La esclava (El reino prohibido nº 1) Capítulo 28 La marca
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Capítulo 28 La marca

LA MARCA

Esmeralda retiró la mano. Morlevo dejó de sonreír.

—¿Fuiste tú?

Él apoyó la espalda contra la pared. El esfuerzo de permanecer de pie hacía temblar los músculos de su abdomen, pero sus ojos conservaban el color gris.

—No lo sé.

—No vuelvas a responderme eso.

—Entonces no hagas preguntas para las que necesitas una mentira.

Esmeralda recogió la espada de Al-Manzur y colocó la punta debajo de su mandíbula. Morlevo no intentó apartarla.

—Daruk conoce tus recuerdos —dijo ella—. Puede utilizar tu voz y sabe lo que deseas. No tengo ninguna forma de distinguirlos.

—Sí la tienes.

—¿Cuál?

—Él quiere que confíes en mí.

La hoja permaneció contra su garganta.

—Eso tampoco me ayuda.

—Yo quiero que dudes.

Un golpe estremeció la puerta situada en la parte superior de la escalera. Alguien intentaba abrirla desde las cocinas. Morlevo miró hacia la línea de luz.

—Si notas otra vez ese pulso, no esperes a que llegue a mis ojos.

—¿Quieres que te mate?

—Quiero que me detengas.

—No es la misma cosa.

—Puede llegar a serlo.

La puerta se abrió de golpe. Un muchacho con un delantal cubierto de harina apareció en lo alto de la escalera. Llevaba un cuchillo de cocina entre las manos y tenía sangre en la mejilla. Al verlos, retrocedió.

—El comandante está aquí.

La voz resonó al otro lado. Esmeralda subió los escalones antes de que Morlevo pudiera impedirlo. Sujetó al muchacho por el delantal, lo hizo entrar en el pasadizo y cerró la puerta.

—¿A quién se lo dijiste?

Él miró la espada ensangrentada.

—A nadie.

—Acabas de gritarlo.

—Creí que estaba muerto.

—Todavía no —respondió Morlevo desde la oscuridad—. ¿Quién controla las cocinas?

El muchacho lo reconoció por la voz.

—Los hombres de Rashid. Dicen que el rey está atrapado debajo del palacio y que ustedes intentaron matarlo.

—Rashid está muerto —dijo Esmeralda.

—Entonces sus hombres todavía no lo saben.

Morlevo subió con una mano apoyada en la pared.

—¿Cuántos?

—Ocho en el patio. Hay otros junto a las caballerizas y han cerrado las puertas exteriores.

—¿Los sirvientes?

—Nos obligaron a permanecer en las cocinas. Cuando empezó a caer el techo, todos corrieron.

Otro temblor recorrió el pasadizo. Polvo y fragmentos de argamasa descendieron sobre ellos. El muchacho levantó el cuchillo.

—Mi hermana sigue ahí fuera.

—¿Qué edad tiene? —preguntó Esmeralda.

—Doce años.

—¿Dónde la viste por última vez?

—Junto a los hornos.

Morlevo abrió la puerta apenas unos centímetros. El calor entró acompañado por el olor de la grasa quemada. A través de la ranura podían verse mesas volcadas, ollas abiertas y platos rotos. Una viga había caído sobre el horno principal y las llamas comenzaban a extenderse por la madera del techo.

—Busca a tu hermana y salgan por el depósito de carbón —dijo Morlevo—. Hay una reja detrás del tercer montón. Golpea dos veces la piedra de la izquierda y se abrirá.

El muchacho no se movió.

—¿Por qué debería creerte?

—Porque si quisiera retenerte, no te habría dicho que existe una salida.

Morlevo abrió la puerta. El muchacho corrió hacia los hornos. Esmeralda observó al comandante.

—Al-Manzur también conoce ese pasadizo.

—Conoce que existe. Nunca se molestó en aprender cómo se abre.

—¿Cuántas rutas ocultas hay en este palacio?

—Menos de las que necesitaremos.

Entraron en las cocinas. Una mujer yacía junto a una mesa con una flecha clavada en el pecho.

Cerca de ella, un anciano intentaba detener con un paño la sangre que salía de la pierna de otro sirviente.

Nadie prestó atención a Esmeralda ni a Morlevo.

Todos miraban el fuego o las puertas, esperando que aparecieran los soldados.

Morlevo avanzó entre los restos. Su pie herido dejó una marca oscura sobre las baldosas.

Esmeralda lo sujetó antes de que cayera.

—Necesito revisar la herida.

—En las caballerizas.

—No llegarás hasta allí.

—Si me desabrochas la ropa en medio de una cocina llena de personas, encontraré la fuerza.

Esmeralda pasó el brazo alrededor de su cintura.

—No confundas estar al borde de la muerte con resultar encantador.

—Nunca he necesitado estar al borde de la muerte para eso.

Una flecha atravesó la puerta del patio. Ambos se agacharon. Tres soldados aparecieron entre el humo. El primero llevaba el emblema de Rashid pintado sobre la placa del pecho. Los otros dos sostenían arcos.

—¡Comandante! —gritó uno de ellos—. Suelte el arma y aléjese de la mujer.

Morlevo tomó un cuchillo de una mesa.

—Si todavía me llamas comandante, deberías saber lo estúpida que es esa orden.

—El rey ha ordenado capturarlos con vida.

—Rashid te enseñó a mentir mejor.

El arquero disparó. Morlevo apartó a Esmeralda.

La flecha pasó entre ambos y se clavó en un saco de arroz.

El comandante lanzó el cuchillo. La hoja entró en el cuello del arquero.

El segundo levantó su arma. Esmeralda arrojó una olla contra las llamas.

El aceite hirviendo se extendió sobre el suelo y el fuego avanzó hasta las botas de los soldados.

Los hombres retrocedieron. Morlevo se abalanzó sobre el primero.

Lo golpeó con el hombro y lo hizo caer encima de una mesa. El soldado intentó sacar la espada, pero Morlevo le sujetó la cabeza con ambas manos. Las líneas negras aparecieron alrededor de sus dedos. El hombre comenzó a gritar.

—Morlevo.

Él presionó con mayor fuerza. La piel del soldado se oscureció debajo de sus palmas. Esmeralda apoyó la espada sobre las costillas del comandante.

—Decide qué haces con tus manos.

Morlevo giró el rostro. Uno de sus ojos comenzaba a cubrirse de negro. Esmeralda hundió la punta lo suficiente para atravesar la camisa.

—No voy a repetírtelo.

Los dedos se abrieron. El soldado cayó al suelo y se arrastró hacia las llamas con tal de apartarse de él. Morlevo retrocedió. El color regresó lentamente a su ojo.

—Ha sido más rápido esta vez —dijo Esmeralda.

—Porque estoy más débil.

—Entonces deja de fingir que puedes caminar solo.

El segundo arquero apareció entre el humo. Antes de que disparara, el muchacho del delantal le hundió el cuchillo de cocina en la espalda. Una niña delgada esperaba detrás de él, abrazada a una cesta de pan. Morlevo señaló el depósito de carbón.

—Ahora.

Los dos hermanos corrieron. Esmeralda condujo al comandante hasta una puerta estrecha situada detrás de las despensas.

Entraron en una habitación sin ventanas en la que se almacenaban vino, especias y piezas de carne seca.

Cerró el pestillo. En el exterior comenzaron a escucharse órdenes.

Los hombres de Rashid habían encontrado al arquero.

—Quítate la camisa —dijo Esmeralda.

Morlevo se dejó caer contra una barrica.

—Creí que nunca ibas a pedirlo.

—Si vuelves a hacer una broma, utilizaré la espada para ayudarte.

Él llevó las manos al borde de la camisa y consiguió levantarla hasta las costillas.

El movimiento abrió nuevamente la herida.

La sangre descendió por su vientre. Esmeralda apartó sus manos y terminó de retirar la tela.

El hombro estaba cortado, las palmas tenían heridas recientes y la carne del costado se había abierto alrededor de una línea negra que se curvaba bajo las costillas. Morlevo observó su rostro.

—No parece tan grave.

—Puedo ver el interior de tu cuerpo.

—Siempre has querido hacerlo.

Esmeralda rompió una tira de tela de su vestido.

—No de esta manera.

Humedeció el paño con vino y lo presionó sobre la herida. Morlevo cerró los ojos. Sus músculos se contrajeron debajo de la mano de ella, pero no emitió ningún sonido.

—Ábrelos.

—Solo ha sido un instante.

—Daruk entraba primero en los sueños.

Morlevo volvió a mirarla. Esmeralda limpió la sangre alrededor de las costillas. La línea oscura se movió debajo de la piel, apartándose del contacto.

—La viste —dijo él.

—Sí.

—¿Hacia dónde fue?

Ella apoyó dos dedos sobre su vientre. La marca volvió a moverse. Descendió hasta desaparecer debajo del borde de los pantalones. Morlevo le sujetó la muñeca.

—No la sigas.

—Necesito saber dónde está.

—Yo sé dónde está tu mano.

Esmeralda levantó la mirada. La respiración de él había cambiado.

Permanecía apoyado contra la barrica, con el pecho descubierto y una pierna extendida entre las de ella.

La sangre, el sudor y el polvo habían endurecido parte de su cabello.

Aun así, había algo deliberado en la manera en que la observaba.

—¿Eres tú? —preguntó.

Morlevo llevó los dedos de ella hasta el centro de su pecho.

—No puedo demostrártelo.

Debajo de su palma latía el corazón. El segundo pulso respondió más abajo.

—Daruk también sabe que me deseas —dijo Esmeralda.

—Lo sabe desde antes que tú.

—No presumas.

—Te escuchó pronunciar mi nombre cuando tenías la boca sobre la mía. Hay cosas que ni siquiera una criatura encerrada durante siglos puede interpretar de otra forma.

Ella apretó los dedos sobre la herida. Morlevo dejó escapar el aire.

—Eso también puede ser Daruk.

—Sí.

—Podría utilizar tu deseo para acercarme.

—Sí.

—Y, sin embargo, no te apartas.

Esmeralda colocó la espada sobre la barrica, al alcance de su mano.

—Si tratas de obligarme, te la clavaré en el cuello.

—Eso se parece demasiado a una invitación.

Ella lo besó. Morlevo permaneció inmóvil durante el primer instante.

Después le sujetó la nuca y abrió la boca contra la suya.

El sabor del vino se mezcló con la sangre.

Esmeralda sintió sus dedos enredarse en su cabello y el golpe de su espalda contra la barrica cuando ella avanzó entre sus piernas.

La boca de Morlevo descendió hasta la herida de su cuello.

—Aquí puso la espada —dijo él.

Pasó la lengua sobre el corte que había dejado Al-Manzur. Esmeralda introdujo la mano debajo de su cabello y tiró hacia atrás.

—No pronuncies su nombre mientras me tocas.