Capítulo 27 La puerta negra #4
Al principio fueron delgadas, apenas visibles dentro de la sangre.
Después se reunieron y formaron una cuerda palpitante entre su cuerpo y la abertura.
Algo tiraba desde el otro lado, arrancando a Daruk de cada músculo, cada vena y cada lugar en el que se había ocultado.
Morlevo cayó sobre las manos. Las líneas continuaron saliendo. Su ojo derecho recuperó el color.
—Todavía no —advirtió Naima—. Si separan las coronas demasiado pronto, la parte regresará a él.
Ligia sostenía el medallón con ambas manos. Samir permanecía detrás, preparado para tirar de su cuerpo si la puerta volvía a arrastrarla.
—¿Cuándo? —preguntó Esmeralda.
Naima observó el rostro de Morlevo.
—Cuando pueda mirarte con sus propios ojos.
Al-Manzur se lanzó hacia la puerta. Esmeralda lo vio demasiado tarde. El rey no intentaba atacar a Morlevo, sino cortar la cadena que lo mantenía en la cámara. Su espada golpeó los eslabones. El hierro resistió el primer impacto.
—¡Detente! —gritó Esmeralda.
Al-Manzur volvió a levantar el arma.
—He esperado demasiado para abrir esta prisión.
—No hay ningún ejército que puedas gobernar ahí dentro.
—No necesito un ejército.
El segundo golpe abrió una hendidura en uno de los eslabones. Esmeralda atacó. El rey detuvo la espada sin dificultad. Giró la muñeca, desvió el filo y la golpeó en el rostro con el dorso de la mano. Ella chocó contra la pared. Al-Manzur volvió hacia la cadena.
—Cuando la criatura esté completa, necesitará un cuerpo capaz de contenerla. Morlevo fue una prueba, nada más.
Esmeralda se limpió la sangre del labio.
—¿Piensas ofrecérselo?
—Pienso darle un rey.
La certeza en su voz reveló que no se trataba de una decisión reciente. Al-Manzur había abierto las cámaras, entregado prisioneros y permitido que Daruk creciera dentro del palacio porque esperaba convertirse en el único hombre capaz de conservarlo.
—Te matará.
—Primero tendrá que entrar en mí.
La espada descendió por tercera vez. Rashid se abalanzó sobre Esmeralda antes de que pudiera impedirlo. Le rodeó el cuello con un brazo y hundió la rodilla en su espalda.
—Al fin sin una puerta entre nosotros —murmuró junto a su oído.
La infección había alcanzado su muñeca. La mano negra que apretaba la garganta de Esmeralda temblaba con espasmos pequeños. Ella clavó el codo en sus costillas. Rashid aumentó la presión.
—Quería escuchar cómo me pedías que me detuviera.
—Tendrás que seguir esperando.
Esmeralda sujetó uno de sus dedos y lo dobló hacia atrás. El hueso se quebró, pero Rashid solo soltó una risa entrecortada.
—Eso fue mejor.
La mano de la criatura abandonó el hombro de Morlevo.
Los dedos giraron en el aire. La mancha del brazo de Rashid palpitó.
La criatura la había percibido. Uno de los dedos demasiado largos cruzó la cámara y se cerró alrededor de su muñeca.
Rashid soltó a Esmeralda e intentó cortar la mano con el puñal.
La hoja atravesó la oscuridad sin encontrar resistencia.
El brazo comenzó a arrastrarlo. Rashid clavó los talones en el suelo.
—¡Ayúdame!
Al-Manzur miró al capitán y después la cadena de Morlevo. No dudó. Le dio una patada en el pecho. Rashid cayó junto a la abertura.
—Mi rey.
La mano de la criatura lo sujetó por el rostro.
Dos dedos se introdujeron en la herida abierta debajo de la venda y separaron los bordes que Morlevo había desgarrado.
Rashid gritó. Al-Manzur volvió a golpear la cadena.
El eslabón se partió. Morlevo fue arrastrado hacia la puerta.
Esmeralda se lanzó sobre el extremo roto y lo enrolló alrededor de su antebrazo.
El peso del comandante la hizo caer de rodillas.
Sus botas resbalaron sobre la sangre. Morlevo se encontraba a menos de un paso de la abertura.
Las líneas negras continuaban saliendo de su cuerpo y reuniéndose con la masa que respiraba al otro lado.
La piel alrededor de la herida recuperaba lentamente su color, pero los dedos de la criatura ya habían penetrado en su pecho.
Rashid continuaba aferrado al borde. Solo la mitad de su cuerpo permanecía en la cámara.
—Al-Manzur —suplicó.
El rey sostuvo su mirada.
—Cumple tu última orden.
Pateó una de sus manos. Los dedos de Rashid se desprendieron de la piedra.
La criatura lo arrastró hacia la oscuridad.
El grito continuó unos segundos después de que sus piernas desaparecieran y terminó con un ruido húmedo, semejante al de una tela pesada al romperse.
La puerta se abrió otro palmo. Una parte del cuerpo situado detrás intentó seguirlo.
Esmeralda vio una superficie formada por rostros unidos.
Algunos conservaban los ojos abiertos. Otros movían la boca dentro de aquella carne oscura y compartida.
El rostro de Rashid apareció entre ellos antes de que su grito hubiese terminado.
La criatura no devoraba los cuerpos. Los conservaba.
Morlevo levantó la cabeza. Los dos ojos eran nuevamente grises.
—Zahra.
Naima gritó desde el otro extremo del camino.
—¡Ahora!
Esmeralda soltó la cadena y corrió hacia el medallón. Introdujo los dedos alrededor de la corona. La piedra seguía apretándola. Ligia trató de arrancar su mitad de la muralla. Tampoco se movió.
—Gírenlas —dijo Naima—. En direcciones opuestas.
—¿Hacia dónde? —preguntó Ligia.
—Tú hacia el corazón. Esmeralda hacia la mano herida.
Ligia giró la pieza hacia la izquierda. Esmeralda apoyó la palma sangrante sobre la corona y la hizo girar a la derecha.
La puerta emitió un sonido profundo. Las líneas negras se tensaron entre Morlevo y la criatura.
Él arqueó la espalda mientras la oscuridad terminaba de abandonar su pecho.
Al-Manzur sujetó a Esmeralda por el cabello.
—No.
La apartó de la puerta. La corona comenzó a regresar a su posición. Ligia gritó al sentir que su mitad volvía a tirar de ella. Esmeralda golpeó la rodilla del rey con el talón. Al-Manzur perdió el equilibrio, pero no soltó su cabello. Levantó la espada y apoyó la punta sobre su espalda.
—Terminarás lo que empezó Naima.
—No.
—Abrirás cada cámara.
—No.
La espada atravesó la tela y entró debajo de su omóplato. El dolor le cortó la respiración. Al-Manzur acercó la boca a su oído.
—Todos terminan abriendo.
Morlevo tiró de la cadena rota. El extremo libre se levantó del suelo y se enrolló alrededor del tobillo del rey.
Morlevo jaló con ambas manos. Al-Manzur cayó de espaldas.
La espada salió del cuerpo de Esmeralda y chocó contra la piedra.
Ella regresó a la puerta. Morlevo estaba siendo arrastrado hacia la abertura.
Una de sus piernas ya había atravesado la oscuridad y los rostros se movían alrededor de ella, abriendo la boca sobre su piel.
—¡Mírame! —gritó Esmeralda.
Él levantó el rostro. No quedaba oscuridad en sus ojos.
Esmeralda giró la corona. Ligia hizo lo mismo al otro lado.
Las piezas se separaron. La puerta se cerró.
El borde de piedra golpeó el cuerpo de la criatura y cortó los dedos que permanecían dentro de la cámara.
También cortó las líneas negras antes de que terminaran de abandonar el pecho de Morlevo.
Él salió despedido hacia atrás. El palacio se estremeció.
Las figuras talladas en el corredor se quebraron desde la cabeza hasta los pies.
Una grieta atravesó el techo y dejó caer bloques de piedra sobre los guardias.
Las lámparas se apagaron. Esmeralda escuchó el grito de Ligia justo antes de que desapareciera la imagen de la calle.
La puerta quedó cerrada. Las coronas volvieron a estar separadas.
Esmeralda sostenía su mitad del medallón en la mano ensangrentada.
—¡Ligia!
Apoyó la pieza contra la piedra. No ocurrió nada.
—¡Madre!
Solo recibió el eco de su propia voz. Al-Manzur se incorporó entre el polvo. Tenía una herida sobre la ceja y arrastraba una pierna, pero conservaba la espada. Tres guardias continuaban vivos detrás de él.
—Entrégame la corona.
Esmeralda se arrodilló junto a Morlevo. Él respiraba. La herida del costado seguía abierta y una línea oscura se curvaba alrededor de sus costillas, pero la mayor parte de la infección había desaparecido.
—Levántate —dijo ella.