó una piedra y lo golpeó en la frente. Él no intentó detenerla.

—Corre río abajo —dijo—. Hay una cueva después del puente. No salgas hasta que dejes de escuchar caballos.

—Mi padre está en la casa.

Morlevo miró hacia la aldea.

—No puedes volver.

—Mi madre regresará.

Algo cambió en el rostro de él.

—Naima no regresará esta noche.

—¿La conoces?

—Corre.

Morlevo retiró su capa y cubrió a la niña. Después manchó la tela con sangre de un cadáver cercano y la dejó entre los juncos. Las voces de los soldados se aproximaron.

—¿Encontró algo, comandante?

—Otra niña muerta.

Esmeralda observó cómo su versión infantil desaparecía entre los árboles. Morlevo había salvado su vida. También había conducido hasta allí a los hombres que asesinaron a su padre. Las dos verdades permanecieron frente a ella sin anularse.

—¿Eso era lo que no querías que viera? —preguntó.

El Morlevo del recuerdo se volvió.

—Es una parte.

—¿Dónde estás?

—Más abajo.

—Muéstrame el camino.

—Ya lo estás siguiendo.

El río comenzó a correr en dirección contraria. El agua ascendió por la orilla y cubrió los pies de Esmeralda. Los cadáveres levantaron las manos desde el fondo. Ella retrocedió. Morlevo apareció detrás y la sujetó por la cintura.

—No mires el agua.

La voz era la suya, pero Naima le había advertido que Daruk podía imitarla. Esmeralda giró dentro de sus brazos. Él llevaba la camisa abierta y la venda alrededor de las costillas. La herida seguía allí. También la marca que Esmeralda había dejado con las uñas sobre su pecho dentro de la despensa.

—¿Eres tú?

—No.

Ella intentó apartarse. Morlevo la retuvo.

—Daruk diría que sí.

Esmeralda dejó de resistirse.

—Naima dijo que tú contradirías tus deseos.

—Mi deseo es sacarte de aquí.

—El suyo también.

—No. Él quiere que llegues hasta la puerta.

—¿Dónde está?

Morlevo miró el río.

—Debajo de aquello que no recuerdo.

Las manos continuaban surgiendo del agua. Entre ellas apareció una puerta de piedra. Las figuras talladas sobre la superficie tenían los rostros de Esmeralda y Morlevo, unidos por una cadena que entraba en sus bocas. El medallón ardió contra el pecho de ella.

—Esa es la entrada.

—No debes abrirla.

—Vine a cerrarla.

—Para cerrarla tendrás que cruzar.

Morlevo deslizó una mano hasta su nuca.

—Cuando lo hagas, no recordarás por qué entraste. Daruk te dará una vida en la que nunca ocurrió nada de esto.

—¿Qué vida?

—La que sabe que deseas.

La puerta se abrió. La luz del amanecer atravesó el río.

Esmeralda se encontró en una habitación.

Las paredes estaban cubiertas por tapices claros y una ventana abierta dejaba entrar el olor del mar.

No había sangre en su vestido ni heridas en sus manos.

Morlevo dormía a su lado. No llevaba marcas negras alrededor de las costillas.

El cabello le caía sobre la frente y una de sus manos descansaba en la cintura de ella.

Esmeralda levantó la sábana. Ambos estaban desnudos. Morlevo abrió los ojos.

—Pensé que dormirías más.

Su voz carecía de ecos.

—¿Dónde estamos?

—En la costa.

—¿Qué costa?

—La que elegiste.

Él se incorporó y apartó el cabello de su rostro.

—Todavía puedes cambiar de opinión. Hay otra casa al norte, aunque Ligia dice que es demasiado fría.

Esmeralda miró la habitación. Sobre una silla estaban las dos mitades de la corona, convertidas en simples piezas de metal. Junto a ellas había una espada oxidada.

—¿Dónde está Al-Manzur?

Morlevo frunció el ceño.

—Muerto.

—¿Daruk?

—Cerrado.

—¿Samir?

La mano de Morlevo se detuvo sobre su hombro.

—Se marchó.

—¿Adónde?

—No quiso quedarse para vernos juntos.

Esmeralda bajó de la cama. El suelo estaba tibio. No tenía la cicatriz que Al-Manzur había dejado debajo de su omóplato ni los cortes recientes en los brazos.

—Esto no es real.

Morlevo se levantó detrás de ella.

—Podría serlo.

La abrazó por la espalda. Su boca rozó el lugar en el que debería estar la herida.

—No tienes que seguir huyendo.

La mano descendió por el vientre de Esmeralda. Su cuerpo reaccionó antes de que pudiera detenerlo. Morlevo besó su cuello.

—Aquí nadie puede utilizarme contra ti.

Los dedos bajaron. Esmeralda cerró los ojos cuando la caricia encontró el lugar exacto. Él conocía la presión que la hacía inclinarse hacia atrás y la forma en que debía sostenerla para que no pudiera fingir indiferencia.

—Puedo darte todo lo que él teme darte —murmuró.

Esmeralda apoyó una mano sobre la pared. La respiración de Morlevo se volvió más profunda cuando ella separó las piernas.

—Mírame —dijo él.

Esmeralda lo hizo. Sus ojos eran grises. Morlevo introdujo la otra mano entre sus pechos y la mantuvo sobre su corazón mientras continuaba tocándola.

—No hay otro pulso —dijo.

Ella sintió el placer ascender por su vientre.

La habitación comenzó a desdibujarse. Morlevo la giró y la levantó contra la pared.

Su boca se cerró sobre la de ella, y Esmeralda rodeó sus caderas con las piernas.

Él estaba desnudo y duro entre ambos. Todo lo que habían interrumpido en la despensa parecía continuar allí, sin soldados al otro lado de la puerta ni una criatura esperando dentro de su cuerpo.

Morlevo entró en ella. Esmeralda dejó escapar un gemido.

El placer fue inmediato, construido con demasiada precisión a partir de sus deseos. Él se movió despacio al principio, mirándola como si no existiera nada fuera de aquella habitación.

—Dime que quieres quedarte —pidió.

Esmeralda apretó las piernas alrededor de su cintura.

—No.

Morlevo se detuvo.

—No tienes que temerme.

—El verdadero Morlevo sí quiere que lo tema.

La habitación se oscureció. Esmeralda sostuvo su rostro entre las manos.

—Y jamás me pediría que me quedara mientras me impide marcharme.

Hundió los pulgares en sus ojos. Morlevo gritó. La pared se abrió detrás de ella. Esmeralda cayó otra vez dentro del río. El agua le entró en la boca y los pulmones. Las manos de los muertos sujetaron sus brazos, su cabello y sus tobillos. Nadó hacia la puerta. La voz de Daruk resonó en el fondo.

—Ya sabes lo que podría darte.

Esmeralda tocó la piedra.

—Solo sabes imitar lo que deseo.

Las figuras talladas movieron las cabezas.

—Eso es todo lo que hacen los hombres cuando dicen que aman.

La puerta se abrió debajo de su mano. Esmeralda cruzó. Apareció en una celda. Morlevo estaba encadenado a la pared. Tenía menos de veinte años y el cuerpo cubierto de heridas. Al-Manzur permanecía delante de él con un recipiente de metal entre las manos. Dentro se movía una sustancia negra.

—Una última oportunidad —dijo el rey—. Dime dónde escondiste a la hija de Naima.

Morlevo levantó el rostro.

—La niña murió.

Al-Manzur introdujo dos dedos en la sustancia.

—Qadir dijo que mentías.

—Qadir dijo muchas cosas antes de morir.

El rey sonrió.

—Por eso lo mataste.

—Lo maté porque incendió una aldea sin mi orden.

—Lo mataste para impedir que me dijera dónde encontrarla.

Morlevo no respondió. Al-Manzur apoyó los dedos sobre la herida de su pecho.

La oscuridad entró en la carne. Morlevo gritó por primera vez.

Esmeralda se acercó a las cadenas. Cada eslabón contenía una imagen: Morlevo en la aldea, Morlevo asesinando a Qadir, Morlevo de rodillas ante el rey, Morlevo observándola años después sin decirle que ya conocía su rostro.

Daruk había entrado en él aquella noche. No en las cámaras debajo del palacio.

Al-Manzur lo había unido a la criatura muchos años antes y después había cerrado el recuerdo para conservarlo como una puerta viviente. Morlevo levantó la cabeza. Ahora tenía la edad y las heridas que Esmeralda conocía.

—Llegaste tarde.

Ella sujetó la cadena.

—Nunca me dijiste que Daruk ya había estado dentro de ti.

—No lo recordaba.

—Sabías lo de la aldea.

—Sí.

—Me dejaste creer que nuestro encuentro había sido casual.

—Nada de lo que ocurrió entre nosotros fue casual para mí.

Esmeralda lo abofeteó. Morlevo recibió el golpe sin apartar el rostro.

—¿Cuándo me reconociste?

—La primera vez que intentaste matarme.

—Eso no reduce las posibilidades.

—En el mercado. Cuando levantaste el cuchillo.

—¿Por qué no se lo dijiste a Al-Manzur?