Capítulo 29 La segunda salida
LA SEGUNDA SALIDA
Esmeralda intentó apartarse. La mano de Morlevo permaneció alrededor de su nuca.
—Todavía no —repitió con la voz de ella.
Samir levantó la espada.
—Suéltala.
Morlevo giró el rostro sin retirar la mano. Sus ojos seguían abiertos, aunque las pupilas no reaccionaron cuando Samir acercó la hoja.
—Si me cortas la garganta —dijo con la voz de Esmeralda—, nunca sabrás cuál de los dos estaba hablando.
Samir apoyó el filo debajo de su mandíbula.
—Lo averiguaré después.
—¡No lo mates! —ordenó Naima.
Morlevo volvió a mirar a Esmeralda. El negro comenzó a extenderse desde el centro de sus pupilas.
—Abre —dijo.
El medallón quemó la mano de Esmeralda. Ligia gritó al mismo tiempo. Su mitad de la corona había atravesado la tela del vestido y brillaba sobre su pecho. Corrió hacia su hermana, pero Naima la sujetó antes de que llegara a Morlevo.
—No unas las piezas.
—Está lastimándola.
—Si las unes ahora, abrirás el camino completo.
Esmeralda introdujo los dedos entre la mano de Morlevo y su nuca. No consiguió separarla.
—¿Cómo entro?
Naima se arrodilló junto a ellos.
—Coloca la corona sobre su corazón y déjalo dormir.
—Ya está dormido.
—Su cuerpo sí. Él todavía está sujetando la puerta.
Morlevo inclinó la cabeza. La sonrisa que apareció en su boca no le pertenecía.
—Morlevo ya soltó muchas cosas por ella.
Samir presionó la espada. Una línea roja surgió debajo del filo.
—Una palabra más con su voz y te corto la lengua.
Morlevo soltó a Esmeralda. Su cabeza cayó hacia delante.
El segundo pulso golpeó debajo de la venda.
La lámpara se apagó. Nadira encendió otra, pero la llama se redujo hasta convertirse en un punto azul.
Las sombras de la cisterna se alargaron sobre las paredes y convergieron alrededor del comandante. Naima tomó la mano de Esmeralda.
—Cuando encuentres el camino, no sigas ninguna voz que te pida que regreses.
—¿Cómo sabré si es Morlevo?
—No lo sabrás.
Esmeralda la miró.
—Esa respuesta parece hereditaria.
—Daruk puede utilizar todo lo que Morlevo recuerda. Su rostro, su voz y hasta la manera en que te toca le pertenecen ahora.
—Entonces ¿qué puede hacer el verdadero Morlevo?
—Contradecir sus propios deseos.
Samir se colocó detrás de Esmeralda.
—No vas a entrar.
—Si no lo hago, Daruk tendrá un cuerpo antes de que termine la noche.
—Encontraremos otra forma.
—No hay tiempo.
—Eso es lo que ella quiere que pienses.
Samir señaló a Naima con la espada.
—Aparece después de abandonarnos durante años, abre una puerta debajo de la ciudad y ahora pretende enviarte dentro de la criatura que ha intentado utilizarte desde que llegaste a Azmar.
Naima no bajó la mirada.
—Si hubiera querido entregarla, habría dejado que Al-Manzur uniera las coronas.
—O necesitabas que ella abriera una puerta distinta.
Safiya avanzó hacia Samir.
—Guarda la espada.
—No confío en ella.
—Aquí nadie te ha pedido confianza.
—Esmeralda va a cerrar los ojos mientras Morlevo está poseído.
—Precisamente por eso necesitamos que tú permanezcas despierto.
Samir miró a Esmeralda.
—Si algo trata de salir contigo, no podré distinguirlo.
—Sí podrás.
—¿Cómo?
Ella puso la mano sobre la empuñadura de la espada que él sostenía.
—Yo no te pediría que lo dejaras vivir.
La expresión de Samir cambió. Morlevo soltó una risa con los ojos cerrados.
—Eso ha debido doler.
La voz era la suya. Samir se volvió hacia él.
—¿Morlevo?
El comandante levantó el rostro. Las líneas negras habían alcanzado sus sienes.
—Te diría que no la dejes entrar —respondió—, pero la criatura también conoce esa respuesta.
Esmeralda se arrodilló frente a él.
—Dime algo que Daruk no sepa.
—No existe.
—Entonces dime algo que no quiera que yo sepa.
Morlevo abrió los ojos. Por un instante, el gris consiguió atravesar la oscuridad.
—Yo estaba en tu aldea la noche de la invasión.
Esmeralda dejó de respirar. Nadie se movió dentro de la cisterna.
—¿Qué dijiste?
La oscuridad volvió a cubrir sus ojos.
—Ahora ya tienes una razón para entrar —respondió Daruk con su voz.
El cuerpo de Morlevo se arqueó contra la columna. La cadena se tensó alrededor de su muñeca y la venda comenzó a llenarse de sangre.
—¡Coloca la corona! —gritó Naima.
Esmeralda apoyó el medallón sobre su pecho. El metal se hundió en la venda. Morlevo abrió la boca, pero ningún sonido salió de ella.
—Ligia —dijo Naima—, sujeta a tu hermana.
Ligia se arrodilló detrás de Esmeralda y la abrazó por la cintura.
—No quiero hacerlo.
—No me sueltes —dijo Esmeralda.
—¿Y si empiezas a hablar como él?
—Tampoco me sueltes.
Naima colocó una mano sobre la frente de Morlevo y la otra sobre la de su hija.
—Cuando aparezca una puerta, no intentes abrirla con la corona. Atraviésala antes de que comprenda que puedes verla.
—¿Y cómo regreso?
Naima cerró los ojos.
—Encuentra aquello que Morlevo nunca entregó.
El segundo pulso golpeó. Esmeralda sintió que la cisterna desaparecía debajo de sus rodillas.
Lo último que escuchó fue la voz de Samir.
No le pedía que regresara. Pronunciaba su nombre.
Después cayó. El suelo apareció debajo de su espalda.
Esmeralda abrió los ojos. Estaba tendida sobre un campo cubierto de ceniza.
La noche se extendía sobre ella sin luna ni estrellas, y el aire olía a madera quemada.
Reconoció la colina antes de incorporarse.
Su aldea se encontraba al otro lado. Las casas ardían.
Hombres con armaduras oscuras avanzaban entre las llamas. No llevaban el emblema de Al-Manzur, sino placas lisas cubiertas con barro. Algunos montaban caballos; otros arrastraban a las mujeres y a los niños fuera de las viviendas. Eran humanos. Esmeralda corrió colina abajo.
—¡Ligia!
Su voz no produjo ningún sonido. Atravesó a un soldado que sostenía a una mujer por el cabello.
El cuerpo del hombre se deshizo en humo y volvió a formarse detrás de ella.
Aquello ya había ocurrido. No podía cambiarlo.
Vio a su padre delante de la casa, con una herramienta de labranza entre las manos.
Dos soldados lo sujetaron. Un tercero levantó la espada.
Esmeralda cerró los ojos antes del golpe.
El recuerdo continuó dentro de sus oídos.
Cuando volvió a mirar, un jinete había entrado en la plaza. Morlevo.
Era más joven. Llevaba el cabello corto, una armadura sin insignias y una capa que ocultaba la mitad del rostro. No tenía las cicatrices que ella conocía en las manos. Un soldado corrió hacia él.
—La mujer no está aquí.
Morlevo miró las casas.
—¿Registraron el pozo?
—Sí, comandante.
—¿Los graneros?
—No encontramos la corona.
—Entonces dejen de buscar objetos y encuentren a las hijas de Naima.
Esmeralda se detuvo. Morlevo desmontó. No había duda en sus movimientos ni oscuridad en sus ojos. Un hombre arrastró a una muchacha hasta la plaza. Tenía el cabello cubierto de sangre y apenas podía mantenerse en pie. No era Esmeralda. Morlevo le sostuvo el rostro.
—¿Cuál de las dos eres?
La joven escupió sobre su armadura. Él la observó durante varios segundos. Después cortó la cuerda que sujetaba sus manos.
—No es ninguna.
—El rey ordenó llevar a todas las mujeres —dijo el soldado.
Morlevo volvió el rostro.
—El rey ordenó encontrar a dos hermanas. Si llenas los carros con personas inútiles, tendrás que explicarle por qué desperdiciaste sus caballos.
El soldado miró a la muchacha.
—¿Qué hago con ella?
—Déjala.
—Nos ha visto.
Morlevo desenvainó la espada. La joven retrocedió. Esmeralda corrió hacia él aunque sabía que no podría detenerlo. Morlevo clavó la hoja en el soldado. El hombre cayó a los pies de la muchacha.
—Ahora ha visto algo que puede resultarle útil —dijo Morlevo.
Le entregó un cuchillo.
—Libera a quienes encuentres y llévalos al bosque. No regresen hasta el amanecer.
La muchacha tomó el arma y corrió. Morlevo miró las casas incendiadas. Su rostro no mostraba arrepentimiento.
—¿Cuántos murieron? —preguntó.
—Diecisiete.
—La orden era no matar a nadie hasta encontrar a las hermanas.
—Se resistieron.
Morlevo agarró al soldado por la garganta.
—Todos se resisten cuando entran hombres armados en sus casas.
—Comandante…
—Encuentra a quien dio la orden de incendiar.
—Fue el capitán Qadir.
—Tráemelo.
La escena se detuvo. Las llamas permanecieron inmóviles sobre los tejados. Los soldados quedaron atrapados en mitad de sus movimientos y la ceniza dejó de caer. Morlevo se volvió hacia Esmeralda. Podía verla.
—No deberías haber entrado.
—Estuviste allí.
—Sí.
—Dirigiste la invasión.
—Sí.
Esmeralda lo golpeó. El rostro de Morlevo se desvió con el impacto. Ella volvió a hacerlo.
—Sabías quiénes éramos.
—Sabía que Naima tenía dos hijas.
—Ordenaste que nos buscaran.
—Sí.
—Mi padre murió por tu orden.
—No.
Esmeralda sacó la espada de uno de los soldados inmóviles y apoyó la punta en su pecho.
—No utilices una diferencia insignificante para defenderte.
Morlevo miró la hoja.
—No me estoy defendiendo.
—Llegaste con los hombres que lo mataron.
—Sí.
—Quemaron nuestra casa.
—Sí.
—Se llevaron a las mujeres.
—Intenté detenerlo.
—No lo intentaste lo suficiente.
Morlevo levantó la mirada.
—No.
Esmeralda empujó la espada. La punta atravesó la armadura y entró en su pecho. Morlevo no retrocedió. La sangre descendió sobre el metal.
—Esto no ocurrió así —dijo ella.
—No.
—Es un recuerdo.
—Es el lugar donde Daruk quiere que permanezcas.
Las llamas comenzaron a moverse otra vez. Cada una de las personas tendidas en la plaza levantó el rostro. Sus ojos estaban cubiertos por la misma oscuridad.
—No deberías creerle —dijeron con la voz de Morlevo.
Esmeralda retiró la espada de su pecho. La herida se cerró. El verdadero Morlevo no estaba allí. La figura frente a ella sonrió.
—Pero deberías creer en lo que viste.
Daruk sujetó la hoja y la introdujo otra vez en su propio cuerpo.
—Él vino por ti antes de conocerte.
—Vino por la corona.
—Es lo que se ha repetido durante años.
La figura se acercó hasta que la espada desapareció entre ambos.
—Pregúntale por qué mató a Qadir.