Capítulo 27 La puerta negra #5
Morlevo abrió los ojos.
—No puedo.
—No te lo estoy preguntando.
Esmeralda pasó uno de sus brazos por encima de los hombros y lo obligó a incorporarse. Él apoyó parte del peso sobre la pierna sana. Al-Manzur avanzó.
—No tienen salida.
Esmeralda miró las paredes cubiertas por figuras rotas. Buscó el tercer relieve. Una mujer sostenía una serpiente entre las manos. Una grieta le atravesaba el rostro, pero los ojos permanecían intactos.
—Allí.
Morlevo siguió su mirada.
—Presiona los dos al mismo tiempo.
Esmeralda lo arrastró hasta la pared. Los guardias corrieron hacia ellos.
Presionó los ojos de la mujer. El relieve se hundió y dejó al descubierto un corredor estrecho.
Un olor a aceite, ceniza y comida podrida salió del interior.
Morlevo entró primero. Esmeralda cruzó detrás y golpeó la piedra con la empuñadura de la espada, buscando el mecanismo que pudiera cerrarla.
No lo encontró. El primer guardia alcanzó la abertura.
Morlevo se volvió y le hundió el extremo roto de la cadena en la garganta. El hombre cayó hacia delante, bloqueando parte de la entrada.
—Continúa —ordenó.
—No voy a dejarte aquí.
—Entonces deja de hablar y ayúdame a moverlo.
Entre ambos empujaron el cuerpo dentro del pasadizo.
Esmeralda encontró una palanca detrás del relieve y tiró de ella.
La pared comenzó a cerrarse. Al-Manzur llegó antes de que desapareciera la abertura.
Introdujo la espada. La hoja impidió que las piedras se unieran.
El rey observó a Esmeralda a través de la ranura.
—No puedes escapar de todas las puertas.
Ella levantó el medallón.
—Tú tampoco.
Golpeó la hoja con la cadena. La espada cayó dentro del corredor.
La piedra se cerró frente al rostro de Al-Manzur.
El pasadizo quedó a oscuras. Durante varios segundos solo se escucharon la respiración de Esmeralda, el esfuerzo de Morlevo por permanecer de pie y los golpes del rey al otro lado de la pared. Después el suelo volvió a estremecerse.
—Tenemos que encontrar a Ligia —dijo Esmeralda.
Morlevo apoyó una mano contra la pared.
—El corredor termina en el patio de las cocinas. Desde allí podemos llegar a las caballerizas.
—Ellos están fuera de la muralla.
—Si Naima consiguió separar la corona, la puerta exterior debió expulsarlos antes de cerrarse.
—¿Y si no lo hizo?
Morlevo no respondió. Esmeralda avanzó con una mano sobre la pared. El pasadizo era tan estrecho que los hombros rozaban ambos lados. Detrás de ellos, Al-Manzur continuaba golpeando el relieve.
—Apóyate en mí —dijo ella.
—Puedo caminar.
Morlevo dio dos pasos y cayó sobre una rodilla. Esmeralda regresó, pasó el brazo alrededor de su cintura y lo levantó. La piel del comandante estaba fría.
—Daruk salió de ti.
—Una parte.
—¿Cuánto quedó?
—No lo sé.
—Esa respuesta comienza a cansarme.
—A mí también.
Continuaron avanzando. La oscuridad era completa y el aire se volvía más caliente a medida que se acercaban a las cocinas. Morlevo mantenía una mano sobre el hombro de Esmeralda y la otra apretada contra la herida.
—Cuando salgamos —dijo él—, debes ir con Ligia.
—Los dos iremos con ella.
—Si Daruk sigue dentro de mí, Al-Manzur no será el único que nos busque.
—Ya nos buscaban antes.
—No de esta manera.
Esmeralda se detuvo.
—Dijiste que querías que permaneciera contigo sin estar preparada para huir.
—También dije que no quería retenerte.
—Entonces no decidas por mí hacia dónde debo correr.
Morlevo inclinó el rostro hasta apoyarlo contra su cabello. Durante un instante pareció que iba a besarla, pero solo respiró junto a su sien.
—Todavía hueles a él.
Esmeralda volvió a caminar.
—Y tú todavía estás sangrando sobre mi vestido. Ninguno se encuentra en posición de reclamar delicadeza.
Morlevo soltó una risa breve que terminó en un gemido. Encontraron una escalera. Una línea de luz aparecía debajo de la puerta situada en la parte superior. Se escuchaban gritos, platos rotos y personas corriendo por el patio. Esmeralda apoyó la mano sobre el pecho de Morlevo.
—Déjame revisar la herida antes de salir.
—No tenemos tiempo.
—Tenemos el tiempo suficiente para saber si Daruk puede volver a utilizarte contra mí.
Morlevo permaneció inmóvil. Ella apartó la tela.
La mayor parte de las líneas había desaparecido.
Solo quedaba una marca delgada alrededor de las costillas, tan tenue que podía confundirse con una vena debajo de la piel.
Esmeralda mantuvo la palma sobre su pecho.
El corazón latía rápido y con poca fuerza.
—Está casi fuera —dijo Morlevo.
Ella no retiró la mano. Debajo del primer latido sintió otro. Era más lento. No seguía el ritmo de su corazón ni se alteraba cuando Morlevo respiraba. Permanecía oculto en un lugar más profundo, golpeando con paciencia desde el interior de su cuerpo. Esmeralda levantó la mirada.
—¿Qué ocurre? —preguntó él.
El segundo pulso se detuvo. Después respondió con un golpe firme contra su palma. Morlevo sonrió. Esmeralda no pudo saber cuál de los dos lo había hecho.