Capítulo 28 La marca #3
—No necesito hacerlo. Llevas queriendo encadenarme desde que viste cómo me miraba.
Samir golpeó al comandante. Morlevo chocó contra la columna. Esmeralda sujetó el brazo de Samir antes del segundo golpe.
—Basta.
—Defiendes al hombre que acaba de intentar matarte.
—También te defendí cuando me mentiste.
Samir se quedó inmóvil. Morlevo se limpió la sangre del labio.
—¿Sobre qué te mintió?
—Cállate —dijeron ambos al mismo tiempo.
Safiya apartó el abrevadero. Debajo había una placa de madera cubierta por una capa de estiércol. La levantó y dejó al descubierto una abertura por la que corría agua sucia.
—No es suficientemente ancha —dijo Nadira.
—Tendremos que pasar de uno en uno —respondió Morlevo.
Las puertas principales comenzaron a abrirse. Los soldados introdujeron lanzas entre las hojas de madera. Safiya descendió primero al canal. Las mujeres la siguieron. Nadira ayudó a Naima a entrar y Ligia se arrodilló junto a la abertura.
—Tú primero —dijo Esmeralda.
—No voy a dejarte.
—Estaré detrás de ti.
Ligia miró a Morlevo.
—¿Él también vendrá?
—Sí.
—Samir dice que no es seguro.
—Samir tiene razón.
El hombre la miró. Esmeralda sostuvo su mirada.
—Eso no significa que vayamos a abandonarlo.
Ligia entró en el canal. Samir pasó después de ella. Morlevo esperó a que Esmeralda se acercara.
—Deberías haberle dicho que me dejabas atrás.
—Habría sabido que mentía.
—Él te conoce bien.
—Tú también.
—Daruk mejor que ninguno.
La primera puerta de las caballerizas cedió.
Un soldado cruzó la abertura. Esmeralda descendió al canal.
Morlevo entró detrás y cerró la placa sobre sus cabezas.
Avanzaron con el agua hasta las rodillas.
El conducto era bajo y olía a excrementos, moho y hierro.
El sonido de las botas recorrió el techo.
Delante de ellos, Safiya abrió una reja. La luz del atardecer apareció al final.
Salieron en una zanja situada detrás de las canteras. Desde allí podían ver las torres del palacio y una columna de humo que ascendía sobre las cocinas. Las campanas comenzaron a sonar. No anunciaban un incendio. Era la llamada con la que Al-Manzur cerraba las puertas de Azmar.
—Registrarán la ciudad casa por casa —dijo Safiya—. Tenemos que cruzar el cauce antes de que envíe hombres a los puentes.
Naima intentó caminar. Sus piernas cedieron. Samir la sostuvo.
—No llegará a las montañas.
—No iremos a las montañas —respondió Morlevo—. Hay un edificio abandonado junto a las antiguas tenerías.
Safiya frunció el ceño.
—Ese lugar pertenece a los hombres de Rashid.
—Pertenecía.
—Sus hombres no saben que está muerto.
—Por eso no buscarán allí.
Samir se acercó hasta quedar frente a él.
—¿Y cómo sabes que no nos estás llevando hacia ellos?
Morlevo levantó el extremo de la cadena.
—Puedes continuar sujetándola.
—Lo haré.
Samir enrolló el hierro alrededor de su mano. Esmeralda vio la breve sonrisa del comandante.
—¿Qué te causa gracia? —preguntó Samir.
—Que por fin hayas encontrado una forma de mantenerme cerca de ella.
Esmeralda pasó entre ambos.
—Si empiezan a pelear otra vez, los dejaré encadenados juntos.
Ligia caminó a su lado.
—No creo que eso los detenga.
Cruzaron la zanja y avanzaron entre las construcciones abandonadas de la cantera.
La corona se mantenía caliente en la mano de Esmeralda, aunque Ligia permanecía a pocos pasos.
Cada vez que Morlevo tropezaba, el metal ardía con mayor fuerza.
El edificio de las tenerías apareció detrás de una pared cubierta de enredaderas.
No quedaban puertas ni ventanas, y el tejado se había hundido sobre la mitad de las habitaciones.
Morlevo los condujo hasta una cisterna seca.
Safiya descendió y comprobó que no hubiera nadie antes de ayudar a entrar a las demás mujeres. El espacio olía a cuero viejo. Había mantas, dos lámparas, recipientes de agua y una caja de alimentos escondida detrás de unas tablas. Nadira miró al comandante.
—Esto no está abandonado.
—No.
—¿Quién utiliza este lugar?
—Yo.
Esmeralda observó las mantas y la comida.
—¿Preparabas una huida?
—Preparaba varias.
—¿Desde cuándo?
—Desde antes de conocerte.
—¿Y nunca pensaste mencionarlo?
—No quería que sintieras que debías quedarte.
La respuesta la irritó más de lo que debería. Samir empujó a Morlevo hasta una columna y pasó la cadena alrededor de ella.
—Si la aprietas demasiado, dejará de circularle la sangre —dijo Esmeralda.
—Esa es la intención.
Morlevo se sentó sin protestar. Naima se arrodilló delante de él.
—No permitas que cierre los ojos.
—Llevo tres noches sin dormir —respondió Morlevo.
—Por eso Daruk te eligió.
Naima le sostuvo los párpados y examinó cada ojo a la luz de la lámpara.
—Cuando duermas, regresará por el camino que dejó dentro de ti. Primero ocupará tus recuerdos. Después construirá un cuerpo con ellos.
—¿Un cuerpo dentro del suyo? —preguntó Ligia.
—Al principio.
Esmeralda se acercó.
—¿Cómo cerramos el camino?
Naima miró la mitad del medallón.
—Entrando antes que él.
—¿Entrando dónde?
—En Morlevo.
Samir soltó la cadena.
—No.
—Ella lleva la corona mayor —continuó Naima—. Puede encontrar el lugar en el que Daruk dejó el camino, pero tendrá que hacerlo mientras Morlevo duerme.
—Acabas de decir que no podemos permitir que duerma.
—Si permanece despierto, la entrada no aparecerá.
—¿Qué ocurrirá con Esmeralda cuando aparezca?
Naima no respondió. Samir se inclinó hacia ella.
—¿Qué ocurrirá?
—Tendrá que atravesar sus recuerdos y cerrar desde el otro lado antes de que Daruk llegue.
Morlevo levantó la cabeza.
—No lo hará.
—Es la única posibilidad —dijo Naima.
—Entonces busca otra.
—No existe.
Morlevo tiró de la cadena. El hierro golpeó la columna.
—Esmeralda no entrará en mi cabeza.
—¿Qué escondes ahí dentro? —preguntó Samir.
Morlevo lo miró.
—Formas de matarte que no quiero que ella aprenda.
El segundo pulso golpeó con tanta fuerza que la venda se movió sobre sus costillas. Morlevo dejó escapar el aire. Esmeralda se arrodilló y apoyó la mano sobre su pecho.
—Mantén los ojos abiertos.
Él intentó hacerlo. Los párpados descendieron. Esmeralda le golpeó el rostro.
—Mírame.
Morlevo abrió los ojos.
—Cuando entre —dijo él—, Daruk utilizará todo lo que encuentre para retenerte.
—Ya lo ha intentado.
—Todavía no ha visto todo.
—Yo tampoco.
—Hay cosas que no quiero que veas.
Esmeralda sujetó su mandíbula.
—Debiste pensar en eso antes de pedirme que permaneciera contigo.
El segundo pulso se detuvo. Naima se puso de pie.
—Está entrando en el sueño.
—Todavía está despierto —dijo Ligia.
Los ojos de Morlevo permanecían abiertos, pero ya no seguían el movimiento de Esmeralda. Samir recuperó la espada.
—Apártate de él.
La mano encadenada de Morlevo se levantó. Sus dedos se cerraron alrededor de la nuca de Esmeralda con una suavidad que ella reconoció. La acercó hasta que sus frentes se tocaron.
—No abras —murmuró.
Su voz era la de Morlevo. Después sonrió.
—Todavía no.
La voz era la de Esmeralda.