Capítulo 27 La puerta negra #3
—Dividieron a la criatura —continuó—. Encerraron cada parte detrás de una puerta distinta y borraron los caminos que permitían reunirlas. Mi familia custodiaba las llaves.
Esmeralda miró las imágenes que se desplazaban dentro de la grieta. En una de ellas, algo golpeó una puerta desde el otro lado. No era un hombre. Tampoco una bestia. Su forma cambiaba con cada movimiento.
—¿Cuántas partes hay? —preguntó.
—No lo sé.
—Tú abriste dos cámaras para Al-Manzur.
—La primera contenía los registros. La segunda parecía vacía.
Daruk volvió a reír. Naima miró a Morlevo con horror.
—No estaba vacía —comprendió Esmeralda.
—No.
—Liberaste una parte.
—No lo supe hasta que comenzó a utilizar a los hombres del palacio. Primero entraba en sus sueños. Después aprendió a permanecer en sus cuerpos.
Al-Manzur apoyó la espada sobre el hombro de Esmeralda.
—Tu madre lleva años confundiendo el miedo con la memoria.
—Por eso intentaste entregarla a Daruk —dijo ella—. Querías que abriera las demás prisiones.
—Quería controlar aquello que su familia escondió.
—No puedes controlarlo.
—Morlevo todavía respira. Eso demuestra que la criatura necesita recipientes y que los recipientes pueden ser limitados.
Daruk giró el rostro hacia el rey.
—Acércate y compruébalo.
Al-Manzur retrocedió detrás de los guardias.
La grieta emitió un chasquido. Las dos coronas terminaron de unirse.
La puerta se abrió el ancho de una mano.
Del otro lado no apareció una cámara ni otro corredor.
Solo oscuridad. Un aire caliente salió de la abertura y apagó la mitad de las lámparas.
Traía olor a tierra cerrada, sangre antigua y cuerpos conservados en habitaciones sin luz.
Algo respiró detrás de la piedra. Morlevo se dobló por la cintura.
Las líneas negras se levantaron sobre su espalda y apuntaron hacia la abertura, como raíces que reconocían el lugar del que habían sido arrancadas. Naima sujetó el rostro de Ligia.
—No pronuncies ninguna orden. No importa qué escuches ni a quién veas.
Ligia comenzó a llorar.
—Escucho a Esmeralda.
—También escucharás mi voz cuando yo no esté hablando.
La oscuridad golpeó desde el otro lado. La abertura creció otro centímetro. Al-Manzur miró la puerta con una mezcla de miedo y deseo.
—Ligia —ordenó—. Di que se abra.
La muchacha cerró la boca. El rey colocó la espada sobre el cuello de Esmeralda. Samir lo vio a través de la grieta.
—¡No lo hagas! —gritó—. Esmeralda entró sabiendo lo que podía ocurrir.
—Samir —dijo ella.
—No regresaste por mí. No voy a permitir que también ella regrese por ti.
La frase la hirió, aunque comprendió lo que intentaba hacer. Ligia miró a su hermana.
—Si no abro, te matará.
—Quizá.
—Dijiste que no iba a perderte.
—También te dije que estaba mintiendo.
Al-Manzur presionó la hoja. Una línea de sangre descendió por el cuello de Esmeralda.
—Ordénale que abra —dijo.
Esmeralda sostuvo la mirada de Ligia.
—Elige tú.
El rey aumentó la presión.
—Zahra.
—No eres una llave, Ligia. No eres el nombre que aparece en esa pared y tampoco eres lo que nuestra madre esperaba encontrar cuando te llamó desde el pozo. Elige tú.
Ligia miró a Naima, a Samir y a las mujeres reunidas a su alrededor. Después observó la sombra de Al-Manzur.
—No voy a abrir.
La puerta dejó de moverse. El rey deslizó la espada sobre el cuello de Esmeralda.
Morlevo lo atacó. La hoja negra chocó contra la del rey antes de alcanzar la garganta.
Los soldados rodearon al comandante, pero Daruk hizo surgir líneas oscuras del suelo y las enroscó alrededor de sus tobillos.
Al-Manzur perdió el equilibrio. Esmeralda le arrebató la espada. La apoyó debajo de su mandíbula.
—Ordena que los guardias se retiren.
El rey levantó el rostro para apartarse del filo.
—Si me matas, no saldrás del palacio.
—Ya he salido antes.
—No con esa puerta despierta.
Un golpe estremeció la cámara. La abertura no creció, pero algo introdujo los dedos desde el otro lado. Eran demasiado largos y tenían articulaciones en lugares incorrectos. Palparon la piedra como las patas de un insecto que buscara dónde apoyarse. Naima gritó.
—¡Cierra la puerta!
—¿Cómo? —preguntó Esmeralda.
—La mayor despierta los caminos. La menor los abre.
—Eso ya lo sé.
—Falta la tercera.
Esmeralda mantuvo la espada contra Al-Manzur.
—Dijiste que éramos dos.
—Yo creía que lo éramos.
Naima miró a Morlevo. La criatura dentro de él había dejado de luchar. Permanecía inmóvil frente a la abertura, observando los dedos que avanzaban por la piedra.
—La puerta necesita a alguien que cierre desde el otro lado —dijo Naima.
Esmeralda sintió que el medallón atrapado dentro de la ranura volvía a calentarse.
—¿Quién está al otro lado?
Naima negó con la cabeza.
—No quién.
Los dedos se aferraron al borde de la abertura. Daruk abandonó la boca de Morlevo durante un instante. Las líneas negras se extendieron hacia la oscuridad, deseosas de reunirse con aquello que respiraba detrás de la puerta. Naima apretó la mano de Ligia.
—Daruk no intenta entrar en la cámara.
Morlevo levantó el rostro. La criatura sonrió con su boca.
—Intenta volver a su cuerpo.
Los dedos terminaron de atravesar la abertura.
Se apoyaron sobre la piedra con una cautela que resultaba más inquietante que cualquier ataque.
Las articulaciones se doblaron en direcciones opuestas y dejaron marcas húmedas sobre la superficie blanca, mientras algo mucho mayor se desplazaba detrás de la oscuridad.
Morlevo avanzó un paso. Esmeralda intentó sujetarlo.
—No te acerques.
Él la apartó sin mirarla. Las líneas negras de su espalda se estiraban hacia la puerta y levantaban la tela desgarrada de la camisa. Ya no parecían venas debajo de la piel, sino hilos tensos que alguien tiraba desde el otro lado. Naima comprendió lo que estaba ocurriendo.
—La prisión fue construida para cerrarse con aquello que encerraba —dijo—. La mayor encuentra el camino, la menor abre la entrada y la parte que escapó activa el cierre cuando intenta regresar.
Esmeralda miró a Morlevo.
—¿Tenemos que enviarlo al otro lado?
—No por completo. Si la parte abandona su cuerpo y alcanza a la criatura, deben separar las coronas antes de que terminen de unirse.
—¿Qué hará la puerta?
Naima tardó en responder.
—Cortará todo lo que permanezca entre ambos lados.
Morlevo volvió a avanzar. La cadena abierta continuaba alrededor de su muñeca y arrastraba varios eslabones por el suelo. La mano que sobresalía de la puerta se movió hacia él, palpando el aire.
—Eso puede cortarlo a él —dijo Esmeralda.
—Sí.
—Dame otra forma.
—No existe.
Esmeralda miró la mitad del medallón atrapada en la piedra. La ranura había cerrado los bordes alrededor del metal y solo permitía ver una parte de la corona.
—Ni siquiera puedo sacar la pieza.
—La puerta la liberará cuando la criatura toque la parte que lleva Morlevo.
—¿Y si no lo hace?
—Entonces tendrás que elegir entre perderlo a él o dejar que salga lo que está detrás.
Al-Manzur levantó la espada que Esmeralda mantenía todavía junto a su garganta y apartó el filo con dos dedos.
—No habrá ninguna elección.
Ella volvió a presionarlo.
—Ordena a tus hombres que se alejen.
—Estás sosteniendo un arma que nunca has utilizado contra un hombre despierto.
—Rashid estaba despierto cuando le abrí la cara.
El capitán emitió un gemido desde el suelo.
Seguía vivo. Había recuperado el conocimiento y trataba de incorporarse, apoyado sobre el brazo en el que las líneas negras habían penetrado debajo de la uña.
La mancha se extendía ahora por el dorso de su mano.
Al-Manzur lo vio. No hizo ningún intento por ayudarlo.
—Morlevo ya no puede obedecerte —dijo el rey—. En cuanto la criatura abandone su cuerpo, no quedará nada que salvar.
—Hablas con demasiada seguridad sobre algo que nunca pudiste controlar.
—Lo controlé durante veinte años.
La voz de Daruk surgió de la boca de Morlevo.
—Me alimentaste durante veinte años.
Al-Manzur perdió parte del color del rostro. Morlevo continuó caminando hacia la puerta. Esmeralda soltó al rey y se interpuso, pero él le sujetó ambos brazos. Tenía los ojos negros y la fuerza de su cuerpo ya no correspondía a la de un hombre herido.
—Apártate —dijo Daruk.
—Oblígame.
Las manos apretaron hasta hacerle doler los huesos. Esmeralda no retrocedió.
—Tú quieres regresar —continuó—, pero Morlevo no.
—Morlevo quiere dejar de sentir dolor.
—Morlevo ha convertido el dolor en una profesión. Tendrás que encontrar una mentira mejor.
La presión disminuyó durante un instante. Esmeralda aprovechó para pasar la cadena que colgaba de su muñeca alrededor de la cintura del comandante. Introdujo el extremo entre dos eslabones y tiró con todas sus fuerzas. Morlevo cayó hacia ella. El ojo izquierdo recuperó una franja gris.
—Ata la cadena a la argolla —murmuró.
Daruk cerró el ojo y volvió a empujarla.
Esmeralda se dejó caer, mantuvo las manos aferradas al hierro y rodó por el suelo.
La cadena se tensó detrás de las rodillas de Morlevo y lo hizo perder el equilibrio.
Uno de los guardias intentó sujetarla. Ella le clavó la espada de Al-Manzur en el pie.
El hombre gritó y cayó de rodillas. Esmeralda recuperó el arma, corrió hacia la argolla y pasó la cadena a través del aro de hierro.
—¡Ahora! —gritó a Morlevo.
Él cerró el puño alrededor del extremo y tiró.
La cadena se ajustó sobre su cuerpo. Daruk volvió a levantarlo.
La argolla crujió dentro de la piedra, pero no se desprendió.
La mano de la criatura alcanzó a Morlevo.
Los dedos se cerraron sobre su hombro y atravesaron la tela.
No cortaron la piel. Se hundieron en ella como si el cuerpo del comandante estuviera hecho de agua oscura.
Morlevo abrió la boca. Las líneas negras comenzaron a salir de la herida del costado.