La esclava (El reino prohibido nº 1) Capítulo 28 La marca #2
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Capítulo 28 La marca #2

Morlevo sonrió contra su piel. Esta vez reconoció la sonrisa.

Él deslizó la mano por su espalda, encontró la abertura del vestido y entró debajo de la tela.

Sus dedos estaban fríos, pero la palma se calentó sobre la piel desnuda.

Esmeralda sintió que la respiración se le detenía cuando la mano bajó hasta su cintura.

—Dime que pare —murmuró Morlevo.

—Todavía no has hecho nada que quiera detener.

Lo besó otra vez. Morlevo la levantó y la sentó sobre una barrica más pequeña.

Se colocó entre sus rodillas, y la presión de su cuerpo hizo evidente que la herida no había reducido su deseo.

Esmeralda rodeó su cintura con una pierna.

Él llevó la boca hasta su pecho. Apartó la tela con los dientes y cerró los labios sobre la piel descubierta.

La mano subió por el interior de su muslo.

Esmeralda apretó la nuca del comandante.

Morlevo se detuvo antes de alcanzar el lugar donde ella lo esperaba.

—¿Por qué paras?

Él mantuvo la frente apoyada sobre su clavícula.

—Porque no estoy seguro de haber sido yo quien empezó.

El segundo pulso golpeó debajo de la mano de Esmeralda.

Las líneas negras ascendieron desde el vientre de Morlevo y rodearon su muñeca.

Ella tomó la espada. Morlevo retrocedió de inmediato.

La hoja quedó entre ambos. El pecho de él subía y bajaba con rapidez.

Sus ojos continuaban grises, pero las líneas se desplazaban bajo la piel del cuello.

—Daruk siente lo que tú sientes —dijo Esmeralda.

—También aprende.

—Que desee no significa que pueda decidir.

—Intenta explicárselo a una criatura que ha utilizado cuerpos durante siglos.

—Se lo explicaré cada vez que sea necesario.

Morlevo miró la espada.

—No tendrás que hacerlo si me dejas atrás.

Esmeralda bajó de la barrica y volvió a cubrirse.

—Eso es exactamente lo que quiere Al-Manzur.

—Al-Manzur me necesita vivo.

—Y Daruk te necesita solo.

Morlevo se inclinó para recoger la camisa. No consiguió alcanzarla. Esmeralda la tomó y utilizó el resto de la tela para vendarle el costado. Pasó la tira alrededor de su cintura, apretó el nudo y sintió el cuerpo de él tensarse.

—Me dejarás atado en cuanto encontremos a los demás —dijo Morlevo.

—Sí.

—Lejos de Ligia.

—Sí.

—Y dormirás donde yo pueda verte.

Esmeralda terminó el nudo.

—Eso no forma parte de ninguna medida de seguridad.

—Forma parte de las mías.

Los soldados entraron en la despensa exterior. El sonido de las botas recorrió el pasillo. Morlevo recuperó la espada. Esmeralda retiró el pestillo de una segunda puerta oculta detrás de las barricas.

—¿Adónde conduce?

—Al conducto por el que descargan el vino.

—¿Tenemos que arrastrarnos?

—Solo si quieres evitar a los seis hombres que están al otro lado.

Esmeralda entró primero. El conducto descendía en una pendiente cubierta de polvo y restos de paja.

Morlevo cerró la puerta detrás de ellos justo cuando alguien golpeaba el almacén.

Avanzaron agachados. El espacio se volvió más estrecho hasta obligarlos a apoyar las manos en el suelo.

El olor de las caballerizas aumentaba con cada paso.

Al final encontraron una reja. Morlevo introdujo los dedos entre los barrotes y levantó una pieza de hierro.

—Empuja.

Esmeralda presionó con el hombro. La reja se abrió debajo de un montón de sacos vacíos.

Salieron en un pesebre. Los caballos tiraban de las riendas, golpeaban las puertas de los compartimentos y levantaban nubes de polvo.

Algunos tenían espuma alrededor de la boca.

Otros permanecían inmóviles, con las orejas dirigidas hacia el suelo.

—Lo sienten debajo del palacio —dijo Esmeralda.

—Todos lo sentimos.

Morlevo se apoyó contra una columna. La puerta principal de las caballerizas estaba cerrada con una barra. Dos soldados vigilaban el patio y otros tres trataban de controlar los caballos ensillados. Esmeralda sostuvo el medallón. La mitad de la corona estaba fría.

—Ligia no está cerca.

—La puerta exterior pudo expulsarlos al otro lado de la muralla.

—O pudo arrastrarlos dentro.

Morlevo miró los compartimentos.

—Busca un caballo que todavía acepte una montura.

Esmeralda avanzó entre los animales. Al pasar junto a una yegua blanca, la corona se calentó. Se detuvo.

—Morlevo.

Acercó el medallón a la pared del fondo. El metal tiró hacia la piedra. Del otro lado, algo respondió con tres golpes. Esmeralda apoyó la frente contra el muro.

—¡Ligia!

Escuchó una voz apagada.

—¡Estamos aquí!

La corona se calentó tanto que tuvo que envolverla en una parte del vestido. Morlevo examinó la pared.

—Hay una puerta para sacar los animales muertos. La cerraron cuando construyeron el muro exterior.

—¿Puede abrirse?

—Desde ambos lados.

—Ligia no conocerá el mecanismo.

—Safiya sí.

Morlevo encontró dos anillos de hierro ocultos debajo de la paja.

Tiró del primero y después del segundo. La pared crujió.

Del otro lado se escuchó otro mecanismo.

Una sección de piedra comenzó a levantarse.

Ligia apareció debajo antes de que hubiera espacio suficiente para pasar.

Se arrastró por el suelo y se lanzó contra su hermana. Esmeralda la sostuvo con ambos brazos.

—Pensé que te había perdido.

Ligia apretó el rostro contra su cuello.

—Dijiste que no iba a ocurrir.

—También dije que estaba mintiendo.

—No vuelvas a mentir sobre eso.

Samir entró después de ella. Tenía sangre en la frente, la camisa desgarrada y la espada de Safiya en una mano. Se detuvo al ver a Esmeralda. Durante unos segundos ninguno de los dos habló. Después Samir dejó caer la espada y cruzó el espacio que los separaba. Le sostuvo el rostro entre las manos.

—Estás viva.

La besó. Esmeralda sintió el alivio de reconocer su boca, el olor del polvo de la calle y la presión de unas manos que no podían ocultar lo mucho que habían temblado.

Le devolvió el beso durante un instante.

Samir la abrazó con mayor fuerza. Esmeralda abrió los ojos.

Morlevo permanecía junto a la pared, con el torso vendado y la sangre atravesando la tela.

No apartó la mirada. Ella separó la boca de Samir.

—Tenemos que salir.

Él siguió la dirección de sus ojos. El alivio desapareció de su rostro.

—Lo has traído.

—Morlevo conoce una salida.

—Daruk conoce una salida.

Morlevo tomó la camisa rota del suelo y se cubrió.

—Me alegra comprobar que la puerta no mejoró tu carácter.

Samir recuperó la espada.

—Enséñame los ojos.

—Los tengo en el mismo lugar.

Samir avanzó. Esmeralda se interpuso.

—No.

—Lo vi atacarte a través de la puerta.

—También lo viste protegerme.

—La criatura lo utilizó para acercarse a la corona.

—Y Morlevo la obligó a salir.

—No salió por completo.

El segundo pulso golpeó dentro del cuerpo del comandante. Esmeralda lo sintió a través del medallón. Samir observó su expresión.

—Tú también lo sabes.

Safiya entró por debajo de la pared, seguida por Nadira y otras tres mujeres. Naima apareció al final, apoyada sobre el hombro de una de ellas. Tenía los labios pálidos y apenas podía caminar. Al ver a Morlevo, se detuvo.

—Cierren la puerta.

Safiya y Nadira tiraron de los anillos. La piedra descendió detrás de ellas. Naima se acercó al comandante. Morlevo levantó las manos.

—No la he tocado.

—No necesito que la toques para saber que sigue dentro.

Naima colocó dos dedos sobre la vena de su cuello. El segundo pulso respondió. Ella retiró la mano.

—¿Cuánto tiempo estuvo unido a la criatura?

—No lo sé —respondió Esmeralda—. La puerta se cerró en cuanto sus ojos recuperaron el color.

—Eso no responde cuánto alcanzó a salir.

—La mayor parte —dijo Morlevo.

Naima observó la línea oscura que aparecía debajo de la mandíbula.

—Una criatura fragmentada no tiene una parte mayor.

—Vi cómo salía de él —insistió Esmeralda.

—Viste lo que quiso mostrarte.

Un golpe resonó en las puertas principales de las caballerizas. Los caballos se agitaron.

—Abran en nombre del rey —ordenó una voz desde el patio.

Safiya miró los compartimentos.

—No podremos llevarnos los animales sin abrir esa puerta.

—No necesitamos caballos —dijo Morlevo—. Hay un canal de desagüe debajo del último pesebre.

—¿Adónde conduce? —preguntó Nadira.

—Fuera del segundo muro, cerca de las canteras.

Samir soltó una risa sin humor.

—Otro camino que solo conoce el hombre que trabaja para Al-Manzur.

Morlevo volvió el rostro hacia él.

—Puedes quedarte y comprobar si el rey conoce uno mejor.

La barra de la entrada se levantó varios centímetros con el siguiente golpe. Safiya corrió hacia el último compartimento.

—¿Cómo se abre el canal?

—Retira el abrevadero.

Ella y dos mujeres comenzaron a moverlo. Esmeralda ayudó a Naima a sentarse contra una columna.

—¿Qué está ocurriendo dentro de Morlevo?

—No ha conservado un fragmento —respondió su madre—. Daruk no puede dividirse otra vez sin las puertas.

—Entonces ¿qué es ese pulso?

Naima miró al comandante.

—Un lugar vacío.

La entrada volvió a estremecerse.

—Habla con claridad —exigió Esmeralda.

—Cuando la criatura salió, dejó un camino abierto dentro de él. Cada recuerdo que tocó, cada temor y cada deseo forman ahora una ruta que conduce desde la prisión hasta su cuerpo.

—La puerta está cerrada.

—Las puertas de piedra, sí.

Naima llevó una mano hasta la herida del cuello de Esmeralda.

—Pero Daruk entró en ti cuando lo tocaste. Entró en Rashid a través de la sangre. No necesita atravesar una muralla si puede utilizar a quienes ya estuvieron unidos a él.

Esmeralda miró las manchas secas sobre su brazo. Morlevo había apretado su garganta con aquellas manos. Ella había introducido los dedos en su herida y mantenido la palma sobre su pecho.

—¿También está dentro de mí?

—No escucho otro pulso.

—Eso no significa que no esté.

—Significa que todavía no ha encontrado dónde esconderse.

Samir se acercó.

—Aléjate de él.

Morlevo tomó la cadena que seguía alrededor de su muñeca y se la ofreció.

—Hazlo tú mismo.

Samir sujetó el extremo.

—No me provoques.